Email del 5 de Noviembre 2011

Hieronymus Bosch, «The Extraction of the Stone of Madness» (1488-1516)

Hola querida:

Los neuróticos profesionales tenemos un dicho: «más vale neura en la cabeza que esquizofrenia en la bragueta» (esta es la versión masculina, pues como te habrás dado cuenta soy hombre). Además de testosterónico es un dicho bastante machista, pero no olvides que los trastornos sensoriales distinguen claramente entre el cerebro y el pene, aunque algunos enfermos los sitúen en el mismo lugar. Pero no quería hablarte de penes, pues me imagino que aún no habrás desayunado, sino de mi neurosis y cómo influye en los picores de mi espalda.

Todos poseemos una espalda, excepto Juan Fernández Martín, un teólogo jesuita afeminado que sufría de abetalipoproteinemia y que cierto día se encontró una en la acera y la adoptó hasta el final de sus días, provocando un verdadero cisma en su orden religiosa. Mi espalda es realmente perfecta y por un lado sujeta una maravillosa cabeza repleta de materia gris por medio del cuello y por la otra el trasero, augustamente torneado, respingón y durito. Si en lugar de ser un pobre homo sapiens fuera un cordero, la gente se referiría a ese lugar como espaldar o lomo, pero eso no importa demasiado, por lo menos a estas horas de la mañana.

Hasta el momento se pueden distinguir tres clases de espaldas humanas: curvada, recta e irregular, aunque algunos estudiosos prefieren dividirlas en desnudas, vestidas y con corsé. Las curvadas como su nombre indica, son más estilizadas y femeninas y suelen ser las más comestibles de las tres, sobre todo si se le añade una capa de crema con frambuesa; la recta sólo se da en los taberneros portugueses y la irregular en sujetos del calibre de las alcaldesas del PP y algunos repartidores de propaganda a domicilio.

Ya me he cansado de escribir sobre las espaldas, para algo debe servirme ser un neurótico depresivo, además no olvides que mi tatatatatatatatarabuelo era una especie de chimpancé y, como sabrás, estos simios se cansan pronto de sus juguetes. Ahora voy a transcribirte un poema que escribí anoche mientras repasaba las facturas impagadas del mes.

Tengo un trastorno somatomorfo
y aunque es claramente dismórfico
no me molesta a la hora de ponerme el pijama de lana.

Tengo un trastorno somatomorfo
y aunque es alucinatorio de subtipo somático
me hace parecer sexy delante de las acelgas.

Me importa un comino
si los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina
pueden ayudarme y llegar a convertirme en un ser sano y social.

Me importa un comino
si por medio de psicoterapia o por terapia cognitiva conductual
puedo volver a integrarme en la maldita sociedad.

Distorsión, distorsión
que caiga un chaparrón.

Bueno, como verás mi mente está totalmente lúcida y las preocupaciones de estos días han quedado atrás. Mentiría si te dijera que no me molesta llevar pegados a la espalda a estos dos psicólogos loqueros cargados de pañuelos que se desviven intentando secar mis nobles babas, pero no son más que parte del precio que hay que pagar por ser oriundo de Júpiter. Si después de este mail no quieres relacionarte conmigo, lo comprenderé perfectamente, pero dudo seriamente que encuentres otra gallina con más templanza y aplomo.

Besitos.