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| Charles Ladson (título y año desconocidos) |
Amiga mía:
«Grunk glock gaund sumz snork», éstas han sido las primeras palabras que he pronunciado esta fría y despejada mañana. Estaba desayunando mi habitual vaso de leche con tostada cuando un imbécil ha llamado por teléfono para preguntar si ya había llegado y estaba en casa Marisa. ¡A las seis y treinta y cinco de la mañana! Como llevaba la boca llena de pan y mermelada y además estaba de un humor de perros, pues vivo sólo sin ninguna clase de Marisa y odio a los que se equivocan de número, le he respondido de muy malas maneras que Marisa seguramente estaría con un cliente y que no se preocupara pues (casi) siempre usa protección. Pero los sonidos que han salido de mi boca han sido ininteligibles y el tipo ha colgado el aparato refunfuñando y maldiciendo al género femenino y sus relojes de pulsera.
Unos minutos más tarde, mientras me duchaba algún vecino psicópata ha puesto a un volumen imposible la canción titulada «El chiringuito» de Georgie Dann y he sufrido una bajada de tensión tan brutal que me ha obligado a suspender el baño e intentar dirigirme corriendo y mojado a tumbarme en el sofá, con tan mala pata que me he tropezado con el cinturón del albornoz y he aterrizado de cabeza contra el suelo, partiendo en dos una baldosa y despertando al resto de la comunidad de propietarios.
Como siempre he pensado que los días malos no terminan hasta que uno tranquiliza los nervios y la mente, he permanecido en el suelo sin moverme y meditando sobre el fatalismo y su connotación lingüístico-filosófica durante un par de horas y ahora, bastante descompuesto anímica y moralmente, trato de contarte los sucesos de la jornada y mis pensamientos más profundos por medio del email habitual.
Lentamente voy recuperando las fuerzas y supongo que en un par de meses habré superado el trauma que han ocasionado en mi vida Marisa, Georgie y la baldosa. Incluso me atrevo a pronosticar que este cúmulo de sinsabores tendrán un efecto positivo en la forma de afrontar todas las jornadas que comprendan los próximos ciento cincuenta años de mi existencia. Soy un tipo fuerte, por esa razón, cuando no me encuentro demasiado ocupado intentando morirme, diseño complicadas estrategias para alargar el futuro hasta límites aborrecibles, tragando pastillas anti oxidantes, bebiendo infusiones milagrosas y llevando una vida dementemente sana que haría palidecer de envidia a los presidentes de los gremios de herboristas, dietéticos, neurópatas y vampiros.
No estoy seguro de si este email te demostrará de una forma convincente la lucidez mental y el aplomo sobrenatural que he heredado de mis antepasados. No olvides que entre éstos se encontraba Gregorio López Muñoz, mi tatarabuelo y el primer tipo que desarrolló una teoría válida y comúnmente aceptada sobre cuál es la mejor manera de asar un cebollino sin perder la compostura y ese legado y ejemplo, de alguna forma mantiene vivos mis sueños y anhelos, al mismo tiempo que dignifica mis desesperanzas y transforma mis desengaños continuos en ilusiones vanas.
Desde el rincón más sombrío de la nada, se despide este calvo que todavía no ha encontrado el bisoñé perfecto.
Besos
