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| Wassily Kandinsky. Tensión suave n.º 85 (1923) |
En sus bolsillos solo se encontraron dos hojas garabateadas. La primera era una arrugada factura por la adquisición de un acotillo en la que habían dibujados un eneagrama y un eneágono en la parte inferior. La segunda era una hoja cuadriculada perteneciente a una libreta barata que contenía lo que parecía un párrafo bastante largo, inconexo y sobrecogedor.
«Como ese legítimo y acreditado hedor que a menudo asocio con la naftalina, así has entrado en mi vida. A partir de ahora depende de mí y de la rugiente urgencia de mis impulsos cognitivos expulsarte de ella. Te trataré como a un supositorio. Plastificaré tu nombre. Transformaré tu sujetador push-up en un estrapalucio. El sol es infeliz. La luna está abuhada. Sacaré mis intestinos de cada uno de tus agujeros adulterados. Y obtendré un líquido oscuro y fétido que canjearé por la necesariamente válida abundancia que me otorgan los dientecillos puntiagudos… de la chinatera perforadora… que agujereó la máscara vudú de los santeros umbaru… con esa urgencia fragosa y no evidente, pero que de alguna extraña manera, necesita algún tipo de demostración».
(La trabazón del recipiente de piedra)
