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| Kiril Kolev. The penis of God (21st century) |
«¿Quieres tener la polla más grande? Con la ayuda de Dios lo conseguirás». Cuando me fijé en el inmenso anuncio y leí su mensaje explícito me quedé realmente atónito. Lo primero que pensé es que si ese altísimo numero de paletos y borregos que seguían las leyes de aquella escisión religiosa habían llegado al punto de usar el nombre de su deidad inexistente -que tanto dolor había proporcionado a los corazones de muchos hombres y mujeres- entonces, ¿qué es lo que serían capaces de vender en sus siguientes reclamos comerciales? Sin embargo, mientras trataba de permanecer pluscuamperfectamente desapasionado de arriba a abajo, sobre todo en la parte superior, que es donde se esconde ese órgano denominado cerebro, algo en forma de vocecita absurda e irracional empezó a taladrar mis pensamientos. «¿Y si es verdad?». «¿Y si por el mero hecho de creer en algo superior, ese algo más o menos superior y omnímodo me concede algunos de mis deseos más fehacientes?». «Estoy seguro de que con la minga más grande se me rifarían las mujeres». «¡Pero también los hombres!». «Quizá es mejor seguir como estoy, aunque tengo entendido que la bisexualidad…». «Joder, sí, quiero tener la polla más grande».
Y de esa forma inicié mi camino espiritual hacia ninguna parte. Sin embargo, aun desconociendo el emplazamiento exacto de dicha parte, fui totalmente capaz de alcanzar el final mucho antes de lo esperado. Por supuesto, después de darme cuenta de que en realidad todo formaba parte de una idea compleja y equivocada, decidí que lo mejor que podía hacer era plasmar mis experiencias en un libro. Por eso escribí El calzoncillo encantado y su versión corregida y aumentada exclusivamente para el público anglosajón, I’m fed up, ambos actualmente descatalogados y bastante complicados de encontrar.
Ahora, debido al inexorable paso del tiempo, soy más inteligente. Mi polla sigue del mismo tamaño pero por lo menos he aprendido a no seguir dioses. Intento justificar mi vida jugando al ewale con la familia de nigerianos que viven en una tienda de campaña plantada en la azotea. Nunca gano, pero eso es algo que no me importa demasiado. Cada vez que me despido de ellos me suena el estómago. Y a menudo esos mismos borborigmos acentúan mi impresión de que voy a morir pronto. Cuando eso suceda pienso legar mi polla a la Facultad de Medicina de Valencia, pero no para que la estudien, sino para que la cuelguen en la pared con una chincheta justo al lado de los esófagos fabricados con gutapercha.
