agosto 2019

Email del 12 de agosto 2019

Johannes Vermeer. The glass of wine (1658)

Querida:

Por favor, amplía la imagen número 1 que te he adjuntado. Como verás, no es más que una caja de madera de pino exquisitamente barnizada, sin embargo en su interior guardo cada uno de los numerosos prejuicios cognitivos que me han asaltado en una o varias ocasiones en las últimas décadas, y que de alguna jodida manera, me han impedido convertirme en una especie de genio polímata del siglo XXI. Ahora amplía la fotografía número 2. ¿Qué es lo que ves? La misma caja de madera anterior abierta y sin nada dentro. Es natural, pues cada día dejo que salgan los malditos sesgos a tomar un poco el aire. El problema es que este mediodía no han regresado y estoy comenzando a preocuparme. Creo que voy a beber a gallo de la bota de vino. Cuando bebo vino dejo automáticamente de preocuparme, pero me suelo caer rodando por las escaleras. Y si me caigo rodando por las escaleras me cuesta un montón de horas subir hasta el tercer piso que es donde yo vivo. Mi pregunta es, ¿debería entrar en la casa del vecino y robarle sus prejuicios cognitivos? Y suponiendo que la respuesta fuese afirmativa, ¿debería entrar en su casa antes o después de beber a gallo de la bota de vino?

Muchísimas gracias anticipadas por tu sabia respuesta.

Greg

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Email del 9 de agosto 2019

Antonio López. Los melocotones y las rosas (1956)

Endopterygota.
Hace bastantes años que las mosquitas pertenecientes al género Drosophila defecan sobre el grifo de la pila de mi cocina. Al principio no sabía qué eran esos puntitos blancos del tamaño de un cuarto de cabeza de alfiler hasta que un día pillé a una in fraganti. Durante unos instantes estuve tentado de aplastarla con un manotazo, sin embargo le permití que siguiera expulsando tranquilamente sus excrementos. Cuando emprendió el vuelo cogí una servilleta de papel y limpié su deyección. Desde entonces limpio todas las deposiciones, aunque antes las examino minuciosamente para calcular la edad y estado de salud de sus autoras. Llevo un registro sistemático de cada una de sus múltiples motivaciones, de cada cambio de actitud e incluso de sus  localizaciones. A veces las alimento con una papilla compuesta por puré de patata, levadura de cerveza, vinagre y agua. Otras simplemente les doy acceso ilimitado al cajón donde guardo la fruta. No les pongo nombre porque sus vidas son extremadamente cortas, pero soy capaz de distinguir entre sus linajes. Recuerdo el día en que un arácnido gordo y lustroso del tamaño de un guisante tirabeque se balanceó como un artista del hambre no necesariamente kafkiano y se zampó a una de mis protegidas. Decir que se apoderó de mí algo similar a ese estado de furia homicida que solo serían capaces de originar la colisión de dos o más bestias mitológicas sería quedarme corto, porque en esos instantes mi deseo de venganza se multiplicó, o se potenció, o se factorizó, o simplemente se reajustó como los átomos de una molécula, y enseguida supe que la araña tenía las horas contadas. Pero por alguna razón que desconozco le perdoné la vida. Después de medirla, pesarla y alimentarla con cochinillas y pulgones  le otorgué plenos poderes para hacer y deshacer, así yo tendría mas tiempo para llegar a una conclusión acerca de la…

Murria.
¡Algo me está sucediendo! No entiendo demasiado sobre alteraciones químicas, veleidades subliminales o pampiroladas cósmicas, pero sé que la aflicción me está desleyendo por dentro. ¡Nada está donde lo dejé en su momento! O quizá es lo contrario y todo permanece en su emplazamiento primigenio, por consiguiente no ha sido sometido al movimiento circular que transforma los acontecimientos ordinarios en experiencias extraordinarias. Y mientras el tiempo se desacopla del espacio con un movimiento aberrante y omnimodo, yo sigo esperando que suceda algo, cualquier cosa. Pero como todas las jornadas se me antojan semejantes he decidido subir lo más alto posible  y desde esa ubicación arrojarme en el interior del…

