Email del 4 de septiembre de 2011

 

 Quentin Metsys, «The duchess of Tyrol» (1513)
Breve semblanza de mi tía Angelines

Yo tenía una tía. Sí, ya sé que todos tenemos o hemos tenido alguna tía, pero esta se llamaba Angelines y padecía linfadenitis necrotizante histiocítica, aunque eso nunca mermó sus tremendas ganas de convertirse en la «maruja del año» y a este denigrante concurso dedicaba todos sus esfuerzos desde que se levantaba a las seis de la mañana hasta que se acostaba a las seis de la mañana.

Angelines era una tía especial, con sus 76 años y huérfana de un ojo, conservaba una vitalidad que hacía palidecer de envidia a otras marujas más jóvenes; incluso a la hora de cotillear, denostar, calumniar y ofender, su labia venenosa no tenía parangón en la historia humana reciente. Una vez la vi injuriar por teléfono al mismo tiempo que insultaba a su vecina por la ventana, mientras en una mano mantenía con pulso firme una sartén repleta de aceite de colza hirviendo y en la otra un plato de patatas cortadas al estilo francés; fui testigo de su fuerza al comprobar cómo manejaba las bombonas de butano; comprobé in situ la cantidad de fauna desconocida que albergaban sus fajas prehistóricas; pero lo que siempre me llamó la atención por encima del resto de sus cualidades innatas y sobrehumanas era su capacidad para inventar palabras y, al mismo tiempo, que parecieran pertenecientes al diccionario de la Real Academia Española desde 1713, año de su fundación.

Aún recuerdo el día que perdió su dentadura postiza confesándose; a día de hoy aún no me explico cómo pudo suceder y tampoco se lo explica el padre Rosendo, que desmontó el confesionario de arriba a abajo en un inútil intento por encontrarla y por detener los lamentos dedicados a la virgen del Rosario que escapaban aterrorizados de la bocaza babosa y «espumarajoseante» de mi tía, lamentándose por la pérdida irreparable que aún pertenecía al banco (debía 14 mensualidades). Por supuesto, los dientes impagados nunca aparecieron, el sacerdote solicitó su traslado a otra diócesis y la iglesia fue derribada para construir una mercería.

A mediados de febrero de hace un par de años, Angelines falleció cuando intentaba ponerse unas zapatillas de guatiné que no eran de su talla: ella usaba una 48, pues tenía unos pies enormes, pero quiso ponerse unas de la talla 25 y su corazón no lo resistió. Sus exequias se celebraron en la mercería y fueron oficiadas por la dependienta Gabriela, que recitó un panegírico precioso alabando las cualidades de la marca de hilo dental que usaba la finada y haciendo especial hincapié en las mil y una maneras de sentarse en la mesa frente a un plato de alubias, sin denotar vergüenza, frustración o nerviosismo.

Si alguno de vosotros visita Valencia para insultar a su alcaldesa y le sobra algo de tiempo, debería pasarse por el cementerio municipal: es bonito, conserva nichos republicanos y mausoleos fascistas; además, preserva para la posteridad los restos mortales de Angelines, la única de mis tías que una tarde, y mirando en todas direcciones muy nerviosa, me confesó que era adicta a los penes.