Hola otra vez:
Llevo media mañana buscando el zapato del pie izquierdo pero no logro encontrarlo. Ayer los dejé a los dos juntitos debajo de mi cama, como siempre, y esta mañana sólo he podido encontrar uno. He tenido que ir a echar la primitiva saltando a la pata coja y por el camino un renco me ha insultado por intrusismo. ¡Es increíble! ¿Habrá entrado un ladrón a robar mientras dormía y viendo que no había nada de valor ha optado por llevarse un zapato, quizá para usarlo de cenicero? Una cosa está clara, el calzado no tiene vida biológica y mucho menos capacidad para jugar al escondite, además hasta donde yo sé es incapaz de desmaterializarse sin la ayuda de un desmaterializador de rayos Gamma, y estos, de momento, sólo se fabrican y comercializan en Urano. Podría sacarle partido a esta alucinante historia escribiendo un cuento que se titulara «El misterio del zapato italiano de marca desaparecido», «The shoe is missing» si lo quiero publicar exclusivamente para los lectores angloparlantes o «Wangu wa kushoto kiatu» si lo quiero publicar en Zimbabue, Uganda, Mozambique, Congo, Ruanda, Burundi, Somalia, Tanzania y Kenia.
Te preguntarás la razón por la cual un vulgar zapato me saca de mis casillas, pero si te digo que lo compré (junto a su compañero que aún no me ha abandonado) en El corte inglés y que me costaron 134 euros y un ataque de pánico, pues el vendedor era disléxico mental, quizá te respondas a ti misma. De momento ignoro cómo voy a salir a la calle esta tarde, a no ser que me ponga las pantuflas y encadene la vergüenza a la bajante del fregadero. Tengo más pares, desde luego, pero están tan pasados de moda que si me atreviese a usarlos podría ser deportado a la Favela da Antiga Fazenda Botafogo en Río de Janeiro.
Lo que más me altera de esta situación kafkiana es pensar que el zapato que falta era mi preferido del par. A él le daba los mimitos que le negaba al otro; con él usaba plantilla de devor-olor cada dos meses, mientras que con su colega nunca utilicé ni una de cuero de fabricación casera. En el fondo estoy totalmente convencido de que algún día volverá arrastrándose e implorando el perdón cual zapato pródigo, pero entonces yo lo rechazaré con actitud firme mientras acaricio y estimulo a un calzador de plástico.
Te cuento todo esto para que no malcries a tus botas de cremallera con tacón grueso.
Un abrazo
Nota: Email patrocinado por el gremio de zapateros españoles.