Báratro. 
Mi areca está torcida. Si no es mi palmera, entonces es la habitación la que está inclinada. También cabe la posibilidad de que sea yo el culpable, pues estoy completamente ajumado. O puede que el planeta se haya ladeado de repente. Incluso es factible que nuestra galaxia en espiral esté comenzando un proceso irreversible. Aunque yo creo que todo se debe a que estoy acostado en posición decúbito prono. Podría estar tumbado en posición decúbito supino o decúbito lateral, pero actualmente no son tendencia. Además mi tabuco es inaccesible y mi sicastenia mítica. De todas formas puedo adelantar que entre mis planes más inmediatos no se encuentra modificar la postura, aunque eso implique soportar los padecimientos intrínsecos del melocotón, que es como el urólogo con aspiraciones de frutero definió el tamaño de mi próstata.

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Email del 7 de agosto 2019

Lucian Freud. Horse smiling (1940)

Querida:

He desinstalado de mi cerebro las aplicaciones que no eran totalmente necesarias y ahora, supercalifragilísticamente optimizado, me encuentro preparado para matar o, por lo menos, anestesiar. Incluso creo que parte de esa negatividad existencial que me impedía dibujar una sonrisa ha desaparecido casi por completo. Claro que no todos opinan lo mismo. Ayer sin ir más lejos Lucrecia y su marido Lucrecio, los dependientes y propietarios de la panadería «Los Lucrecios», que es donde compro los cruasanes, me dijeron que mi sonrisa era espeluznante, sobrecogedora y desasosegante. Por esa razón he decidido ensayar la sonrisa, la risa, la risotada y la carcajada media hora al día delante del espejo redondo que generalmente utilizo en las estrategias de mantenimiento y acicalado, es decir, afeitado rostral y craneal.

Te lo cuento para que admitas que no soy el clásico hombre que se estanca y que mejoro a velocidad supersónica.

Greg «Nasty de Plasty» López

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Email del 6 de agosto 2019

Piet Mondrian. Composition in red, yellow and blue (1929)

1-Marcas comerciales.
Manifestar que mi segunda novela Iniciación, cánticos trascendentales y doble facturación en Walmart es un bildungsroman, es como afirmar que el detector de electrones de la caja del experimento del gato de Schrödinger era de la marca Acme, es decir, una memez de un calibre extraordinariamente poco barruntable. Y aunque mi amor por los felinos está más allá de toda duda razonable, no puedo dejar de defender los productos de la marca registrada por la Fox en los años 30, 40, 50 y 60. Sin embargo eso es lo que afirmó Manuel Ercilurrutigastañazagogeascoa Iruretagoiena, el famoso crítico literario andaluz de origen vasco en su crítica del día 4 de febrero de 2015 en el pseudointelectualoide blog La bitácora de Ercilurrutigastañazagogeascoa, que él mismo administra cuando no está demasiado ocupado sodomizándose a sí mismo con la ayuda de un prolongador plástico, ajustable y telescópico, de su propia invención. Y no lo digo porque sus afirmaciones gratuitas todavía me enfurezcan, sino porque es la verdad. ¡La auténtica! El número de patente de dicho artilugio es 29123 y se comercializa como dispositivo masajeador con la marca Ercilunova.

2-Trastorno de identidad disociativo.
Me he dado cuenta de que a mi perro Tin Rin Rin le entusiasma convertirse en el centro de atención cuando está completamente solo. Lo sé porque lo he observado en numerosas ocasiones sin que él reparase en mi presencia. Sin embargo cuando está acompañado de seres, más o menos humanos o de otros chuchos, se comporta como si la existencia perruna fuera demasiado predecible para tener que tomarse la molestia de levantar la trufa de la alfombra cuando recibo visitas. He pensado llevarlo a un nigromante canino, pues estoy convencido de que algo o alguien lo obliga desde dentro a comportarse de esa manera tan ridícula. Si no lo he hecho es porque mis amigos dicen que es imposible que mi perro haga esas cosas, básicamente porque yo no tengo perro. Pero si yo no tengo perro, ¿entonces de quién son las cagarrutas que en numerosas ocasiones adornan el suelo? ¿Mías? ¿Tengo cara de ir defecando sobre la tarima flotante? ¿O acaso tengo una presencia ectoplásmica que odia los inodoros conviviendo conmigo? ¿Y quién se come el pienso de la marca Purina dos veces al día? ¿O quién se tira esos inmundos pedos que me obligan a sacar medio cuerpo por la ventana para respirar un poco de aire puro? ¿Me los tiro yo? ¿Hago todo eso sin darme cuenta? ¿Soy Norman Bates II? ¿Debería cambiar la cortina del cuchillo y comprarme una ducha?

