Email del 19 de Septiembre 2011

Claude Monet, «L’automne à la Seine à Argenteuil» (1873)

Hola querida:

Se acerca el otoño, puedo notarlo en la temperatura. Las moscas medio locas no paran de posarse en mi cara, saben que todo se acaba. Mis plantas ya no me piden con insistencia más agua sino que se dedican a crear las últimas flores, cada vez más pequeñas, que al final del ciclo y como siempre sucede, son arrastradas por el viento. Como las noches son frescas, duermo con la ventana cerrada, lo que impide que oiga los ronquidos pastosos de los vecinos. Todas las sensaciones que tuve hace doce meses vuelven a repetirse en mis sentidos, esas mismas evocaciones, casi siempre exactas y fugaces, son idénticas año tras año. El paso del tiempo no sólo no las transmuta, sino que no evolucionan ni progresan, conformándose con pequeñas modificaciones prácticamente inapreciables pero con los mismos síntomas e iguales manifestaciones.

Todas las mañanas me miro en el espejo y esbozo una pequeña sonrisa, me cuesta formarla pero me miento en mis adentros y al final lo logro; es un gesto forzado pero ritual; es mi forma de comunicarle al otro yo que se refleja que no soy un extraño, pero a veces la melancolía y las horas de ensueño me pasan factura y de mis labios sólo sale un minúsculo estertor de pánico que, desesperado, muerde mis tripas y con desconfianza impostada se escabulle por el retrete.

Siempre he creído que soy lo que alguien quiso y no pudo en otra existencia. Puede parecer una perogrullada digna de una mente abúlica y trastocada, pero en mi caso es una impresión real; existe porque se alimenta y la puedo ver crecer. Mientras madura, se transforma con máscaras de irrealidad aparente que mimetizan el asco por medio de innumerables dosis de miedo, que repercuten en cada una de las falsas e inútiles representaciones por las cuales finjo que todavía estoy vivo.

Te mentiría si negase el hecho de que, algunas veces, mientras ruedo insomne por el catre, alzo las manos y busco entre los intersticios del aire un agujero que me saque de esta cotidianidad que me enferma y me enloquece. A veces el miedo me paraliza y me impide hurgar, pero no me importa demasiado; sé que los deseos, anhelos y turbaciones deben mezclarse en el inconsciente para resurgir como despojos en la absoluta soledad que pertenece a este universo.

Un beso afectuoso de un besador aficionado.