noviembre 2011

Email del 6 de Noviembre 2011

Solana, «La visita del obispo» (1920)

Hola cielo:

Bueno, dentro de unos días haremos uso de esa pequeña farsa llamada «libertad individual» y elegiremos a un político para que nos gobierne, básicamente porque como idiotas sin futuro que somos, necesitamos seguir líderes, aunque algunos sepamos desde hace bastantes años que ese pensamiento distorsionado e infantil, lo único que pretende es ocultar nuestro deseo de supervivencia a cualquier precio. Nos vendemos baratos, quizás porque somos rameras de la peor calaña y, mientras lo hacemos, pensamos en nuestra familia, que a su vez se prostituye para superar las mismas bajezas que nos hacen humanos.

Imaginar que nuestro voto, sea cual sea, nos va a salvar de la continua y adictiva imbecilidad que con tanto talento fabricamos, es como creer que la luna cabe un bolsillo. Si existe algo más peligroso que un humano, son varios humanos juntos en comandita. Imagínate el poder de un grupo de memos unidos en torno a un líder; imagínate la fuerza descomunal e imparable que pueden desarrollar para corromper, vilipendiar, arrasar, destruir, malinterpretar o cualquier verbo terminado en ar, er o ir que se te pueda ocurrir.

Afortunadamente, la demencia de mi cerebro, que a estas alturas ya ha corrompido mi cuerpo y parte de mi alma, no impedirá que el próximo día veinte me ría hasta enfermar, mientras contemplo desde la ventana a cientos de papanatas con el corazón henchido de esperanza y un voto en una mano, dirigirse a manufacturar otros cuatro años de indecencia política, que en algunos aspectos, y estoy convencido, rayará la absoluta criminalidad.

A estas alturas de mi vida, mientras aprendo lo que puedo y me hago viejo, no puedo dejar de experimentar cierto desasosiego cuando pienso que uno de los valores fundamentales de la sociedad se basa en creer que algún cenutrio impotente y las mulas trotonas que formen su partido podrán sacarnos de ese atolladero fundamental en el que VOLUNTARIAMENTE nos hemos metido; y pensando positivamente, por los siglos de los siglos de los siglos.

Besos, chata.

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Segundo email del 5 de Noviembre 2011

Degas, «Chanteuse au gant» (1878)

Hey:

Algunas partes de mi cuerpo se encuentran revolucionadas, sobre todo las que sirven para algo. Te cuento: esta mañana he ido a orinar (todos lo hacemos, excepto José María Aznar) y por mi pene en lugar de salir ese líquido acuoso transparente y amarillento secretado por los riñones ha salido una canción. Al principio me he sentido incomodo, pues no es normal que la uretra cante «Un rayo de sol», pero al cabo de las dos primeras estrofas, me he tranquilizado e incluso he hecho los coros. Desconozco que es lo que habrá pasado con la orina, pero después de entonar la canción mi vejiga se ha sentido reconfortada. ¡Cuesta tan poco complacer a los depósitos musculares membranosos!

Cualquier persona con dos dedos de frente (excepto la criatura llamada Frankenstein) podrá asegurar que cantar y bailar alarga la vida, sobre todo si las canciones no son de Julio Iglesias. Como yo no quiero vivir demasiado no canto ni bailo. La última vez que canté, hace ya un montón de años, la policía me multó con cien mil de las antiguas pesetas y mi último baile todavía es recordado en mi pueblo con horror y estupefacción por los más antiguos del lugar. En vez de entonar cualquier cancioncilla con voz quejumbrosa y mover el esqueleto de una forma que solo las cigalas epilépticas pueden hacer, prefiero gastar el tiempo acicalando los pelos de las axilas, pues es algo que poca gente en su sano juicio se atreve a intentar y como ya sabes mi originalidad es mítica.

