Email del 29 de agosto 2019

Francisco de Goya. Plaga en el hospital (1798)

Amiga:

Hace días que no escribo, me afeito o ni siquiera me acuerdo de pasar por el baño a expulsar los excrementos por el ano. Ser uno de los tres hijos de Gregorio senior es una compleja tarea. Supongo que lo será de igual manera para sus otros dos retoños y sus dos nueras (mi mujer huyó a Ganímedes hace tres décadas y según sus últimas postales allí nunca hace frío). Pues bien, ese tipo, Gregorio senior, lleva una semana hospitalizado debido a un ictus isquémico. Se supone que yo debería sentir algo de pena por él, pero lo único que siento es que me estoy convirtiendo en una ramera sifilítica desdentada. Trataré de explicártelo de la manera más sutil posible: Gregorio senior nunca fue un padre ejemplar, a decir verdad, en lo que a mí respecta, fue un maníaco pseudopsicótico que nos hizo la existencia muy difícil a todos los que tuvimos la mala suerte de estar a su lado.

Ahora, mientras doy vueltas por los pasillos del hospital me hago algunas preguntas, pero como no soy capaz de respondérmelas sin ayuda, se las lanzo traducidas a un idioma inexistente a las auxiliares de limpieza y a algunos de los tarados residentes en la planta neurológica. ¿Por qué cojones tengo que estar aquí cuidándolo de ocho a diez horas cada día? ¿Para cumplir el puto rol de hijo pródigo? ¡Yo no soy un maldito hijo pródigo! ¡Ni siquiera un maldito hijo egoísta! ¡Y esto no es una jodida parábola! ¡Esto es la realidad! Y aunque el resto de mis hermanos crean que hacen lo que deben hacer, yo no puedo dejar de pensar en el karma.

Martes 27 de agosto
Estoy sentado en un sillón azul. A menos de un palmo de distancia se encuentra mi padre tumbado sobre una cama blanca. Supongo que estará sedado porque sus brazos bailan en una especie de verticalidad fantasmagórica. Hace un rato ha entrado una enfermera y le he preguntado si esa extraña danza era algo normal, pero solo me ha respondido que «las cuatro y veinte». Después de tomarle la tensión ha salido y yo he comprobado que efectivamente era esa hora, pero mi pregunta se ha quedado aplastada sobre el aire. Ahora, mientras escribo esto mi padre acaba de bostezar. Su oscitación ha chocado con el cristal de la ventana. El ruido ha asustado a un pájaro que dormitaba por la parte exterior y ha salido volando. ¡Ojalá yo pudiera salir volando! ¡O incluso pitando! O tocando el tambor como Oskar Matzerath .

Miércoles 28 de agosto
Cuando he llegado esta mañana, la habitación estaba vacía. Mi padre se encontraba en la sala de resonancias magnéticas. Desconozco cuál es el verdadero nombre de dicho lugar (¿resonanciómetro?), aunque en realidad me importa una mierda. Es gracioso, últimamente todo me importa una mierda. Incluso yo me importo una mierda. Quizá es que soy una mierda, siempre lo he sido y nunca dejaré de serlo. ¿Huelo a mierda? Uf, yo creo que sí. Pero no con más intensidad que el resto de sujetos, algunos en sus últimos estados de existencia, que pululan por los corredores o se carcajean dentro de las habitaciones.

Intento llevar un diario de todo este proceso para que en un jodido y poco deseado futuro sirva de prueba. ¿Quién sabe? Igual gracias a ese manuscrito garrapateado con una mezcla de odio y trastornos gastrointestinales a partes iguales, puedo llegar a ser tratado de una manera más condescendiente cuando (yo) la espiche y algunos piojosos santos (o hijos bastardos de esos piojosos santos), decidan si se me puede aceptar en su club, o por el contrario mi alma, esencia, espíritu o como cojones quieran denominar a esa cosa que permanece cuando lo de fuera se licúa, tiene que ser «rehabilitada» con el fuego eterno (a más de tropecientosmil grados) del averno. Mientras el tiempo pasa como si fuese un carpintero manco, mi progenitor sigue jorobándonos como si no existiera un mañana. Y mientras trato de pensar que es un pobre enfermo al que le quedan tres desayunos, no puedo dejar de sentir lo mismo que he sentido siempre, es decir, ¡algún día todo terminará! Y cuando eso suceda no tendré que suplicar de rodillas a las auxiliares de enfermería para que vayan a cambiarle el pañal!

G

P.D.
Todo me da vueltas. Incluso las vueltas me dan vueltas. ¿Vértigo postural paroxístico benigno o ajumación partogénica cósmica? ¡Me siento como Rosa Luxemburg en Berlín! Y si esa comparación te parece demasiado femenina para un heterosexual viril como yo, sustitúyela por la que se te antoje en cada momento.