septiembre 2011

Email del 17 de Septiembre 2011

Hans Holbein «Portrait of Erasmus of Rotterdam Writing» (1523)

Querida amiga:

Estoy completamente seguro de que mi libro «Disertación sobre los calzoncillos» será un éxito cuando lo publiquen, claro que esto no sucederá hasta no que acabe de escribirlo. De momento no he pasado del prefacio aunque ya llevo escritas 2000 páginas, por lo que calculo que cuando esté acabado y corregido puede llegar a ser más voluminoso que la «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España» y «La santa biblia» juntos.

Los días que no escribo me dedico a pensar un título; ya tengo tres que creo que son absolutamente perfectos, aunque de momento no me decanto por ninguno: «Los calzones de Yaveh», «¿Por qué los abogados no usan bóxers?» o «La negación de la comodidad». Como verás los tres son maravillosos, por lo que a veces pienso en escribir una trilogía y utilizarlos todos, aunque primero quiero ver cómo responde el público al primero.

La razón por la cual me he decidido a escribir un libro de filosofía calzoncillera es muy simple, estoy cansado de leer siempre sobre los mismos temas: el Yo, Dios, la existencia, es decir, humanismo y ciencias, pero ¿qué sucede con la ética de las cosas? ¿acaso es un pecado escribir sobre la metafísica de los gayumbos? Por esa razón trato de concienciar a la plebe sobre la superioridad del bóxer frente al slip corriente; los beneficios del algodón frente a la tela sintética o las formas de lavar una prenda interior para que no se quede apergaminada. Nadie hasta ahora lo había intentado y creo firmemente que sólo por esa razón ya deberían incluirme entre los 10 pensadores más arriesgados de la historia moderna. Sinceramente, entre tú y yo: ¿crees que Friedrich Nietzscche, Raymond Queneau, o por citarte algunos ejemplos más contemporaneos, Ernest Becker, Michel Onfray o Richard Dawkins se hubieran atrevido a aparcar sus estúpidas y por otra parte repetitivas reflexiones de siempre para abordar con rigor y profundidad el tema de las prendas intimas?

Me gustaría que te quedase claro que soy muy consciente de la revolución de pensamiento que causará la lectura y disfrute de mi extenso texto; incluso creo que existirá un antes y un después de los magistrales juegos sintácticos con los que deleito los sentidos, actualmente bastante adormecidos, de los pensadores y estudiosos que quedan con vida y, sobre todo, de la gente de calle con ciertas inquietudes eruditas e intelectuales. Cada día que pasa estoy más seguro de que el hecho de mi nacimiento no fue debido a una conjunción de elementos humanos: semen del bueno, óvulo sensacional, sino a un acontecimiento preparado por el destino para aclarar los conceptos básicos con los que se rige nuestra existencia y, desde luego, para poner punto final a la imbecilidad escrita (por los siglos de los siglos, amén)

Un beso y que sigas siendo feliz.

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Email del 16 de Septiembre 2011

Hugo Simberg, «Garden of Death» (1896)

Querida víctima de mis mails:

Por alguna extraña razón sé que no voy a vivir mucho tiempo y que antes de cumplir los 97 moriré, feneceré, expiraré, sucumbiré, la diñaré o la espicharé; también es posible que estire la pata, me vaya al otro barrio o simplemente pase a mejor vida. El caso es que terminaré, concluiré, finalizaré, extinguiré, agotaré o consumiré mi tiempo establecido en ese calendario inútil y vano llamado destino.

Y es algo que me satisface enormemente pues no volveré a llorar arrodillado y con las manos en posición Mudra delante de ningún director de banco, suplicándole un retraso en el cobro de una deuda; no tendré que volver a ver por error o accidente la cara de Belen Esteban, la de Karlos Arguiñano o la del horroroso Ignatius Farray en la pantalla LCD de mi televisor de 26 pulgadas; no me pelearé con la frutera de la esquina por el sabor a serrín de sus putas manzanas. En definitiva, todos los malos rollos con los que me obsequia esta vida pasarán al universo paralelo de Everett, para que los sufra mi otro yo con ayuda de la mecánica cuántica y sus posibilidades relativas.

