Email del 26 de noviembre 2012

Craig La Rotonda, Monkey gone to heaven

Hola:

Estos son algunos de mis últimos desvaríos filosóficos. Tengo muchos más, pero los guardo para mis herederos. Es lo único que puedo legarles, si exceptuamos ese montón de facturas devueltas por el banco que se amontonan encima de mi escritorio y que cubren por completo el teclado de mi ordenador. Algunas veces las uso como servilleta o pañuelo o incluso papel higiénico, pero la mayor parte de las veces me limito a mirarlas con una expresión de asco que está acabando por deformarme la cara, y lo que es peor, invalidando fisiológica y conductualmente mi sistema inmunológico y emocional.

El lloriqueo es el principal motor de la expresión humana. En el hemisferio norte del planeta, el más rico, los individuos lloran por costumbre y, sobre todo, porque nunca tienen suficiente, mientras que en el opuesto, el más miserable y pobre, lo hacen porqué siempre tienen poco y ya no esperan nada. Tanto los unos como los otros saben que no tienen futuro; la diferencia fundamental estriba en que los avasallados gimen por derecho y los desagraviados por obligación.

Si el ser humano es un ente racional y coherente, ¿cómo es que casi 1000 millones usan a diario Facebook?

La religión católica, es un establecimiento donde se despachan billetes para comprar una porción de cielo. En sus instalaciones disponen de herramientas celestiales que lavan, planchan, desinfectan, repasan y purifican el papel moneda entregado por los fieles y devotos a cambio de la salvación de sus almas. Poco importa la procedencia de ese dinero, sólo la cantidad y la ausencia total de preguntas.

De entre todos los hábitos que emponzoñan a la humanidad hay uno que destaca por la rapidez con que es aprobado: la estupidez. El imbécil, una vez contraído el virus, ya no puede volver a razonar a voluntad, y a su vez lo contagia a los que le rodean en el preciso momento en que se atreve a abrir la boca.

La  muerte es no es un mal, es una solución práctica y coherente.

El egoísmo es el escape por el que nos sentimos poderosos. Mientras deseamos nos imposibilitamos como seres superiores. Las plantas, los animales y las piedras carecen de ambiciones, por ese motivo perdurarán incluso cuando las vísceras ensangrentadas del último de nosotros se pudran bajo la inconsistencia de la razón.

La música es uno de los pocos placeres que nos abstrae de la idea del suicidio. Gracias a esa reunión organizada de notas, silencios y compases, la civilización ha sobrevivido a sus miserias. Pero como sucede con otras formas de arte, la decadencia y la falta de talento está hundiéndola en un pozo del que no hay forma de escapar. Cuando el último de los verdaderos compositores creé su postrera obra maestra, la vulgaridad nos aprisionará entre sus tentáculos y perderemos una de las pocas justificaciones para continuar existiendo.

Si Dios existe, yo no quiero deberle nada.

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