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| Dan Wiz, «Lotus lounge» (2010) |
Querida:
Llevo varios días canturreando para mis adentros el tema principal de la serie de dibujos animados «David el gnomo»; por alguna razón no puedo quitármela de la cabeza. Ya sabes, esa que decía: «Soy un gnomoooooo». Si esto sigue así tendré que hacerme visitar por un especialista en desordenes de la memoria. Incluso en la ducha no he dejado de cantarla, aunque como no me sé la letra la he ido inventando «al vuelo». Cuando la estrenaron en tv yo tendría unos veinte años, así que desconozco la razón de semejante déjà vu. Es posible que añore esa época libre de ataduras morales o emocionales, en las que lo único que realmente me importaba era arrancar bragas con la boca y donde los verdaderos problemas estribaban en la forma de disimular una borrachera cuando llegaba a casa.
No te voy a contar cómo arrancaba las prendas interiores a mordiscos, ni la cara de satisfacción que ponían sus propietarias cuando eso sucedía, pero sí algunas historias sobre mis cogorzas más representativas. Recuerdo un día…..Recuerdo que debido a la curda fenomenal que arrastraba, perdí los dos tacones de las botas camperas, que entonces estaban muy de moda. Imagínate la película que tuve que inventar para tratar de convencer a mi madre de que la causa fue una caída estúpida mientras bailaba una danza cosaca subido en una mesa. Otra vez, igualmente borracho en Begís, el pueblo de mis antepasados, entré medio zombi en la habitación de mis padres y oriné en el armario de la ropa mientras ellos dormían. Al día siguiente le eché las culpas al perro, que fue castigado sin miramientos a dormir atado durante el resto del verano. «Orson» -así lo llamabamos- jamás me lo perdonó y lo demostró devorando mi colección de medicamentos antidiarreicos: a partir de entonces, nadie de la familia volvió a verlo defecar.
En una pequeña aldea situada a dos kilómetros escasos del pueblo, vivía un anciano catalán que destilaba absentas y orujos con una graduación alcohólica que rozaba los noventa grados. Allí cogí una de las melopeas más salvajes que puedo recordar. Todo empezó con una apuesta tonta entre amigos, pero acabó con tres hospitalizaciones por intoxicación etílica comatosa y un servidor discutiendo acaloradamente con un almendro sobre anfibologías polisémicas. El único que no acabó totalmente ebrio se fue llorando a su casa y convenció a su familia sobre la utilidad de cambiar de lugar de residencia.
Está claro que fueron tiempos mejores, aunque no me cambiaría por entonces. Particularmente me siento a gusto con mi edad, mi cuerpo y mi cerebro, aunque echo de menos la abundancia de sonrisas. Lo que no me gusta tanto es la forma en la que una gran cantidad de conocidos envejece; y no lo digo por las arrugas o el diámetro de sus barrigas, sino porque sus mentes están agotadas y enfermas. ¡Vivir puede ser peligroso!
La mayor parte de mis amigos íntimos murieron hace bastantes años; en su día no asistí a sus funerales, pero les lloré en la soledad inmensa de mis recuerdos. A veces, incluso me atrevo a desempolvar el álbum de fotos y advierto que sus figuras ya no están en el lugar que ocupaban; una mancha blanca y borrosa las sustituye pero, sinceramente, no creo que a ellos les importe en absoluto.
Besos (desde la inutilidad absurda del pasado golpeando…)