Cuando ya no exista podré dedicarme a lo que más me gusta: no hacer nada. Y sólo distinguiré un único color, que además es mi favorito: el negro. Cuando estás muerto no es necesario afeitarse, ni siquiera lavarse la cara después del beso de unos labios pintarrajeados; cuando no existes y tu cuerpo empieza a descomponerse ayudado por los voraces insectos pertenecientes a lo que los forenses denominan fauna cadavérica, no importan los kilos de más. Ni siquiera molestan los michelines que desprenden gases putrefactos que, afortunadamente, no pueden escapar del féretro y de los dos metros de tierra para emponzoñar la ya de por sí envenenada atmósfera terrestre.

La muerte tiene un montón de ventajas, pero ninguna puede compararse a la de no tener que hacer la cama todos los días; si muero, no volveré a pasarlo mal poniendo cara de risa tonta después de un temible chiste mal contado, ni necesitaré transformar radicalmente las palabras para no herir corazones demasiado blanditos. Cuando me tire un pedo, no hará falta de que tosa para amortiguar su sonido hueco y cuando los efluvios incomoden al personal, no necesitaré echarle las culpas al gato, o al perro o a esa mosca que volaba por ahí. Está claro que todo son ventajas: las conversaciones de ascensor no existirán, así como los eructos molestos de los vecinos; la bromhidrosis salvaje de mi mujer o novia no infectará al órgano olfativo de mi pobre nariz; podré tirar la ropa por el suelo o dejar los gayumbos encima de la nevera sin que una voz penetrante y chillona ponga en duda mis maneras arrabaleras.

Sinceramente, amiga mía, casi no puedo esperar. Aunque creo que viviré unos años más simplemente por el placer que experimentaré ganando una apuesta; hace un par de meses me aposté un café o similar con mi hermano pequeño para ver cuál de los dos sería el primero en palmarla por culpa del estómago, pues ambos sufrimos los mismos achaques y no pienso largarme a la nada oscura y absoluta hasta ganar ese puñetero café perdiendo el envite. Es cuestión de principios. Lo ideal hubiera sido morir antes y ganar la apuesta, pero si muero no cobro y un café es un café, o lo que es lo mismo, casi 1.35 euros en una cafetería céntrica.

Un beso

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Email del 12 de Septiembre 2011

 Juan Genovés, «Secuencias» (1999)

Querida amiga:

Los grandes labios de la indiferencia han bramado todas sus falacias acumuladas durante periodos de tiempo indeterminados; señaladas con el claro propósito de diferenciar las trascendentes de las irrelevantes y, en el caso de que exista penitencia o punición a pagar con deseos indulgentes en el ciclo que dura una condición consignada para establecerse, para asentarse y fructiferar lidiando los sobresaltos y temores que, incrustados sobre texturas indefinibles, puedan originar.

Esos labios rojos y lustrosos que lejos de inclinarse y tragar líquido secretante necesitan regurgitar palabras todavía no proyectadas sobre los hombros indolentes del sujeto que ríe mientras clava la mirada en una zona prohibida, con espíritu rijoso y provocador al mismo tiempo que con una mano obliga al deseo impuro a someterse y vilipendiarse a la complacencia más inútil, al capricho inacabado de los que dominan las casualidades forzadas.

Carnosos, agrietados y concupiscentes, esos labios infames y alevosos regalan besos mojados y acuosos a los sujetos que no se mueven en la rueda del tiempo, pues dotados con esporas volátiles y absolutamente maleables, sincronizan sus desidias e incorporan los anhelos, reuniendo en torno suyo un sinfín de calmosas turbaciones que nada más esperan lo que nadie supone.

