![]() |
| Kathe Kollwitz. Old man with noose (1923) |
Cuando miro a Dodurio me parece un cruce entre un cadáver reviviscente y un doppelgänger con ureterocele. Recuerdo cuando todavía era feliz, y cómo lo demostraba en cualquier ocasión que se le presentase dando saltitos como una cacatúa dipsomaníaca. Y me acuerdo de su mujer Parajatalia, a la que todos llamaban Parajatali para acortar. Y de Fujinia y Soluci, que eran las abatatadas hermanas de Dodurio. Y de Magalda y Frutino. Y de Hujilo, Franiso y Padrila. Y de Sofrifrosa y Mogovulturin. Y de Sopotimia, Nonomonoran y Fragalasa. En realidad recuerdo a todos y a todas como si fuera ayer y hubiese ocurrido algo.
Sin embargo todavía intentamos olvidar lo que no sucedió esa fatídica noche. Incluso Jolomio, que en aquellos instantes se encontraba a varios miles de kilómetros de distancia, y Quenineo, que todavía no había nacido, divagan a menudo con lo que podría haber llegado a ser el futuro familiar si hubiese sucedido algo, cualquier cosa, por insignificante que fuese o pareciese.
Todos conocemos al poeta Gogopi. Algunos todavía hoy están convencidos de que en realidad se trataba de Nonomonoran disfrazado con un alias. En su magistral La conspiracion de los sucesos no acontecidos, Gogopi (o Nonomonoran) relató con toda precisión el cambio sufrido por Dodurio la noche en que no sucedió nada. Son mundialmente famosos los versos 34, 35, 36 y 37.
¿De ninguna manera? ¡En absoluto!
Cuando Dodurio dibuja una sonrisa forzada y hueca, un escalofrío me recorre la espina dorsal. A menudo intento que se sienta reconfortado con mi presencia, pero pocas veces soy capaz de conseguirlo. Aunque es un anciano, Dodurio quiere estar solo. Ni siquiera el silencio y la negación que envuelven como una losa negra los sucesos pretéritos ayudan a que desaparezca la tristeza de su rostro marchito. Ese rostro que en una ocasión esperó que sucediese algo…