Antes de acabar este inteligente mail me hubiera gustado explicarte las tres sutiles diferencias existentes entre cantar el «Cara al sol» con el brazo extendido o preparar una crema de supositorios de glicerina, pero como la vejiga me empieza a avisar de que quiere vaciar o cantar otro éxito de los sesenta, pospongo la demostración para otro día.

Dry kisses

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Email del 5 de Noviembre 2011

Hieronymus Bosch, «The Extraction of the Stone of Madness» (1488-1516)

Hola querida:

Los neuróticos profesionales tenemos un dicho: «más vale neura en la cabeza que esquizofrenia en la bragueta» (esta es la versión masculina, pues como te habrás dado cuenta soy hombre). Además de testosterónico es un dicho bastante machista, pero no olvides que los trastornos sensoriales distinguen claramente entre el cerebro y el pene, aunque algunos enfermos los sitúen en el mismo lugar. Pero no quería hablarte de penes, pues me imagino que aún no habrás desayunado, sino de mi neurosis y cómo influye en los picores de mi espalda.

Todos poseemos una espalda, excepto Juan Fernández Martín, un teólogo jesuita afeminado que sufría de abetalipoproteinemia y que cierto día se encontró una en la acera y la adoptó hasta el final de sus días, provocando un verdadero cisma en su orden religiosa. Mi espalda es realmente perfecta y por un lado sujeta una maravillosa cabeza repleta de materia gris por medio del cuello y por la otra el trasero, augustamente torneado, respingón y durito. Si en lugar de ser un pobre homo sapiens fuera un cordero, la gente se referiría a ese lugar como espaldar o lomo, pero eso no importa demasiado, por lo menos a estas horas de la mañana.

Hasta el momento se pueden distinguir tres clases de espaldas humanas: curvada, recta e irregular, aunque algunos estudiosos prefieren dividirlas en desnudas, vestidas y con corsé. Las curvadas como su nombre indica, son más estilizadas y femeninas y suelen ser las más comestibles de las tres, sobre todo si se le añade una capa de crema con frambuesa; la recta sólo se da en los taberneros portugueses y la irregular en sujetos del calibre de las alcaldesas del PP y algunos repartidores de propaganda a domicilio.

Ya me he cansado de escribir sobre las espaldas, para algo debe servirme ser un neurótico depresivo, además no olvides que mi tatatatatatatatarabuelo era una especie de chimpancé y, como sabrás, estos simios se cansan pronto de sus juguetes. Ahora voy a transcribirte un poema que escribí anoche mientras repasaba las facturas impagadas del mes.

Tengo un trastorno somatomorfo
y aunque es claramente dismórfico
no me molesta a la hora de ponerme el pijama de lana.

Tengo un trastorno somatomorfo
y aunque es alucinatorio de subtipo somático
me hace parecer sexy delante de las acelgas.

Me importa un comino
si los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina
pueden ayudarme y llegar a convertirme en un ser sano y social.

Me importa un comino
si por medio de psicoterapia o por terapia cognitiva conductual
puedo volver a integrarme en la maldita sociedad.

Distorsión, distorsión
que caiga un chaparrón.

Bueno, como verás mi mente está totalmente lúcida y las preocupaciones de estos días han quedado atrás. Mentiría si te dijera que no me molesta llevar pegados a la espalda a estos dos psicólogos loqueros cargados de pañuelos que se desviven intentando secar mis nobles babas, pero no son más que parte del precio que hay que pagar por ser oriundo de Júpiter. Si después de este mail no quieres relacionarte conmigo, lo comprenderé perfectamente, pero dudo seriamente que encuentres otra gallina con más templanza y aplomo.

Besitos.

