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| Vasily Polenov, Left hand with the index finger (1885) |
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El 23 de febrero de 1989, Federico García Montes fue condenado por abusos deshonestos e intento de violación a un microondas con grill y condenado a 19 años de prisión, de los que sólo cumplió 20. Como su comportamiento fue ejemplar, a partir del tercer año de confinamiento se le permitió dormir con pijama y pronto fue ascendido de prisionero a director de celda. Durante todo este tiempo, su abogado, fallecido en 1978, intentó recurrir la sentencia con resultados negativos. Parece ser que a los jueces no les hace mucha gracia que un muerto se inmiscuya en sus sentencias. Por mucho que este adujera que su cliente sólo había introducido el pene en el electrodoméstico con el propósito de comprobar si el vaso de leche desnatada estaba caliente o simplemente tibio, el resultado siempre era el mismo: culpable. Y que el microondas tuviera una pequeña minusvalía electrónica no puso las cosas demasiado fáciles para que la condena fuera revocada.
Federico salió libre de la prisión el 19 de marzo del 2009. Algunos meses después coincidí con él en una tienda de electrodomésticos mientras trataba de adquirir otro microondas. Después de saludarnos efusivamente nos dirigimos a un bar donde, entre trago y trago de cerveza, me contó lo mal que lo había pasado en la cárcel. En un momento dado, mientras yo me rascaba una pierna, su teléfono sonó.
-¿Diga? Ah eres tú. Bueno a las seis me viene bien. Ajá. Vale, pues hasta la tarde-.
Cuando colgó el móvil me miró fijamente y me dijo:
-Era la proctóloga. Viene a verme a las 6.
-Caray qué lujo. Los médicos te visitan a domicilio ¿Estás malo?- pregunté.
-Que va tío. La proctóloga es una puta. La llamo así porque me gusta que me meta el dedo en el culo mientras leo una revista- me respondió sin demasiada emoción.
-Ah, entiendo. Es como una especie de sanadora rectal a sueldo ¿no?
-Bueno sí- respondió al mismo tiempo que se fijaba en el trasero de una chica que en esos instantes jugaba con la tragaperras. -¡Vaya culo! El proctólogo se pondría las botas.
Pasaron por lo menos siete u ocho meses hasta que volví a coincidir con él. Esta vez fue en una farmacia. Mientras esperábamos a que nos atendieran me cogió por las solapas de la cazadora y me llevó a un lado.
-Mi madre era uróloga y mi padre, su paciente. Ambos se enamoraron en la consulta y se casaron al año siguiente. Antes de morir, mi vieja me confesó que desde el día en que le practicó el primer examen rectal, jamás volvió a lavarse el dedo.
-Vaya, pues me alegro, chico- le contesté pasmado.
-Cuando murió, mi padre quiso que le amputaran ese dedo para quedárselo como reliquia pero las autoridades no se lo permitieron.
-Debió ser un gran golpe para tu viejo- inquirí.
-Sí, pero se sobrepuso pronto y se casó con Susana, la proctóloga.
