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| Emil Robinson, «Underwear» (2008) |
Hola cielo:
Estoy bajo los efectos de un ataque de insociabilidad y, como sabes, se presentan cada tres meses más o menos y suelen durar de diez a quince días. Aunque tú los defines como ataques neuróticos, yo creo que no tienen nada que ver; mi mente se llena de basura estultícica y cada cierto tiempo tiene que ser vaciada y restaurada por medio de la soledad más extrema y el mínimo contacto humano (no animal). Funciono así desde los cinco años y nunca he tenido ningún problema, eso sí, es indispensable mi retiro trimestral para que no aflore mi personalidad salvaje y gangsteril.
Durante estos periodos de soledad no suelo hacer nada más que fustigarme con el cilicio y lloriquear tumbado en el suelo, pero como te aprecio de una manera indescriptible he decidido seguir con los mails, aunque espaciados en el tiempo. Por algún motivo, mis retiros antisociales sacan algo de dentro de mí que, aunque no es malo del todo, a veces tiende a confundirme: el gamberrismo. He estado a punto de escribirte este mail en un calzoncillo y enviártelo por correo ordinario. Si al final no lo he hecho así ha sido porque me quedan pocas mudas limpias y porque no quiero perder un bóxer «Unno» por culpa de una travesura, pues estoy seguro de que no me lo devolverías una vez leído. ¡Cuántas veces me has gritado que andas corta de trapos para quitar el polvo!
Ayer, apretándomelo fuertemente a la espalda me cargué mi cilicio más preciado. Perteneció a un santo de tercera llamado Gervasio Montfragues que vivió en el siglo XVII y lo adquirí en una subasta del Opus Dei hace unos 15 años. Espero poder arreglarlo esta tarde, pues lo tengo en gran aprecio y no podría seguir viviendo sin tenerlo clavado en alguna parte del cuerpo los días de penitencia y de fobia social. Hoy me mortificaré con el látigo de seis puntas remachadas y mañana introduciré la cabeza en un inodoro público.
Espero estar completamente restablecido para el próximo martes día 8 cuando den las 09’32’07 AM exactamente, con fuerzas para aguantar a los imbéciles y sus fechorías en este planeta durante otros tres meses. Comprendo que ser amiga mía debe resultar duro, pero yo jamás quise reencarnarme. Era totalmente feliz siendo un fásmido y recorriendo las ramas de los arboles buscando las hojas más tiernas.
Besos
