Email del 3 de agosto 2019

Edvard Munch. Angst (1894)

Hola:

He dejado de buscar soluciones. De ahora en adelante me contentaré con creer que existen, aunque en realidad nunca he tenido la suerte de conocer a ninguna. Lo más cerca que he estado de ellas fue cuando dibujé a varias bailando alrededor de una figura humana sobre la servilleta de papel que momentos antes había absorbido parte del café con leche de mis labios. Sucedió en un bar. ¿Pero qué importancia puede tener eso ahora? Los bares siempre permanecen aunque sus clientes van y vienen, se sientan y se levantan, y en ocasiones mueren. Muchos con cara de no entender absolutamente nada. Yo tampoco entiendo nada aunque sigo vivo. Sé que sigo vivo porque la gente me saluda con las manos y me miente con la boca. Yo les devuelvo los saludos y las mentiras multiplicadas por diez mientras intento seguir mi camino hacia ninguna parte. ¿Por qué hacia ese lugar? Porque es el único que conozco que carece de puerta.

Tengo un saquito. Es de color negro y está bastante sucio. Dentro guardo grandes esperanzas, pero no las de Pip de Dickens, sino las que manufacturo con cierto desdén fugitivo. Esa sí que es buena… ¡Desdén fugitivo! ¿Comprendes ahora por lo que tengo que pasar cada día? Las palabras se arremolinan como vientos entrelazados y… ¡Prefiero el desdén anterior! O quizá una especie de desdén entrelazado con hilos de seda fugitiva… O hilos fugitivos… ¡Yo soy tan fugitivo como los hilos y el desdén! Mientras huyo de mis imperfecciones intuyo… ¿Yo intuyo? ¿Yo intuyo? Desde cuándo soy capaz de intuir. Pero si yo intuyo, tú, de alguna manera, intuyes. ¿Tú intuyes? Él sin embargo excluye. Y mientras excluye intuye. Se pueden hacer las dos cosas al mismo tiempo perfectamente. Lo sé porque alguien me lo dijo. Supongo que sería ese tipo cuya única finalidad en este mundo era excluir y excluir para más tarde intuir e intuir como un corte lineal experimental dentro de un bucle demente.

Ahora estoy sentado y levantado al mismo tiempo. Para lograr esta infinita posición circunstancial he tenido que vender mi alma a un quiromasajista lunático. El que normalmente camina de lado y apaga las luces con el tercer brazo. Algunos denominan a esa extremidad como «la articulación de Satán», otros simplemente no creen en los demonios y ni siquiera pierden el tiempo buscando modismos ajustables. Yo, yo no me complico la vida. Es la vida la que intenta por todos los medios complicarme a mí. Y al mismo tiempo que me complica me implica. Y cuando yo suplico, ella… ella simplemente no está para juegos de terminaciones léxicas. ¡Es la vida, coño! No se puede hacer nada. Hay que dejar que todo suceda. O apartarse a un lado. ¿Qué lado? El de al lado, supongo.

Un día estaba toqueteándome y de repente descubrí un bulto. Dejé de toquetearme. Una noche alguien estaba toqueteándome y descubrió el mismo bulto. Le exigí que dejara de toquetearme. Pasaron varias semanas. Decidí volverme a toquetear. El bulto había sido madre. Los bultitos rodeaban a su mami con aspecto dichoso. Volví a dejar de toquetearme. Silencio.  Alguien vino a mi casa a toquetearme. No recuerdo si fue el mismo alguien que redescubrió el bulto o quizá otro alguien. Pero como no quería que nadie se diese cuenta de que el bulto ya no era el bulto sino los bultos comencé yo a toquetear a ese alguien. Y mientras toqueteaba e impedía que me toqueteasen me di cuenta de que es mejor toquetear que ser toqueteado. Y desde ese instante comencé una carrera de toqueteador que me llevó hasta donde estoy ahora, ser reverenciado como uno de los mejores toqueteadores del planeta. ¿Los bultos? ¡Cierra el pico, joder!

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