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| Luc Tuymans. Suicide (1975) |
Nadie sabe lo que es capaz de hacer hasta que lo hace. Yo intento hacer planes que invariablemente se irán a la mierda. Otros hacen lo que pueden mientras pueden, sin darse cuenta de que todo terminará de la misma forma que comenzó, es decir, de una manera absurda, ilógica o banal. Mientras trato de transformar todo lo que me resulta insólito y excepcional en una especie de larga exhortación destinada a enardecer mi desgalichada inseguridad, o mejor, mi aveloriado desequilibrio, el tiempo pasa…
Me encontraba sentado en un banco municipal rodeado de acerifolias, araucarias, casuarinas y eucaliptos. Mi rabelesiano, aunque malhadado cerebro trabajaba de lo lindo, y la prueba irrefutable es el párrafo anterior. Sin embargo el sonido de la existencia me abrumaba. El ruido que hacían las personas y los coches al pasar a unos pocos metros de mí me recordaba que nadie en todo el país sabía que yo existía. De repente un mirlo saltó desde una rama hasta un círculo dibujado por alguien en el suelo y comenzó a danzar como si fuera un derviche enajenado. Mi reacción fue claramente ojiplática y cuando me repuse de la hipnosis visual me entraron ganas de llorar. Pero no lo hice. En realidad no sé por qué me reprimí. Quizá porque en esos instantes me sentía una piltrafa hipotónica con un grado medio de esquizoafectividad producida por la autoimpuesta interacción social.
Mientras caminaba hacia mi casa los pensamientos que se arremolinaban en mi sesera comenzaron a pesar y mi cabeza se ladeó hacia la derecha. Cuando subía las escaleras me crucé con alguien que me saludó con una risita. Abrí la puerta. Entré dentro. Cerré la puerta. Abrí un cajón. Saqué un cuchillo. Cerré el cajón. Abrí una gran vena. La sangre cayó al suelo. Me entró un ataque de risa…