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Email del 3 de Noviembre 2011

Emil Robinson, «Underwear» (2008)

Hola cielo:

Estoy bajo los efectos de un ataque de insociabilidad y, como sabes, se presentan cada tres meses más o menos y suelen durar de diez a quince días. Aunque tú los defines como ataques neuróticos, yo creo que no tienen nada que ver; mi mente se llena de basura estultícica y cada cierto tiempo tiene que ser vaciada y restaurada por medio de la soledad más extrema y el mínimo contacto humano (no animal). Funciono así desde los cinco años y nunca he tenido ningún problema, eso sí, es indispensable mi retiro trimestral para que no aflore mi personalidad salvaje y gangsteril.

Durante estos periodos de soledad no suelo hacer nada más que fustigarme con el cilicio y lloriquear tumbado en el suelo, pero como te aprecio de una manera indescriptible he decidido seguir con los mails, aunque espaciados en el tiempo. Por algún motivo, mis retiros antisociales sacan algo de dentro de mí que, aunque no es malo del todo, a veces tiende a confundirme: el gamberrismo. He estado a punto de escribirte este mail en un calzoncillo y enviártelo por correo ordinario. Si al final no lo he hecho así ha sido porque me quedan pocas mudas limpias y porque no quiero perder un bóxer «Unno» por culpa de una travesura, pues estoy seguro de que no me lo devolverías una vez leído. ¡Cuántas veces me has gritado que andas corta de trapos para quitar el polvo!

Ayer, apretándomelo fuertemente a la espalda me cargué mi cilicio más preciado. Perteneció a un santo de tercera llamado Gervasio Montfragues que vivió en el siglo XVII y lo adquirí en una subasta del Opus Dei hace unos 15 años. Espero poder arreglarlo esta tarde, pues lo tengo en gran aprecio y no podría seguir viviendo sin tenerlo clavado en alguna parte del cuerpo los días de penitencia y de fobia social. Hoy me mortificaré con el látigo de seis puntas remachadas y mañana introduciré la cabeza en un inodoro público.

Espero estar completamente restablecido para el próximo martes día 8 cuando den las 09’32’07 AM exactamente, con fuerzas para aguantar a los imbéciles y sus fechorías en este planeta durante otros tres meses. Comprendo que ser amiga mía debe resultar duro, pero yo jamás quise reencarnarme. Era totalmente feliz siendo un fásmido y recorriendo las ramas de los arboles buscando las hojas más tiernas.

Besos

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Email del 1 de Noviembre 2011

 Andre Petersson, «Eastern novel» (2010)

Hola:

Hace un par de días que no te escribo, pero tengo un buen motivo. El sábado, mientras intentaba apretar con los brazos los desperdicios de la basura para que cupieran unos cuantos más sin tener que utilizar otra bolsa, me fracturé la mano derecha y no sabes lo complicado que resulta teclear con la nariz. Además, a esta desgracia, puedes sumarle que estoy dejando de fumar por decimotercera vez en lo que va de año y me encuentro sensiblemente tenso e increíblemente vacío intelectualmente, por lo tanto éste y los siguientes mails serán cortos y sobre todo, sencillos e inocuos.

Al mismo tiempo que intento alejarme del completamente idiota y caro vicio del tabaco, voy a tratar de corregir algunas cosas en mi forma de ser que no acaban de convencerme, como por ejemplo, la manía de mover el hígado cuando alguien cuenta un chiste malo. Estoy convencido de que no existe nada más importante en la vida de un ser humano o en la de un víbora asiática de Russell que la auto-corrección de los defectos, sean éstos alabados o repudiados por el resto de congéneres. Envejecemos para aprender y aprender implica ensayo, rectificación y cambio y no como algunos creen, barriga, pensión y tacatac.

Querida, como te he explicado en las primeras líneas de este texto, tecleo con la nariz y a veces, cuando fallo, con una ceja, con lo cual no sólo se hace eterno escribirte, sino que como voy tan sumamente lento, tiendo a olvidarme de lo que quería expresarte. Eso sin contar el estado en que está quedando mi súper silencioso, confiable y rápido teclado Logitech Wave, lleno de mocos, saliva y pelos.

Besos

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