Email del 28 de noviembre 2012

Mark Rothko, Untitled black, 1952

Querida:

Me siento como un adicto parapléjico al que han de inyectar su dosis diaria. A veces pienso que estoy perdiendo un tiempo precioso tratando de decodificar el lenguaje secreto de mis intenciones, que se presentan como icebergs flotando en una misma trayectoria de colisión. Por más que me arrastro, siempre me encuentro en el mismo lugar. La fuerza inercial que predetermina el movimiento en función del tiempo ha logrado paralizar por completo cada una de las partículas formadas por átomos de la masa que forma mi cuerpo. Debería tratar de optimizar esa especie de reacción redox que influye en mis deseos de desterrar para siempre el letargo inducido por la afluenza, el mal humor, la tristeza o el aburrimiento.

Dicen que siempre hay un momento reflexivo que precede a intentar un cambio, pero la transición es un proceso subjetivo que se me antoja irreal, abstracto, repleto de brumas indefinidas que ocultan el desorden disociativo y la despersonalización de mi identidad, cada vez más trastornada por la falta de sueño, el estrés y la ansiedad. Ni siquiera la fantasía convulsiva como respuesta psicológica a tantos años de traumas existenciales y procrastinación crónica ha logrado trasmitirme la fuerza que se necesita para comprender que el dialelo en el que me encuentro sumido sólo es un estado de percepción adquirido como solución a mi inusual aversión social.

Es posible que una psicoterapia perceptiva como la Anatheóresis pudiera ayudarme a relativizar los procesos emocionales que procrean y desarrollan algunas de mis más «preciadas» enfermedades somáticas; no obstante y después de tantos años sometido a las continuas eventualidades de mis desordenes psicosociológicos, me encuentro en una disyunción ilógica que carece de sentido práctico en relación a mi extrema falta de perspectivas futuras.

Besos y abrazos.