No pienses que mi cordura me ha abandonado definitivamente, sino que nunca la he tenido durante más de un microsegundo.

Besos

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Email del 5 de Septiembre de 2011

Arcimboldo, «El librero» (1566)

Querida amiga:

Mi libro de autoayuda «100 maneras de rascarse una rodilla» está muy adelantado y supongo que podré entregarlo al editor a finales de enero. Espero que con éste gane un poco de dinero pues el anterior, «50 formas de limpiarse las orejas», no sólo fue un absoluto fracaso sino que hizo quebrar a la editorial.

Como conoces a varios ensayistas, poetas y novelistas, no hará falta que te explique lo difícil y arrastrado que es el mundo de la creación literaria, sobre todo el universo de los editores, esos seres sin alma que desayunan bebes neonatos fallecidos por hipoxia fetal y café con vitriolo y que sólo pueden articular cinco palabras cuando aben la boca: ¡esto es una puta mierda!

Cada vez que mis dedos se posan sobre una tecla no puedo dejar de pensar en un amigo mío que, harto de bajarse los pantalones y de llorar para que le publicaran un diccionario equino-humano y humano-equino, decidió hacerse político, y hoy en día es una de las caras más insulsas pero que más salen por tv, ya sea visitando a los ancianos de un burdel o a las prostitutas de una residencia.

Una cosa es segura, éste es mi último intento en el ámbito de las letras y el humanismo: si no consigo llegar al top 25 del Fnac o al 26 del Corte Inglés empaquetaré todas mis pertenencias en una talega y me iré a ver mundo montado en una vaca. La res ya la tengo, me toco en un sorteo agropecuario y la he bautizado como Penélope; es de raza mostrenca, su cara no es demasiado agraciada y tiene un cuerpo muy poco estilizado pero, francamente, lo prefiero así, no quiero que nadie nos juzgue en términos zoofílicos o de índole bestial.

Ahora, ya casi al final de este inconexo mail, me gustaría saber de ti: ¿cómo va tu vida? ¿te has cambiado ya de casa? ¿encontraste por fin el vibrador de cuatro velocidades que te desapareció misteriosamente el mismo día en que operaron a tu perra «Lilith» de hemorragia vaginal?

Preciosa, tengo que seguir pensando y trasladando las ideas al papel, hoy por hoy no tengo otra forma de justificar mi existencia, y una vida sin justificación es como un mosquito afeminado.

Un beso

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Segundo email del 5 de septiembre 2011

 

Picasso, «Bodegón con lirios» (1914)


Esferificación inversa de un mangostino

Voy a ser sincero: cuando escucho las palabras Nouvelle cuisine (o nueva cocina) me entran unas ganas impresionantes de visitar a mi abuela para que me prepare un cocido de toda la vida o una paella de conejo y pollo con un buen socarrat, acompañado por una ensalada valenciana y un buen trago de agua de manantial. De hecho, lo haría si no fuera porque mi yaya lleva muerta varios años y y en ese estado no es capaz ni de prepararse un sencillo coctel «resurrectivo». Lo que sí tengo claro es que de momento no me apetece comer alimentos confeccionados con nitrógeno líquido y presentados en horribles platos rectangulares, cuadrados, octogonales o con formas imposibles, seguramente para convencer al cliente de que el atraco al que va a ser sometido su bolsillo es un arte a la altura de la pintura renacentista, los libros de Proust o el cine de Murnau. Y por si eso no bastara para confundir a los sibaritas de lo exquisitamente sublime, mientras esperan al chef con acento francés, o de Donosti, siempre pueden pasar un buen rato leyendo las distinciones y los premios con las que ese restaurante, tocado por la omnipotente varita del hado, ha sido galardonado (estrellas de Michelin, gasolineras de Campsa, soles de Repsol, puntos en varias guías de gourmets, etcétera).