3- El hombre que sueña.
El sueño recurrente con Pieyre de Mandiargues disfrazado de berserk inmanente realizándome una vasectomía pseudoeclesiástica está logrando que me replantee seriamente el continuar durmiendo en el futuro. Ayer me desperté empapado, añusgado y repleto de una sustancia amarillenta que a primera vista me pareció bahorrina atrabílica, manufacturada con cierta ternura psicopática y enviada directamente desde el hígado con el único propósito de transformar lo que se suponía debía de ser el mejor día del año en un prontuario de maulas existenciales más o menos desordenadas. Aunque en realidad no debería importarme demasiado porque yo soy otro. ¡Siempre lo he sido! Pero como ese otro es un jodido embaucador de primera nadie se ha dado cuenta todavía. Es cuestión de tiempo que algún listillo o listilla lo demuestre con un puñado de pruebas más o menos irrefutables. Por esa razón he decidido dejar de ser ese desgastado otro que sueña y convertirme en el bogavante principal del plato de marisco variado que preparan en Civera Centro.

4- Grandes extensiones.
La decrepitud física del asesino a sueldo al que le debo tres plazos por una muerte violenta es innegablemente visible. La última vez que se acercó a pedirme lo que según él le correspondía me hice el valiente y lo envié a la porra. Supongo que ese destino vacacional no le gustó lo más mínimo porque me amenazó de muerte con una muleta. Ahora estoy esperando al nuevo asesino a sueldo que despachará al antiguo asesino a sueldo. Dicen que es el noveno mejor del continente y el decimosexto del planeta. Aunque para mí no es más que otro neurasténico gabacho y poco o nada me importa que la revista estalinista великие европейские деятели le haya dedicado varias portadas en los últimos años.

5- HDD IDE.
Cada vez que desenrosco alguna parte superior siento que es injusto para las partes inferiores. Todas estas últimas partes han sido denostadas injustamente durante décadas por las arandelas sujecionales resistentes a la corrosión o a los productos químicos; sin embargo los productos químicos nunca se han posicionado a ningún lado, escudándose en la ausencia de estamentos, estatutos, disposiciones o incluso códigos. Por lo tanto he decidido que a partir de este momento solo desenroscaré partes inferiores, dejando las superiores para los contratistas, intermediarios y almacenistas.

G

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Email del 04 de agosto 2019

Franz Stuck. Sisyphus (1920)

Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.Y con todo me refiero tanto a lo que soy capaz de ver o percibir como a lo que solo intuyo. Podría haber sido más sutil y haber escrito que todo me parece una puta mierda, pero hubiera faltado a la verdad, porque en realidad todo me parece un escupitajo, una maldita flema cetrina, casi verdinegra. También es cierto que hasta hace relativamente poco tiempo la mayor parte de las cosas -incluyendo dentro de ese término a un número considerable de humanos- se me antojaban algo parecido a excrementos bovinos resecos. Eso es así y no puedo tratar de ocultarlo. ¡Tampoco deseo hacerlo! Afortunadamente mis percepciones se transforman con el paso del tiempo y hoy me siento libre de reiterar una y mil veces la primera frase del texto:

Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.
Hoy es uno de esos días en los que todo me parece un gargajo.

Supongo que 10 repeticiones serán suficientes para que todos los posibles lectores comprendan lo que siento. Pero por si acaso no ha quedado del todo claro trataré de volver a explicarlo de una manera diferente, mucho menos abstracta, es decir, suponiendo que cada uno de vosotros es retrasado mental:

Vuestros papis son los culpables de que yo esté muy triste. Porque cada vez que veo vuestras caras me entra la depresión. Y cuando eso sucede, todo me parece un esputo. ¿Qué es un esputo? Un esputo es vuestro pasado, vuestro presente y el futuro de algunos de vosotros, porque afortunadamente muchos moriréis atropellados, envenenados, clavados en una cruz imaginaria o simplemente tiroteados y después disueltos en ácido.

