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| Hans Holbein «Portrait of Erasmus of Rotterdam Writing» (1523) |
Querida amiga:
Estoy completamente seguro de que mi libro «Disertación sobre los calzoncillos» será un éxito cuando lo publiquen, claro que esto no sucederá hasta no que acabe de escribirlo. De momento no he pasado del prefacio aunque ya llevo escritas 2000 páginas, por lo que calculo que cuando esté acabado y corregido puede llegar a ser más voluminoso que la «Historia verdadera de la conquista de la Nueva España» y «La santa biblia» juntos.
Los días que no escribo me dedico a pensar un título; ya tengo tres que creo que son absolutamente perfectos, aunque de momento no me decanto por ninguno: «Los calzones de Yaveh», «¿Por qué los abogados no usan bóxers?» o «La negación de la comodidad». Como verás los tres son maravillosos, por lo que a veces pienso en escribir una trilogía y utilizarlos todos, aunque primero quiero ver cómo responde el público al primero.
La razón por la cual me he decidido a escribir un libro de filosofía calzoncillera es muy simple, estoy cansado de leer siempre sobre los mismos temas: el Yo, Dios, la existencia, es decir, humanismo y ciencias, pero ¿qué sucede con la ética de las cosas? ¿acaso es un pecado escribir sobre la metafísica de los gayumbos? Por esa razón trato de concienciar a la plebe sobre la superioridad del bóxer frente al slip corriente; los beneficios del algodón frente a la tela sintética o las formas de lavar una prenda interior para que no se quede apergaminada. Nadie hasta ahora lo había intentado y creo firmemente que sólo por esa razón ya deberían incluirme entre los 10 pensadores más arriesgados de la historia moderna. Sinceramente, entre tú y yo: ¿crees que Friedrich Nietzscche, Raymond Queneau, o por citarte algunos ejemplos más contemporaneos, Ernest Becker, Michel Onfray o Richard Dawkins se hubieran atrevido a aparcar sus estúpidas y por otra parte repetitivas reflexiones de siempre para abordar con rigor y profundidad el tema de las prendas intimas?
Me gustaría que te quedase claro que soy muy consciente de la revolución de pensamiento que causará la lectura y disfrute de mi extenso texto; incluso creo que existirá un antes y un después de los magistrales juegos sintácticos con los que deleito los sentidos, actualmente bastante adormecidos, de los pensadores y estudiosos que quedan con vida y, sobre todo, de la gente de calle con ciertas inquietudes eruditas e intelectuales. Cada día que pasa estoy más seguro de que el hecho de mi nacimiento no fue debido a una conjunción de elementos humanos: semen del bueno, óvulo sensacional, sino a un acontecimiento preparado por el destino para aclarar los conceptos básicos con los que se rige nuestra existencia y, desde luego, para poner punto final a la imbecilidad escrita (por los siglos de los siglos, amén)
Un beso y que sigas siendo feliz.