La verdad es que cuando leo algo sobre este tipo de «arte» me entra miedo: en lugar de encontrarme artículos sobre frutas y verduras, maneras de cocinar la carne de ternera o por qué el salmonete es un pescado azul, sólo leo cosas como «cocina molecular o tecnoemocional», «impregnación a vacío y a presión», «metilcelulosa» para los helados, «ultrasonidos para elaborar nanoemulsiones», «leche simbiótica» y un montón de expresiones y nombres que seguramente harían las delicias de los trabajadores de la NASA.

¿Qué me sucedería si en el restaurante de Ferrán Adrià o Heston Blumenthal, por poner dos ejemplos, se me ocurre pedir panceta y huevos fritos servidos en un plato redondo como los de antaño? Seguramente el camarero totalmente humillado y con lágrimas en los ojos llamaría al chef y éste, persignándose, invocaría a los espíritus de Egís de Rodas o Nereo de Chío. También es posible que ambos dejaran la profesión y se convirtieran en castañeros o mamporreros, por otro lado, empleos dignos y con bastante salida laboral.

A veces, cuando estoy deprimido por la falta absoluta de liquidez con la que poder adquirir un cilicio de piel de ciervo, trabajosamente confeccionado por monjes y cenobitas de diferentes monasterios, intento alegrar mis horas repasando los nombres de los conceptos básicos que estos genios se han sacado de la Toque Blanche. Por ejemplo, les encanta renombrar a sus creaciones con los rehechos prefijos de «aire de», y así, actualmente encontramos una variedad de platos de siempre pero bautizados de nuevo (aire de zanahoria, tacos de aire). Seguramente, el creador de esta modalidad se basó en su problema de estreñimiento y el meteorismo subsiguiente para dar una lección de imaginación al resto de colegas demodés. Pero no acaba ahí el uso tremendista y aniñado de la lengua para denominar a sus falsas invenciones; algunos incluso llegan más lejos y se atreven a cambiar la filipina por el baberito y utilizan hasta la extenuación los diminutivos (alcachofitas, ciruelitas, cebollitas, ajitos).

A todas estas estulticias ahora se les llama arte.

Arte es la catedral de Chartres, y no tiene autor, sólo años, muchos, muchos años. No necesita de un nombre para ensalzar lo que es «inmagnificable» porque es supremo. No necesita de firmas ni pegotes; carece de premios o galardones. Pero cuando todos los platos de El Bulli sólo sean un recuerdo inflamable, Chartres, Gizeh, la Gran Muralla, el Coliseo, Petra e incluso la Sagrada Familia seguirán existiendo, glorificando la huella del hombre sobre un planeta que debería despreciar a los farsantes.

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Email del 4 de septiembre de 2011

 

 Quentin Metsys, «The duchess of Tyrol» (1513)
Breve semblanza de mi tía Angelines

Yo tenía una tía. Sí, ya sé que todos tenemos o hemos tenido alguna tía, pero esta se llamaba Angelines y padecía linfadenitis necrotizante histiocítica, aunque eso nunca mermó sus tremendas ganas de convertirse en la «maruja del año» y a este denigrante concurso dedicaba todos sus esfuerzos desde que se levantaba a las seis de la mañana hasta que se acostaba a las seis de la mañana.

Angelines era una tía especial, con sus 76 años y huérfana de un ojo, conservaba una vitalidad que hacía palidecer de envidia a otras marujas más jóvenes; incluso a la hora de cotillear, denostar, calumniar y ofender, su labia venenosa no tenía parangón en la historia humana reciente. Una vez la vi injuriar por teléfono al mismo tiempo que insultaba a su vecina por la ventana, mientras en una mano mantenía con pulso firme una sartén repleta de aceite de colza hirviendo y en la otra un plato de patatas cortadas al estilo francés; fui testigo de su fuerza al comprobar cómo manejaba las bombonas de butano; comprobé in situ la cantidad de fauna desconocida que albergaban sus fajas prehistóricas; pero lo que siempre me llamó la atención por encima del resto de sus cualidades innatas y sobrehumanas era su capacidad para inventar palabras y, al mismo tiempo, que parecieran pertenecientes al diccionario de la Real Academia Española desde 1713, año de su fundación.