¿Lo habéis comprendido? ¿Sois capaces de asimilarlo? ¿Creéis que me he pasado tres pueblos?

Espero que este texto sea leído por un tipo -quizá hasta más desequilibrado que yo- que se sienta realmente aludido, y que para vindicar la gran afrenta, venga a mi casa y me asesine.

G

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Email del 3 de agosto 2019

Edvard Munch. Angst (1894)

Hola:

He dejado de buscar soluciones. De ahora en adelante me contentaré con creer que existen, aunque en realidad nunca he tenido la suerte de conocer a ninguna. Lo más cerca que he estado de ellas fue cuando dibujé a varias bailando alrededor de una figura humana sobre la servilleta de papel que momentos antes había absorbido parte del café con leche de mis labios. Sucedió en un bar. ¿Pero qué importancia puede tener eso ahora? Los bares siempre permanecen aunque sus clientes van y vienen, se sientan y se levantan, y en ocasiones mueren. Muchos con cara de no entender absolutamente nada. Yo tampoco entiendo nada aunque sigo vivo. Sé que sigo vivo porque la gente me saluda con las manos y me miente con la boca. Yo les devuelvo los saludos y las mentiras multiplicadas por diez mientras intento seguir mi camino hacia ninguna parte. ¿Por qué hacia ese lugar? Porque es el único que conozco que carece de puerta.

Tengo un saquito. Es de color negro y está bastante sucio. Dentro guardo grandes esperanzas, pero no las de Pip de Dickens, sino las que manufacturo con cierto desdén fugitivo. Esa sí que es buena… ¡Desdén fugitivo! ¿Comprendes ahora por lo que tengo que pasar cada día? Las palabras se arremolinan como vientos entrelazados y… ¡Prefiero el desdén anterior! O quizá una especie de desdén entrelazado con hilos de seda fugitiva… O hilos fugitivos… ¡Yo soy tan fugitivo como los hilos y el desdén! Mientras huyo de mis imperfecciones intuyo… ¿Yo intuyo? ¿Yo intuyo? Desde cuándo soy capaz de intuir. Pero si yo intuyo, tú, de alguna manera, intuyes. ¿Tú intuyes? Él sin embargo excluye. Y mientras excluye intuye. Se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo perfectamente. Lo sé porque alguien me lo dijo. Supongo que sería ese tipo cuya única finalidad en este mundo era excluir y excluir para más tarde intuir e intuir como un corte lineal experimental dentro de un bucle demente.

Ahora estoy sentado y levantado al mismo tiempo. Para lograr esta infinita posición circunstancial he tenido que vender mi alma a un quiromasajista lunático. El que normalmente camina de lado y apaga las luces con el tercer brazo. Algunos denominan a esa extremidad como «la articulación de Satán», otros simplemente no creen en los demonios y ni siquiera pierden el tiempo buscando modismos ajustables. Yo, yo no me complico la vida. Es la vida la que intenta por todos los medios complicarme a mí. Y al mismo tiempo que me complica me implica. Y cuando yo suplico, ella… ella simplemente no está para juegos de terminaciones léxicas. ¡Es la vida, coño! No se puede hacer nada. Hay que dejar que todo suceda. O apartarse a un lado. ¿Qué lado? El de al lado, supongo.

Un día estaba toqueteándome y de repente descubrí un bulto. Dejé de toquetearme. Una noche alguien estaba toqueteándome y descubrió el mismo bulto. Le exigí que dejara de toquetearme. Pasaron varias semanas. Decidí volverme a toquetear. El bulto había sido madre. Los bultitos rodeaban a su mami con aspecto dichoso. Volví a dejar de toquetearme. Silencio.  Alguien vino a mi casa a toquetearme. No recuerdo si fue el mismo alguien que redescubrió el bulto o quizá otro alguien. Pero como no quería que nadie se diese cuenta de que el bulto ya no era el bulto sino los bultos comencé yo a toquetear a ese alguien. Y mientras toqueteaba e impedía que me toqueteasen me di cuenta de que es mejor toquetear que ser toqueteado. Y desde ese instante comencé una carrera de toqueteador que me llevó hasta donde estoy ahora, ser reverenciado como uno de los mejores toqueteadores del planeta. ¿Los bultos? ¡Cierra el pico, joder!

