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| Colt revolver firing (author and year unknown) |
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso de los escrúpulos entrecomillados .
«Alguien debería proporcionarme un motivo y un revolver. O los dos elementos bellamente empaquetados. Con la causa repararía algunos estropicios y con el arma detendría el desarrollo.
O el proceso.
Y la situación.
O esa serie de interminables letanías coercitivas.
Y las jerigonzas transmutadas en perogrulladas ungidas.
O las cursivas enfáticas…
Y los escrúpulos entrecomillados.
Pero si nadie es capaz de facilitarme un motivo y una pistola, o las dos cosas envueltas en papel de regalo,
entonces seguiré recreándome en esta absoluta y maravillosa imposibilidad que en ocasiones me penetra como un falo enfurecido.»
— ¿Pero qué narices es esto?
— Es una especie de poesía, mi sargento. La encontramos relativamente cerca de la víctima.
— ¿Relativamente? ¡Nunca he entendido ese término!
Cuando el agente salió de la habitación, el sargento Quilez y el churrero castañero ambulante y detective aficionado García Pérez se miraron brevemente, pero al cabo de unos pocos segundos ambas vistas volvieron a posarse sobre el cadáver femenino que yacía sobre la cama. A su alrededor la sangre y algunos trozos de papel componían una escena espeluznante. En un momento dado se escuchó un trueno y García Pérez se acercó a la ventana.
—¡No pa-re-ce que vaya a llover! ¿Usted cree que lo hará, sar-gen-to Quilez?
— No sé. ¡Nunca he entendido a la naturaleza!
— Supongo que al final alguien le pro-por-cio-nó un revolver. ¡Por lo menos una bala de re-vol-ver!
— ¿Cómo dice?
— Me re-fe-ría a esta pobre tipa y a la poesía o lo que diantres fuese lo que ponía en esa hoja de li-bre-ta.
— Desde luego. Me hubiera gustado encontrar el casquillo. Y ya puestos, que cualquiera de los que estamos en estos momentos aquí me explicase qué cojones quiere decir esa mierda de… ¿poesía?
De repente un grito triunfal hizo que tanto el churrero castañero García Pérez como el sargento Quilez giraran sus cabezas.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado el casquillo! ¡Vengan todos a la cocina!
— Supongo que ten-dre-mos que ir…
— Nunca he entendido por qué tengo que hacer lo que me ordena un subordinado. ¡Vayamos!
La cocina estaba inmaculadamente limpia. Sobre la última baldosa del lado oeste descansaba un casquillo reluciente. Después de que fuese fotografiado, el sargento Quilez acercó su bigote a unos 30 centímetros de él y luego se incorporó.
— Todavía huele. Nunca he comprendido por qué los olores permanecen…
— ¿Se refiere a los o-lo-res meramente fo-ren-ses o a cualquier clase de olor?
— Me refiero a cualquier clase de olor. El olor, querido García Pérez, es como el dolor. Aparte de su facilona rima… ¿Qué es ese jaleo?
— ¡Mi sargento, acaban de encontrar otro casquillo en un armario!
— ¿Otro cas-qui-llo? Creía que a la víc-ti-ma le habían des-ce-rra-ja-do un solo tiro…
— Yo También, García. Vayamos a ver…
Mientras se acercaban al armario que estaba situado en las antípodas de la cocina se escuchó otro grito que provenía de la terracita.
— ¡Mi sargento, acabamos de descubrir otro casquillo y otra poesía!
Y luego otro.
— ¡Mi sargento, dentro de un cajón de uno de los muebles del aseo hay otra poesía! ¡Pero no hay casquillo!
Y otro.
— ¡Mi sargento, he descubierto otro casquillo en el comedor! ¡Debajo del televisor de 72 pulgadas Samsumg! ¡Perdón, quería decir, Samsung!
Tanto el sargento Quilez como el churrero castañero y detective aficionado García Pérez se sentaron sobre un sofá que estaba situado enfrente de la cama de la muerta y se encendieron un pitillo.
— Me gusta el Winston. Siempre me ha gustado. García, cuando era joven fumaba Ducados.
— Yo cuando era un cha-va-lín fumaba Celtas cortos y Pe-nin-su-la-res.
— ¡Mi sargento, hay otro casquillo y tres poesías debajo de la cama en la habitación contigua al aseo!
— Puf, nunca he entendido cómo había gente que era capaz de fumar Peninsulares.
— Pues yo lo hacía. Me fu-ma-ba de dos a tres ca-je-ti-llas al día.
— ¡Mi sargento, hemos encontrado dos casquillos y media poesía dentro del cajón de los cubiertos!
— ¡Mi sargento, hay un casquillo en la alacena!
— Siempre he pensado que fumar es como hacer el amor, es decir, algo primordial. No puedo imaginarme mi trabajo sin los cigarrillos.
— Cuando trabajaba en la chu-rre-ría, que también era una cas-ta-ñe-ría, me fumaba casi cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges cada día…
— ¿No ha dicho hace un momento que se fumaba de dos a tres cajetillas de Peninsulares?
— ¡Mi sargento, otro casquillo y otra poesía en el cuarto de los niños! ¡La poesía está escrita en siamés!
— Cuando fumaba dos o tres ca-je-ti-llas de Celtas y Pe-nin-su-la-res era un cha-va-lín. Luego crecí y monté la chu-rre-ría castañería Pérez García. Allí es donde me fumaba las cinco ca-je-ti-llas de Benson & Hedges.
— Nunca he comprendido por qué fumar es tan importante, pero es tan importante…
— ¡Mi sargento, siete casquillos, cinco poesías y medio dónut mordisqueado en la salita!
— García Pérez, amigo mío, le invito a un Martini.
— Y yo se lo a-cep-to, sargento Quilez. ¿Cogemos su coche o el mío?
— ¡Mi sargento, acabo de encontrar el otro medio dónut! ¡Pero está sin mordisquear!