Aún recuerdo el día que perdió su dentadura postiza confesándose; a día de hoy aún no me explico cómo pudo suceder y tampoco se lo explica el padre Rosendo, que desmontó el confesionario de arriba a abajo en un inútil intento por encontrarla y por detener los lamentos dedicados a la virgen del Rosario que escapaban aterrorizados de la bocaza babosa y «espumarajoseante» de mi tía, lamentándose por la pérdida irreparable que aún pertenecía al banco (debía 14 mensualidades). Por supuesto, los dientes impagados nunca aparecieron, el sacerdote solicitó su traslado a otra diócesis y la iglesia fue derribada para construir una mercería.

A mediados de febrero de hace un par de años, Angelines falleció cuando intentaba ponerse unas zapatillas de guatiné que no eran de su talla: ella usaba una 48, pues tenía unos pies enormes, pero quiso ponerse unas de la talla 25 y su corazón no lo resistió. Sus exequias se celebraron en la mercería y fueron oficiadas por la dependienta Gabriela, que recitó un panegírico precioso alabando las cualidades de la marca de hilo dental que usaba la finada y haciendo especial hincapié en las mil y una maneras de sentarse en la mesa frente a un plato de alubias, sin denotar vergüenza, frustración o nerviosismo.

Si alguno de vosotros visita Valencia para insultar a su alcaldesa y le sobra algo de tiempo, debería pasarse por el cementerio municipal: es bonito, conserva nichos republicanos y mausoleos fascistas; además, preserva para la posteridad los restos mortales de Angelines, la única de mis tías que una tarde, y mirando en todas direcciones muy nerviosa, me confesó que era adicta a los penes.

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Email del 3 de septiembre de 2011

 

Miquel Barceló, «Biblioteca» (1983)
Lista lista lista o catálogo inteligente dispuesto

Pensar, elaborar o redactar listas es una acción tan demencial que debería estar castigada con penas de cárcel severísimas en prisiones estatales donde la expresión «derechos humanos» sea sinónimo de patatas fritas o desodorante sin; por ese motivo y para demostrar mi falta de escrúpulos, voy a redactar mi segunda lista en este blog, esta vez sobre los 17 mejores libros de la Historia, según mi gusto. Así, de paso que os demuestro mi cultura literaria realmente avanzada, puedo sentirme forajido por unos minutos.

Para ser sincero, sobre todo conmigo mismo, me siento en el deber de aclarar que hace aproximadamente 30 años ya intenté redactar una lista similar, pero un repentino ataque del síndrome de Gilles de la Tourette impidió que me pusiera manos a la obra y entrara en el top 100000 de los dementes listeros pro-germánicos.

Para acabar con esta pequeña pero por otra parte sincera introducción, me gustaría resaltar tres ideas fundamentales:

1) Todo el mundo que alguna vez haya redactado una lista, exceptuando la de la compra, antes o después se quedará calvo.
2) Cualquier humano que cree una lista de bodas en El Corte Inglés será bendecido por la religión católica y un bulo Papal extraordinario le eximirá de la vergüenza, humillación o deshonra, restituyéndole la dignidad cristiana por un módico precio variable según el mercado eclesiástico.
3) Todos los calvos serán registrados en las iglesias, catedrales, basílicas o capillas.

