 |
| Johannes Moreelse. An alchemist (XVII cent.) |
Amiga:
Las primeras partes de mis ensayos sobre las diversificaciones cenútricas casi siempre se componen de pequeños memoriales y algunas que otras monografías. ¡Yo soy así de simple! Sin embargo las segundas y terceras partes se presentan al lector con un blanco virgen e inmaculado para que sea él quién las desarrolle a su gusto y semejanza. ¡Yo soy así de vago! Pongamos un ejemplo con mi Trilogía provectal, para ser más exactos con el segundo volumen titulado La descomposición de mis estilemas, donde tras 12 capítulos enumerados de forma inversa, hago un repaso exhaustivo a cada una de las imposibilidades, que de alguna manera me definen como un escribidor descuidado y mediocre, antes de pedir perdón al mundo por haber nacido y por dejar las 289 páginas restantes del capítulo tan desnudas como una actriz porno. ¡Yo soy así de concupiscente!
Remigio Torres (apúntate este nombre, pues volverá a aparecer más adelante), que hasta hace un lustro era mi editor, amigo, confesor, alcahuete y camello, me confesó una vez -y francamente creo que estaba en lo cierto- que había llegado a la conclusión de que no existía en el mundo civilizado nadie que fuera capaz de conseguir las cotas de imperfección literaria y caos cerebral absoluto que yo había alcanzado. Y que debería estar orgulloso de poder caminar libre por la calle, porque otros, con muchísimo más talento artístico que yo, habían acabado sus días y sus noches, o bien sodomizados repetidamente en la oscuridad de una celda mal ventilada o propinándose cabezazos en una habitación con las paredes acolchadas.
Supongo que soy un tipo con suerte. ¡Como Malcom McDowell! La verdad es que me gustaría tener un final que pareciese un principio, así dejaría completamente desconcertados a Balaam, Sorath, Cimeries, Eligor y Carlos Jesús de Raticulín, los demonios que desde hace varias décadas reclaman mi alma con intereses y que se yerguen enhiestos cada vez que les imploro clemencia. ¡O puede que todo sea un error tipificado! ¡Y conceptual! Esa clase de equivocaciones que fabricamos para poder seguir rodando y rodando mientras todo a nuestros pies se encuentra suspendido, paralizado, congelado. No sé qué pensar. Tampoco es que me importe demasiado no saber qué pensar, porque cuando pienso, o creo que pienso, no suelo ser capaz de llegar a ninguna conclusión lógica que me haga distinguir ese instante de otros menos importantes o más aburridos. Por eso, a menudo en lugar de pensar prefiero acariciar unas guedejas hirsutas imaginarias. Ese pequeño ejercicio intelectual me transforma en peluquero y estilista de algo que, aunque en realidad no forma parte de mí, se encuentra muy muy dentro.
Cuando era pequeño quería ser Jan Švankmajer, Jiří Trnka, o una mezcolanza de ambos. Ahora que soy mayor (yo diría que incluso demasiado mayor) quiero volver a ser Greg, pero no ese Greg que quería fusionarse en dos identidades artísticas más o menos surrealistas, sino en un Greg nuevo de trinqui o completamente remodelado. Un Greg o un Gregorio o incluso un Gori estructurado con un único propósito: servir de alcorque a un árbol.
G
P.D.
¡Coño! ¡No ha vuelto a aparecer Remigio Torres!