Segundo email del 5 de Noviembre 2011

Degas, «Chanteuse au gant» (1878)

Hey:

Algunas partes de mi cuerpo se encuentran revolucionadas, sobre todo las que sirven para algo. Te cuento: esta mañana he ido a orinar (todos lo hacemos, excepto José María Aznar) y por mi pene en lugar de salir ese líquido acuoso transparente y amarillento secretado por los riñones ha salido una canción. Al principio me he sentido incomodo, pues no es normal que la uretra cante «Un rayo de sol», pero al cabo de las dos primeras estrofas, me he tranquilizado e incluso he hecho los coros. Desconozco que es lo que habrá pasado con la orina, pero después de entonar la canción mi vejiga se ha sentido reconfortada. ¡Cuesta tan poco complacer a los depósitos musculares membranosos!

Cualquier persona con dos dedos de frente (excepto la criatura llamada Frankenstein) podrá asegurar que cantar y bailar alarga la vida, sobre todo si las canciones no son de Julio Iglesias. Como yo no quiero vivir demasiado no canto ni bailo. La última vez que canté, hace ya un montón de años, la policía me multó con cien mil de las antiguas pesetas y mi último baile todavía es recordado en mi pueblo con horror y estupefacción por los más antiguos del lugar. En vez de entonar cualquier cancioncilla con voz quejumbrosa y mover el esqueleto de una forma que solo las cigalas epilépticas pueden hacer, prefiero gastar el tiempo acicalando los pelos de las axilas, pues es algo que poca gente en su sano juicio se atreve a intentar y como ya sabes mi originalidad es mítica.

Antes de acabar este inteligente mail me hubiera gustado explicarte las tres sutiles diferencias existentes entre cantar el «Cara al sol» con el brazo extendido o preparar una crema de supositorios de glicerina, pero como la vejiga me empieza a avisar de que quiere vaciar o cantar otro éxito de los sesenta, pospongo la demostración para otro día.

Dry kisses