Bueno, aquí va mi lista:

1 – La diosa blanca (Robert Graves)
2 – La negación de la muerte (Ernest Becker)
3 – La tempestad (William Shakespeare)
4 – Ensayos (Michael de Montaigne)
5 – El valle de los avasallados (Réjean Ducharme)
6 – La caida en el tiempo (E.M. Cioran)
7 – El mundo como voluntad y representación (Arthur Schopenhauer)
8 – El hombre que fue Jueves (Gilbert Keith Chesterton)
9 – Drácula (Bram Stocker)
10 – Demasiado humano (Friedrich Nietzsche)
11 – En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)
12 – La metamorfosis (Franz Kafka)
13 – Rojo y negro (Stendhal)
14 – Herzog (Saul Bellow)
15 – La deshumanización del arte (José Ortega y gasset)
16 – Suspiria de profundis (Thomas De Quincey)
17 – El corazón de las tinieblas (Joseph Conrad)

Ahora me siento tan descansado como cualquier persona cuando se quita un peso de encima, sobre todo si lo que está encima es alguien con sobrepeso. Me importan bien poco las criticas o la ausencia de ellas como respuesta a esta lista; a decir verdad me importa un comino lo que haga cualquier humano.

La misa ha terminado, podéis iros…

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Email del 2 de septiembre 2011

 

 Caspar David Friedrich, «Caminante sobre el mar de niebla» (1818)


Yo, Dios y la Línea



YO

Nací en invierno, pero no hacía frio. Nadie me preguntó si deseaba salir del útero de mi madre, supongo que el hecho de nacer se conceptúa como una obligación, una especie de mutilación de la libertad individual del derecho a no existir. Llegué a esta cloaca por medio de un parto vaginal espontáneo; no recuerdo los gritos de dolor de mi madre mientras en posición decúbito dorsal intentaba expulsarme fuera de su cuerpo.

Intento restar importancia a la idea por la cual fui concebido; me importa poco si fue por un deseo religioso de justificación incoherente o simplemente un fallo matemático irreversible; nací y todavía estoy vivo, desconozco la razón e ignoro el procedimiento. Soporto la carga con dolor y el paso del tiempo no alivia mi astrosa decepción ni libera el magma de mis acongojados sentimientos.

Nací en invierno, pero no hacía frio. Mi cuerpo y mi mente pronto se distanciaron y se convirtieron en enemigos; las dudas racionales se aliaron en mi interior y crearon un monstruo que se alimentaba, y todavía se nutre, de esperanzas ridículas, pues no se puede luchar contra los impedimentos fagocitados por el tormento de estar vivo, ese suplicio que se manifiesta de forma indolora, pero que corroe cada átomo, cada molécula o célula y que  modifica sustancialmente el metabolismo de los inhibidores mientras perturba y consume la carne y la memoria.

A veces sólo las pequeñas bagatelas me despertaban del letargo; no necesitaba mirar a un exánime para saber que existía una afinidad entre los dos; no necesitaba contar los días, borrar las horas, marcar cruces en un calendario inexistente. No necesitaba escudriñar unos ojos dulces pero extraños para saber que mentían; veía el reflejo de mis estertores saliendo por la ventana, pero no advertía a qué lugar se dirigían. Toleraba los colores que revoloteaban por mi cerebro; aceptaba el hecho de que iluminaban la absurda oscuridad que trabajosamente me empeñaba en construir y destruir.

Nací en invierno, pero no hacía frio. Las imágenes de los espectros de las tinieblas que componen mis sueños no significan que el lamento de mi raciocinio, a estas alturas enfermo de aflicción, esté dirigido hacia esas figuras enteléquicas de aspecto quimérico y colores insensatos que pululan alrededor de los lóbulos temporales de mi cerebro. Las figuras amortajadas que danzan con pasos de baile irracionales y absurdos entre las llamas de la falsa sensatez, solamente son incorpóreas mientras insumiso, humillado y postrado trato de analizar la toxicidad del veneno que son mis lágrimas.