G

Email del 3 de agosto 2019 Leer más »

Email del 2 de agosto 2019

James Ensor. Dos esqueletos disputándose un arenque (1891)

Hace algunos años escribí un relato sobre una lombriz y se lo envié a un famoso editor que me lo devolvió al cabo de un par de semanas con una nota muy amable adjunta, seguramente escrita por una secretaria, donde me daba las gracias y me deseaba una muy feliz Navidad (sic), por lo que debió ser en una fecha muy cercana al día que se celebra el nacimiento de Jesús, ese mito inventado hace cerca de 2000 años con el único propósito de calmar las menopausias y las andropausias. Unos días después volví a enviar el texto a otro editor y sucedió más o menos lo mismo, exceptuando que en esta nueva nota adjunta la secretaria de turno me deseaba un próspero año nuevo. Dejé pasar unas semanas y se me ocurrió transformar la lombriz en gato -trabajo que no me llevó demasiado tiempo- y se lo envié al tercer editor en importancia de mi lista, garrapateada meses atrás delante de una botella de litro de cerveza Mahou. Al cabo de dos o tres semanas recibí una carta donde entre otras cosas definían mi cuento como absolutamente sensacional y con «necesaria urgencia de publicación» y me instaban a reunirme en Madrid con alguien (no recuerdo el nombre) del departamento de edición. Sin embargo nunca cogí ningún avión. Ni siquiera un tren o un taxi, pues unas horas más tarde, mientras meditaba sobre la prostitución artística y el bajo nivel de alcohol de los mal llamados  vinos nobles, cometí la mayor, aunque mejor, estupidez que un tipo como yo puede hacer en toda una vida: pegué fuego a las dos copias y decidí no volver a escribir nunca. Afortunadamente la autointerdicción solo duró dos horas. Mientras recogía del suelo los trozos quemados de lo que poco antes había sido una historia de lambrijas modificada en otra historia de morrongos, se apareció ante mí algo semejante a una visión, pero como iba totalmente drogado y borracho no le presté demasiada atención. Dicen que las visiones son impacientes, por lo menos esta lo era y me lo demostró agarrándome con fuerza del cuello y escupiéndome a la cara que «solo perdura lo que sobrevive a la oposición». 

A partir de ese día la visión comenzó a aparecerse de una manera regular, sobre todo cuando mi resistencia existencial comenzaba a flaquear y pronto nos hicimos inseparables. Un día le pedí matrimonio pero ella me explicó lentamente, como si yo fuese algo similar a un deficiente mental, que ella en realidad era una invención mía, y que si se casaba conmigo sería como si yo me esposase conmigo mismo, o peor, con esa parte oculta que cada uno de nosotros llevamos dentro y que escondemos como si fuera un pequeño cofre repleto de microbios consistentes, inconscientes y maquinales que pueden desbaratar cualquier clase de planes. ¡Por esa razón decidimos seguir siendo amantes! Recuerdo sus gritos mientras le hacía el amor. En realidad eran mis gritos, pero entonces todavía no era capaz de diferenciar entre una o varias invenciones, pues al fin y al cabo, de eso se trataba mi trabajo. ¡Era autor! Escribía sobre gusanos que acababan con forma felina antes de perecer en la pira de fuego.

