Nací en invierno, pero no hacía frio. Nadie me preguntó si deseaba salir del útero de mi madre, supongo que el hecho de nacer se conceptúa como una obligación, una especie de mutilación de la libertad individual del derecho a no existir. Llegué a esta cloaca por medio de un parto vaginal espontáneo; no recuerdo los gritos de dolor de mi madre mientras en posición decúbito dorsal intentaba expulsarme fuera de su cuerpo.
Intento restar importancia a la idea por la cual fui concebido; me importa poco si fue por un deseo religioso de justificación incoherente o simplemente un fallo matemático irreversible; nací y todavía estoy vivo, desconozco la razón e ignoro el procedimiento. Soporto la carga con dolor y el paso del tiempo no alivia mi astrosa decepción ni libera el magma de mis acongojados sentimientos.
Nací en invierno, pero no hacía frio. Mi cuerpo y mi mente pronto se distanciaron y se convirtieron en enemigos; las dudas racionales se aliaron en mi interior y crearon un monstruo que se alimentaba, y todavía se nutre, de esperanzas ridículas, pues no se puede luchar contra los impedimentos fagocitados por el tormento de estar vivo, ese suplicio que se manifiesta de forma indolora, pero que corroe cada átomo, cada molécula o célula y que modifica sustancialmente el metabolismo de los inhibidores mientras perturba y consume la carne y la memoria.
A veces sólo las pequeñas bagatelas me despertaban del letargo; no necesitaba mirar a un exánime para saber que existía una afinidad entre los dos; no necesitaba contar los días, borrar las horas, marcar cruces en un calendario inexistente. No necesitaba escudriñar unos ojos dulces pero extraños para saber que mentían; veía el reflejo de mis estertores saliendo por la ventana, pero no advertía a qué lugar se dirigían. Toleraba los colores que revoloteaban por mi cerebro; aceptaba el hecho de que iluminaban la absurda oscuridad que trabajosamente me empeñaba en construir y destruir.
Nací en invierno, pero no hacía frio. Las imágenes de los espectros de las tinieblas que componen mis sueños no significan que el lamento de mi raciocinio, a estas alturas enfermo de aflicción, esté dirigido hacia esas figuras enteléquicas de aspecto quimérico y colores insensatos que pululan alrededor de los lóbulos temporales de mi cerebro. Las figuras amortajadas que danzan con pasos de baile irracionales y absurdos entre las llamas de la falsa sensatez, solamente son incorpóreas mientras insumiso, humillado y postrado trato de analizar la toxicidad del veneno que son mis lágrimas.
No hacía frio, me acuerdo perfectamente; pero ahora todos los inviernos son gélidos, oscuros y melancólicos. A veces releo mi pasado pero no encuentro una página remarcable, así que me dedico a doblar las esquinas superiores de cada una de las hojas que componen el libro de mi hastiante biografía en un intento vano de hacer interesante lo aburrido, fascinante lo ordinario, perfecto lo defectuoso e intentando sacralizar el espanto, divinizar la ira y alabar el resentimiento hasta convertirlo en una sólida alcazaba inconquistable.
DIOS
La gente inventa las palabras, las academias las legalizan e intentan definirlas; durante ese lapsus de tiempo entre una y otra acción, éstas se debilitan, se transforman, se vilipendian. Algunos vocablos concebidos para pastorear al hato de ignorantes adquieren un significado terrorífico y desmesurado; convierten la raíz y el origen en ortodoxia infame, formal y explícita. Nunca una palabra estuvo más ligada al miedo; nunca existirá una definición ética o moral más inexacta sobre un supuesto placer que en realidad es vicio de sentir dolor.
La turbación y vergüenza que me produce esa palabra sólo es comparable al sentimiento de culpa que experimento cuando inyecto dosis ilimitadas de falsa felicidad directamente a las venas cerebrales superiores, en un vano intento por contrarrestar la desdicha que me producen los sectarios que la idolatran, veneran o reverencian. Como la evaporación en masa es inadmisible en esta sociedad que modifica sus leyes según la conveniencia moral, sólo queda una solución, no demasiado funcional pero muy ética: el internamiento sine die, la reclusión perpetua e imperecedera.
Hubo un tiempo en que el pelo de nuestro cuerpo alojaba piojos, pulgas y cáncanos; un tiempo en que razonar estaba reservado para el futuro, abyecto y lejano al mismo tiempo. Ese periodo de onomatopeyas sincopadas que dotó el regalo del instinto al primate se transformó con el devenir de los milenios en la infamia de la razón; y con ella llegó el pecado: la palabra. Esa palabra amoral y maldita, ese término injustificado y desolador se confunde en cuatro aciagas vocales: «Dios».
LA LÍNEA
Una línea puede tener varios significados: puede ser un encadenamiento de puntos, pero también puede ser algo que nos aleja del principio y éste nunca tiene fin. Las líneas rectas, curvas, quebradas y mixtas no tienen más sentido que el que cada uno quiere darles en algún momento pero, lejos de definir, algunas tienden a confundir. Esas líneas que desconciertan son las que determinan el comienzo y la conclusión de cualquier acto, cualquier acción, todas las escenas y la mayor parte de movimientos. Esas series de figuras geométricas longitudinales que me fascinan y me atemorizan representan los dos lados (iluminado y tenebroso) de mi rol de resistente inconformista, pero al mismo tiempo define varias trayectorias ulteriores que bajo ninguna circunstancia, solazan la decepción profunda de mi íntima capacidad o descuidado caletre.
Ahora estamos aquí reunidos
oteando la línea del horizonte,
y aunque el campo visual es distinto,
la línea sigue siendo la misma.
El viento helado nos golpea la cara,
entumece los músculos e impide la concentración.
Resulta difícil respirar.
Resulta difícil traspasar la línea….
Hay una línea en el cielo.
Hay una línea en el infierno.
Hay una pequeña línea sobre un espejo encima de la mesa….
Resulta inútil suplicar.
Resulta inútil traspasar la línea.
Hay líneas brillantes e imprecisas.
Hay líneas lóbregas y eternas.
Hay algunas líneas confusas que no sirven absolutamente para nada.
Resulta peligroso palpar.
Resulta peligroso traspasar la línea….
Hay demasiadas líneas bastardas e ilegítimas.
Hay incluso líneas monstruosas y deformes.
Hay líneas que miden lo que cada uno de nosotros desea en cada momento.
Ahora estamos todos separados,
cada uno sigue los capítulos de su propio libro.
Oteamos el horizonte desde distintas situaciones,
pero la línea sigue siendo la misma….