No hacía frio, me acuerdo perfectamente; pero ahora todos los inviernos son gélidos, oscuros y melancólicos. A veces releo mi pasado pero no encuentro una página remarcable, así que me dedico a doblar las esquinas superiores de cada una de las hojas que componen el libro de mi hastiante biografía en un intento vano de hacer interesante lo aburrido, fascinante lo ordinario, perfecto lo defectuoso e intentando sacralizar el espanto, divinizar la ira y alabar el resentimiento hasta convertirlo en una sólida alcazaba inconquistable.

DIOS

La gente inventa las palabras, las academias las legalizan e intentan definirlas; durante ese lapsus de tiempo entre una y otra acción, éstas se debilitan, se transforman, se vilipendian. Algunos vocablos concebidos para pastorear al hato de ignorantes adquieren un significado terrorífico y desmesurado; convierten la raíz y el origen en ortodoxia infame, formal y explícita. Nunca una palabra estuvo más ligada al miedo; nunca existirá una definición ética o moral más inexacta sobre un supuesto placer que en realidad es vicio de sentir dolor.

La turbación y vergüenza que me produce esa palabra sólo es comparable al sentimiento de culpa que experimento cuando inyecto dosis ilimitadas de falsa felicidad directamente a las venas cerebrales superiores, en un vano intento por contrarrestar la desdicha que me producen los sectarios que la idolatran, veneran o reverencian. Como la evaporación en masa es inadmisible en esta sociedad que modifica sus leyes según la conveniencia moral, sólo queda una solución, no demasiado funcional pero muy ética: el internamiento sine die, la reclusión perpetua e imperecedera.

Hubo un tiempo en que el pelo de nuestro cuerpo alojaba piojos, pulgas y cáncanos; un tiempo en que razonar estaba reservado para el futuro, abyecto y lejano al mismo tiempo. Ese periodo de onomatopeyas sincopadas que dotó el regalo del instinto al primate se transformó con el devenir de los milenios en la infamia de la razón; y con ella llegó el pecado: la palabra. Esa palabra amoral y maldita, ese término injustificado y desolador se confunde en cuatro aciagas vocales: «Dios».

LA LÍNEA

Una línea puede tener varios significados: puede ser un encadenamiento de puntos, pero también puede ser algo que nos aleja del principio y éste nunca tiene fin. Las líneas rectas, curvas, quebradas y mixtas no tienen más sentido que el que cada uno quiere darles en algún momento pero, lejos de definir, algunas tienden a confundir. Esas líneas que desconciertan son las que determinan el comienzo y la conclusión de cualquier acto, cualquier acción, todas las escenas y la mayor parte de movimientos. Esas series de figuras geométricas longitudinales que me fascinan y me atemorizan representan los dos lados (iluminado y tenebroso) de mi rol de resistente inconformista, pero al mismo tiempo define varias trayectorias ulteriores que bajo ninguna circunstancia, solazan la decepción profunda de mi íntima capacidad o descuidado caletre.

Ahora estamos aquí reunidos
oteando la línea del horizonte,
y aunque el campo visual es distinto,
la línea sigue siendo la misma.

El viento helado nos golpea la cara,
entumece los músculos e impide la concentración.

Resulta difícil respirar.
Resulta difícil traspasar la línea….

Hay una línea en el cielo.
Hay una línea en el infierno.
Hay una pequeña línea sobre un espejo encima de la mesa….

Resulta inútil suplicar.
Resulta inútil traspasar la línea.

Hay líneas brillantes e imprecisas.
Hay líneas lóbregas y eternas.
Hay algunas líneas confusas que no sirven absolutamente para nada.

Resulta peligroso palpar.
Resulta peligroso traspasar la línea….

Hay demasiadas líneas bastardas e ilegítimas.
Hay incluso líneas monstruosas y deformes.
Hay líneas que miden lo que cada uno de nosotros desea en cada momento.

Ahora estamos todos separados,
cada uno sigue los capítulos de su propio libro.
Oteamos el horizonte desde distintas situaciones,
pero la línea sigue siendo la misma….

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