Recuerdo una conversación muy interesante que tuve con ella pocos minutos antes de volver a separarle las piernas por quinta vez en un mismo día…

YO: Soy bastante grande…
ELLA: Eres bastante grande, sí. Sin embargo yo…
YO: ¿Querías decir esmirriada?
ELLA: No, en realidad la palabra que buscaba era enclenque.
YO: No me gusta esa palabra. Creo que sería mejor utilizar un sinónimo más elegante.
ELLA: Soy bastante poca cosa…
YO: Eres bastante poca cosa, sí. Sin embargo yo…
ELLA: ¿Querías decir fornido?
YO: No, en realidad la palabra que buscaba era vigoroso.
ELLA: No me gusta esa palabra. Creo que sería mejor utilizar un sinónimo más elegante.
YO: Soy bastante fuerte…
ELLA: Eres bastante fuerte, sí. Sin embargo yo…
YO: ¿Yo?
ELLA: No, tú no… ¡Yo!

¡Pero todo cambió un martes cualquiera de un mes cualquiera! ¡Conocí a una tipa real que estaba más buena que la horchata y envié a la puta mierda todas mis tonterías más recientes!

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Email del 1 de agosto 2019

Johannes Moreelse. An alchemist (XVII cent.)

Amiga:

Las primeras partes de mis ensayos sobre las diversificaciones cenútricas casi siempre se componen de pequeños memoriales y algunas que otras monografías. ¡Yo soy así de simple! Sin embargo las segundas y terceras partes se presentan al lector con un blanco virgen e inmaculado para que sea él quién las desarrolle a su gusto y semejanza.  ¡Yo soy así de vago!  Pongamos un ejemplo con mi Trilogía provectal, para ser más exactos con el segundo volumen titulado La descomposición de mis estilemas, donde tras 12 capítulos enumerados de forma inversa, hago un repaso exhaustivo a cada una de las imposibilidades, que de alguna manera me definen como un escribidor descuidado y mediocre, antes de pedir perdón al mundo por haber nacido y por dejar las 289 páginas restantes del capítulo tan desnudas como una actriz porno. ¡Yo soy así de concupiscente!

Remigio Torres (apúntate este nombre, pues volverá a aparecer más adelante), que hasta hace un lustro era mi editor, amigo, confesor, alcahuete y camello, me confesó una vez -y francamente creo que estaba en lo cierto- que había llegado a la conclusión de que no existía en el mundo civilizado nadie que fuera capaz de conseguir las cotas de imperfección literaria y caos cerebral absoluto que yo había alcanzado. Y que debería estar orgulloso de poder caminar libre por la calle, porque otros, con muchísimo más talento artístico que yo, habían acabado sus días y sus noches, o bien sodomizados repetidamente en la oscuridad de una celda mal ventilada o propinándose cabezazos en una habitación con las paredes acolchadas.

Supongo que soy un tipo con suerte. ¡Como Malcom McDowell! La verdad es que me gustaría tener un final que pareciese un principio, así dejaría completamente desconcertados a Balaam, Sorath, Cimeries, Eligor y Carlos Jesús de Raticulín,  los demonios que desde hace varias décadas reclaman mi alma con intereses y que se yerguen enhiestos cada vez que les imploro clemencia. ¡O puede que todo sea un error tipificado! ¡Y conceptual! Esa clase de equivocaciones que fabricamos para poder seguir rodando y rodando mientras todo a nuestros pies se encuentra suspendido, paralizado, congelado. No sé qué pensar. Tampoco es que me importe demasiado no saber qué pensar, porque cuando pienso, o creo que pienso, no suelo ser capaz de llegar a ninguna conclusión lógica que me haga distinguir ese instante de otros menos importantes o más aburridos. Por eso, a menudo en lugar de pensar prefiero acariciar unas guedejas hirsutas imaginarias. Ese pequeño ejercicio intelectual me transforma en peluquero y estilista de algo que, aunque en realidad no forma parte de mí, se encuentra muy muy dentro.

Cuando era pequeño quería ser Jan Švankmajer, Jiří Trnka, o una mezcolanza de ambos. Ahora que soy mayor (yo diría que incluso demasiado mayor) quiero volver a ser Greg, pero no ese Greg que quería fusionarse en dos identidades artísticas más o menos surrealistas, sino en un Greg nuevo de trinqui o completamente remodelado. Un Greg o un Gregorio o incluso un Gori estructurado con un único propósito: servir de alcorque a un árbol.

G

P.D.
¡Coño! ¡No ha vuelto a aparecer Remigio Torres!

Email del 1 de agosto 2019 Leer más »