![]() |
|
Anselm Kiefer, «Sternenfall» (1995)
|
Hola por segunda vez en un momento diferente:
En algún punto de la irrealidad estéril que trabajosamente diseño, existe un anverso proyectado que lo difumina todo. Cuando intento tocarlo se desvanece y entonces es cuando me doy cuenta de que no soy más que un color desechado que busca impaciente una paleta donde asentarse. Mientras escudriño posibles superficies, el artista supremo me rechaza y con la espátula determinante me devuelve al tubo, un trabajo dificultoso pero que para él tiene una apropiada recompensa.
Camino por la calle mojada de lluvia y los adoquines de piedra desgastada cobran vida, se lamentan de su desdichado destino y lloran lágrimas duras que comprendo, concibo, interpreto; las recojo y las guardo en el bolsillo; algunas se niegan a ser sujetadas y se desvanecen ante mis ojos, pero la mayor parte aceptan su destino.
Ya no soporto el peso de las muecas transparentes y concibo el espacio como parte de mi Lebensraum particular. Me dirijo hacia ese lado porque no puedo comprender que exista otro lado y me acuesto en el único catre en el que nadie se atreve a yacer.. El hedor a tierra quemada puede olerse durante los momentos en que no existo, porque básicamente:
Soy mis días y mis noches, mi sonrisa escondida y mi lamento perpetuo; soy como una hoja sin estípulas y a veces vuelo y me traslado con el viento. Soy alguien que nadie desearía ser, que se acurruca mientras soporta un desmesurado aguacero. Soy la mitad del contenido total de los sueños más inútiles y a veces me deslizo entre los intersticios que aparecen en el horizonte aparente. Soy como una piedra consumida por una corriente; soy esa pequeña salpicadura que ensucia las perspectivas isométricas. Soy mi propio doctor, mi psicólogo, mi amante y cuando muera, será porque habré sido mi propio asesino.
Besos desiguales, pero inventados de la misma manera.
