
Las cinco muertes de Sofronio González.
Muerte número 1 (Hinojos, Huelva. 1867)
Sofronio González Maestre murió pisoteado por cientos de miles de conejos durante una estampida producida por un provocador circunstancial. En aquella época anterior a la temible mixomatosis, los lagomorfos se multiplicaban a tal velocidad que era casi imposible no encontrarse con ellos en cualquier lugar y a cualquier hora. Remigio Osorio Rodríguez, maestro y cronista de la villa, escribió en su tratado Descripciones desesperantes que una tarde de verano contó más de 125000 conejos en menos de tres minutos mientras paseaba con su perro Zozo III. Años más tarde se descubrió que Remigio, que era de letras, solo sabía contar hasta el siete, y eso si se ayudaba con los dedos de las manos.
Muerte número 2 (Alboraya, Valencia. 1902)
Aunque le llamaban Sofro, su verdadero nombre era Sofronio González Todolí y nació en Alboraya, el conocido pueblo levantino famoso por su relación chufera-horchatera-fartonera. Aunque Sofro jamás salió en toda su vida de Valencia, murió en la ciudad noruega de Trondheim. Desde entonces los eruditos tanatológicos más importantes de España y Noruega intentar llegar a una conclusión acerca de cómo alguien puede morir a 3500 kilómetros de distancia sin darse cuenta. Para Iverson Abels Stubberud, tanatopractor, tanatopráxico y tanatofilósofo, residente en Tanato-Nordmarka, el hecho de que Sofronio muriera en su precioso país no implica que lo llegara a visitar. Sin embargo el ajero profesional y erudito a tiempo parcial, Cástulo Pruñonosa Cedeño, resumió en una entrevista concedida en 1925 al madrileño, y ya desaparecido, periódico Diario Carpetovetónico Universal que…
«¿Cómo se puede morir en un país que nunca se ha visitado? Es imposible. Biológica y somáticamente imposible. Aunque en realidad no es algo que me preocupe lo más mínimo. Actualmente solo creo en el Allium sativum y sus innumerables variedades. ¿Sabe usted que los ajos tienen sentimientos? Algunos incluso son capaces de eyacular, pero por supuesto, si son acariciados de la manera correcta y durante un lapso de tiempo prudente».
Muerte número 3 (Ávila. 1927)
Sofronio González Alonso, más conocido con el nombre artístico de Onio de Pimpamponio, fue un extraordinario escritor abulense conocido principalmente por su Bilogía para Marcela, compuesta por ¿Quieres una sandía cuadrada, Marcela? y ¿Te pelo la sandía cuadrada, Marcela? Curiosamente Onio de Pimpamponio escribió la segunda parte antes que la primera, para ser exactos con 13 años de diferencia, lo que sumió a un número considerable de lectores en una confusión tensa y desbordante. Aunque en el certificado de defunción puede leerse muy claramente, sobre todo con la ayuda de unos lentes progresivos, que Sofronio murió debido a un súbito cólico hemorroidal, algunos de sus lectores sostienen que el fallecimiento del escritor se debió a que uno de sus testículos retráctiles o en ascensor, ascendió tanto que se le salió por un ojo (algunos dicen que por una oreja), lo que obviamente le produjo una hemorragia masiva de la que no pudo reponerse.
Muerte número 4 (Madrid. 1936)
Sofronio González Suárez nació en plena guerra civil y murió en plena guerra civil. Todo lo que hizo en su cortísima existencia, lo hizo en plena guerra civil. Su madre Macarena Suárez se dejó bajar las bragas repetidamente en plena guerra civil para poder alimentar a su retoño, pues su marido y padre de Sofronio, José González, se suicidó al comienzo de la guerra civil. Cuando terminó la guerra civil, Macarena tuvo otro hijo con un tal Pepe González, banderillero de prisioneros comunistas durante la guerra civil e hilvanador profesional en la posguerra, al que bautizó como Sofonisbo González, individuo que cuando creció llegó a ser conocido comarcalmente como uno de los mejores castradores de pollos de la capital del país y como el abuelo de Sofronio Gonzalez Suárez II, el líder de la revuelta de los suspensorios ocurrida en 1999 que dejó las calles madrileñas cubiertas de bandas elásticas tronchadas y coquillas descompuestas.
Muerte número 5 (Barrio de Benimaclet, Valencia. 1987)
Siempre fue incapaz de pronunciar correctamente su propio nombre, así que cuando se presentaba ante alguien lo hacía como Frosonio González. Sin embargo se escandalizaba cuando nosotros, sus amigos, lo llamábamos de la misma forma. Sofronio era un tipo encantador, aunque un poco extravagante, por eso se encontraba como pez en el agua en Benimaclet, la California levantina, donde estar un poco loco le garantizaba una legión de seguidores. El problema es que esa misma legión de seguidores era seguida por otras legiones de seguidores que seguían a otros colgados, con lo cual al final todos se seguían a sí mismos. Un día en que yo seguía a una tía despampanante, me di cuenta de que esa tía seguía a un muchachote fornido como un megaterio que a su vez perseguía a una cuarentona espectacular que no seguía a nadie. Y no seguía a nadie porque en esos instantes estaba conversando con Sofronio González. Cuando Frosonio se despidió, la cuarentona espectacular decidió seguir a Sofronio sin que este se diera cuenta, mientras era seguida por el megaterio y su perseguidora, la tía buena. Por supuesto detrás de esa tía buena estaba yo, persiguiéndola mientras contemplaba sus nalgas tapizadas con tela vaquera. En un momento dado, reparé en que una anciana arrugadísima pero tan ágil y dinámica como una gacela de Grant me seguía a mí con potenciales ánimos libidinosos, así que decidí dejar de perseguir a la tipa del culito e intentar despistar a mi hostigadora. Al fin, cuando lo conseguí decidí seguir a la primera mujer que se cruzara en mi camino, que por una de esas casualidades cósmicas de la existencia no fue otra que la madre de Sofronio, doña Lavinia Mistral. La seguí durante algunos kilómetros mientras al mismo tiempo me aseguraba de que no me persiguiera nadie. Al final me entraron ganas de hacer de vientre y decidí dejar de seguirla y me dirigí a un aseo público. Cuando entré en el recinto observé que alguien salía, así que me aparté para dejarle que saliera primero. Resultó que la persona que salía era Sofronio, que me estrechó alegremente la mano, aunque se molestó cuando le pregunté si se la había lavado después de… ejem… bueno después de hacer lo que se supone que hizo. Al salir del evacuatorio barrial me senté en un banquito de madera a contemplar como los unos seguían a los otros. No habrían transcurrido ni dos horas cuando se acercó y se sentó junto a mí Perico Sánchez, quien me contó que Sofronio acababa de morir. Yo le contesté que había estado con él un rato antes pero Perico me dijo que sí, que él también, pero que Tiburcia Gálvez se lo había contado hacía diez minutos. Cuando terminó de contarme lo que sabía, ambos nos pusimos a llorar como niños, enseguida nos secamos las lágrimas y continuamos persiguiendo a otros perseguidores, o seguidores, o acosadores o…