Email del 11 de febrero 2013

Michael Sowa, Sharks of suburbia

Querida:

Estoy escribiendo un cuento que se titula «Tengo unas piernas muy bonitas» que trata sobre un gavial de la India, ya sabes, esa especie de cocodrilo con el morro en forma de barra de pan de cuarto, que para combatir la soledad que experimenta en el río Brahmaputra se suicida tragándose a sí mismo. El título no tiene nada que ver con los hechos que se desarrollan en el argumento, pero estoy seguro que desconcertará a los posibles lectores. Hoy en día si quieres vender más de tres ejemplares tienes que ser inteligente y llenar cada una de las páginas con sexo gratuito y violencia húmeda o buscar un buen título rompedor. Al principio dudé entre el escogido y «Mis glúteos me pertenecen porque son míos», pero después de meditarlo durante unos minutos, y mientras me preparaba un ajo-aceite sin ajo ni aceite, me decidí por el primero. Lo he releído varias veces y estoy seguro de que es de lo mejor que he escrito en años, pero me preocupa su longitud, pues sólo ocupa dos líneas y media y no es suficiente para llenar ni siquiera una página. Claro que podría romper la hoja por la mitad y obligar a los editores a que lo comercializaran de esta manera junto al resto de relatos que lo acompañan. No me negarás que como truco publicitario es bastante bueno. A nadie se le ha ocurrido nunca vender la mitad superior de un libro de cuentos. Incluso podríamos llegar más lejos todavía y no vender nada por algo de dinero. El mundo está repleto de papanatas con un CI que ni siquiera alcanza los 70 y creo que serían unas víctimas perfectas. Pero antes tendría que mentalizarme. Exceptuando una vez que cambié un chicle masticado por un BMW de color rojo, nunca he intentado timar a nadie y no estoy muy seguro de cómo reaccionaría mi bondad natural. Pero esta vida es bastante dura y sólo viven bien los que desalojan los buenos sentimientos de su corazón ablandado. Si tengo que convertirme en una especie de piedra sin conciencia para poder seguir comprando croissants y pagar con cierta regularidad a mis acreedores, lo haré sin que me tiemble el pulso. Al fin y al cabo los malos siempre sobreviven, mientras que los buenos tienen que prostituir a sus mascotas para llegar a fin de mes.

Voy a ponerte unos cuantos ejemplos:

Marcial Coz Giménez (con G) secuestró un pato con alzheimer en 1978 y pidió un rescate que lo sacó para siempre de la vida delictiva y la pobreza. Años después, se nombró a sí mismo Emperador y escribió sus memorias sobre un queso gruyere.

Vicente Perneras Jiménez (con J) le pegó tal paliza a su pantalón vaquero que este tuvo que ser hospitalizado con desgarros múltiples en un hospital de confección. Los hechos sucedieron en la primavera de 1977, pero para el verano de 1999 ya era asquerosamente rico. Las malas lenguas dicen que se forró chantajeando a la camiseta de poliéster de su amante masculino, pero estos hechos todavía no están comprobados.

Estefanía Sumacárcel Himen era una monja perteneciente a la orden de las Clarisas en pantuflas, pero se sentía tan sucia debido a su segundo apellido que un día soleado de abril de 1965 decidió asesinar a 25 tartamudos. Cuando todavía estaba degollando al tartaja número 22 perdió la cuenta y volvió a comenzar con su macabro jueguecito. Cuando llegó la noche había descuartizado a 64 infelices disfémicos. Varias semanas más tarde fue detenida y juzgada, pero para que el asunto no fuera del dominio público y estallara un escándalo, el alto clero la envió a la tumba con todos los gastos pagados de por vida.

Hugo Turbio Érice, alias «el sabadaba» roció con gasolina un campo de alcalchofas y arruinó a su propietario. Aunque existen varias versiones sobre lo que realmente sucedió. Una de ellas, la más pintoresca, sostiene que lo que realmente quemó fue al propietario del campo y él se casó con un kilo de alcachofas, tuvieron varios retoños que crecieron sanos y felices e incluso uno de ellos llegó a ser nombrado hijo pródigo en su pueblo.

Marcial Coz Alabarda fue el hijo del secuestrador de patos que encabeza esta lista que sirve de ejemplo. Como tenía fobia a los anseriformes, y sobre todo para seguir con la tradición familiar, se hizo secuestrador de churros y durante unos años sembró el terror en las churrerías de su localidad en Navidad.

El verdadero problema que implica volverse malvado de un día para otro radica en la indisponibilidad itinerante. No me preguntes qué es lo que he querido decir, porque lo desconozco, pero es una buena frase para despedirme de ti hasta mañana a la misma hora o hasta dentro de 24 horas. Lo que suceda primero.

Abrazos, besos, churros, patos y piernas bonitas.