Email del 29 de Septiembre 2011

Eugène Delacroix, «La liberté guidant le peuple» (1830)

Querida amiga, colega y compañera:

Hace aproximadamente 10 años que no sigo a ningún sacerdote. Ya sabes que no soy un detective privado ni nada de eso, pero antes me encantaba hacerlo y no te puedes llegar a imaginar las cosas que pude ver y oír. Podría fácilmente redactarlas en dos voluminosos libros que se deberían titular: «Sotana y condominio» y «Sotana y condominio II (El regreso). El primero de estos dos volúmenes estaría dedicado a los bienes materiales, que por cierto no son pocos, y a la absoluta falta de fe que profesa un tanto por ciento bastante elevado de ese gremio; el segundo sería más libidinoso y estaría constituido por las apetencias sexuales, bastante depravadas, de estos «santos» de la espiritualidad en cuando se quitan el alzacuellos.

Tu sabes lo que pienso de los tipos que generalizan; conoces mis sentimientos hacia ellos y siempre has estado de acuerdo en que son lo más ruin y obtuso que existe. Por eso quiero que trates mis próximas palabras desde el punto de vista de alguien que no generaliza pero al que le gustaría ver a todos los salvadores de almas a una distancia de 8000 km de él. Está claro que también me gustaría que los reyes, príncipes, condes, archiduques y todo ese berenjenal de títulos conquistados en épocas oscuras ni siquiera vivieran en el continente que habito yo. Estoy completamente seguro de que ambos, religiones y monarquías, tienen sus horas contadas; es casi seguro que mis ojos no verán sus necesarias caídas: todavía creo en la humanidad y en la gente inteligente. No hace falta andar ni diez metros para saber que la mayoría piensan así; por supuesto cenutrios meapilas hay en todos los lados y, como no tienen muy claro su papel en esta sociedad -que debería ir hacia adelante y no parecerse al contoneo sensual de una cangreja sifilítica-, prefieren que la Historia no avance, pues si lo hiciera, ellos deberían volver al liquido amniótico, por otra parte, la piscina de la que nunca debieron dejarles salir.

A veces,  cuando oigo hablar a algunos políticos retrógrados y mentirosos -y no sé por qué digo «oigo» pues a algunos me es imposible entenderlos, bien porque cecean o bien porque hablan como si hubieran prestado el hipotálamo a la ciencia-, siento pena. Esa pena se transmuta en berrinche cuando alguien me recuerda que en pleno siglo XXI aún existen  más de 10 familias reales en Europa. Pero ese berrinche no es comparable con la sensación que experimento cuando leo (y parece ser que esto ocurre todos los días) que un pedazo de carne eclesiástica ha violado a un niño de 4 años y que el Papa sentado plácidamente en su poltrona mira hacia otro lado, seguramente hacia el canal celestial en la tv más cercana a su despacho.

¿Por qué permitimos que suceda esto? ¿Es necesario que sigamos comportándonos como viejos masoquistas delante de los que pretendidamente manejan el «garrote» del poder? Si la mayor parte de seres humanos que habitan este continente somos laicos y antimonárquicos, ¿por qué no podemos salir a la calle y exigir nuestros derechos, que por otra parte son fundamentales, sin recibir hostias o citaciones del juzgado? ¿dónde queda nuestra libertad personal, ese utópico derecho con el que se supone que nacemos?

Francamente, para algunos puede que este mundo sea el mejor de los mundos posibles, pero es un pensamiento estúpido, pues no conocen ningún otro. Lo único que a mí se me antoja cuando veo crecer en las calles el magma de la sumisión es que no debe existir mucha diferencia entre nuestro siglo y la oscuridad de la época medieval, y esto, además de un hecho comprobable, es una desgracia reprobable.

Siento haberme puesto tan serio

Besos