Email del 18 de mayo 2021

 

Vincent van Gogh. People walking (1890)

Sus rostros parecían rotos. Caminaban como dominados por una especie de impulso errático. De repente uno de ellos se detuvo frente a un agujero antiguo y trató de ojear lo que había al otro lado, pero el codo de alguien que venía detrás se lo impidió. Caminaron por el perímetro de la estancia tres veces y se detuvieron cuatro veces. Estaba claro que algo no tenía sentido. Decidieron continuar la marcha, pero esta vez arrastrándose en diagonal. Cuando finalizaron el recorrido, se sentaron en el suelo y se dieron palmaditas en las espaldas los unos a los otros. Mientras trataban de disimular su satisfacción escucharon un sonido extraordinariamente fascinante: el tipo que intentó mirar por el agujero se había levantado con un grácil movimiento paranoico-extraterrestre-sensorial y se había acercado nuevamente al orificio. Deslizó uno de sus ojos de la forma en que lo haría un caracol con su antena y lo que vio le dejó patidifuso. 

—Es… es como… ¡esperad! Sí. ¡Ya lo tengo! Estoy seguro de que se trata de un congreso de chaperos. El chapero mayor está dando un discurso. Es deslumbrante lo que está diciendo, aunque no lo oigo. Pero creo que debe ser asombroso. Estoy completamente seguro.

Pero a nadie le pareció sugestivo que un prostituto se dirigiera al resto de colegas y siguieron enmascarando sus gozos y complacencias como si no existiera un final predestinado. Media hora más tarde se levantaron, seguramente obedeciendo una arcaica ley propia y retomaron el paseo, aunque ahora parecía más un trote. Cuando pasaron al lado del tipo que todavía seguía husmeando por el agujero se vieron obligados a variar el paso un metro hacia la izquierda para no chocar con él.

—Ahora el chapero mayor ha presentado al resto a su sucesor. ¡Creo! ¡Sí! ¡Exacto! Todos aplauden. El beneficiario se ha puesto a llorar de la emoción. 

El grupo continuó con su circulación hasta que decidieron finalizarlo a mitad de la quinta vuelta. Como dotado por un resorte electromagnético, el fisgón resolvió que ya había tenido bastante, se sentó junto a sus compañeros y comenzó su ritual diario de autosarcofagia un par de minutos antes que el resto.