Segundo email del 21 de noviembre 2012

Alan McDonald, The ghost of saturday night. 2007

Soy yo, otra vez:

Estoy escribiendo un texto bastante extenso sobre las excusas al que he titulado «Completo tratado acerca de los subterfugios y cómo molestan cuando no los metemos en un bolsillo». Jamás olvidaré la que utilizó cierta amiga cuando la invité a yacer conmigo en la cama: -No soporto la horizontalidad, querido- ¿No crees que es sublime, dentro de su concepción forzada? Inventarse excusas que funcionen es un arte comparable a la pintura, el teatro o el descuartizamiento. Personalmente, sólo las utilizo cuando necesito ir al lavabo y me da vergüenza que la gente se entere de que tengo funciones corporales que aliviar, por eso, la mayor parte de las veces prefiero decir que voy a lavarme las manos. El problema estriba en que como mi próstata está vieja y desgastada y me obliga a ir al cuarto de baño muy a menudo, los amigos suponen que soy extremadamente limpio y por eso en mi cumpleaños me regalan jabones con clavo y aroma de canela y cremas dermatológicas para manos con piel sensible en lugar de Mercedes o Volvos.

Recuerdo una excusa que marcó un antes y un después en mi vida. Su autor fue un fontanero gordo y de aspecto pringoso que estaba cambiándome la instalación del gas. Cuando le supliqué que me hiciera un descuento, el tipo me contestó que las matemáticas no eran su fuerte, así que tragué saliva y empecé a hablar sobre Tales de Mileto y su maravillosa «Astrología náutica» hasta que su bostezo engulló el aire de la cocina y yo tuve que salir al balcón a respirar.

Existen excusas que no sirven para nada, es decir, no cumplen el propósito para el que han sido diseñadas. Un ejemplo rápido sería cualquiera de las que de adolescentes dimos a nuestras madres con el propósito de disimular una brutal borrachera. Nadie que conserve el juicio podría creerse que el olor que despide tu boca y que mata a las plantas y las moscas que están cerca se debe a una ingestión descontrolada de ajo. Y menos si corroboras dicha estupidez con el mito de que la casa está repleta de vampiros sedientos de sangre y que el ajo te protege. Desde luego, tampoco ayuda demasiado que mientras cuentas esas gilipolleces no puedas mantener el equilibrio si no es apoyándote en la cabeza de tu abuela materna que, espantada, intenta tranquilizar a su hija.

Algunas de las mejores excusas que he tenido el placer de escuchar han sido diseñadas por ex amantes. Un número muy elevado de estas rayaban la demencia y sólo serían creíbles si el receptor fuera una castaña asada. Pero por algún motivo inexplicable yo hacía como que me las creía mientras mi cerebro pensaba en las curvas de la vecina nepalí que convivía con ocho tipejos tatuados y que siempre estaba tendiendo calzoncillos.

Hasta el momento, nadie ha inventado un medicamento que cure a la gente que las utiliza. Una tía mía que era ganadera y que murió mientras se secaba el pelo con el aliento de una vaca, tenía su propia receta: escupir en el ojo del evasor y, mientras este se limpia, tratar de robarle la cartera, y si es mujer, los Tampax…

Un abrazo.