Email del 8 de noviembre 2010
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| William Etty. The three graces (1835) |
21 de febrero de 1999
A. S. R. de 24 años y vecino de Valladolid, harto de pleitear con los médicos que olvidaron una lavadora-centrifugadora marca Aspes en el interior de su esófago, se hace del Hare Krisna, aunque pronto es repudiado por la congregación debido a su absoluta incapacidad para entonar cánticos pseudosreligiosos en el hall del aeropuerto y sujetar el Bhagavad-gita al mismo tiempo.
11 de enero de 2003
Un descargador de muelles de Castellón que atiende por las iniciales de I. L. S. demanda a la SS, a los médicos y enfermeras que le operaron y a su frutero Rogelio García. Según reza en la denuncia, el olvido de un tupper de macarrones con champiñones y alcaparras en su testículo derecho le impidió durante meses llevar una correcta y satisfactoria vida sexual con su pareja. Hasta el momento, se desconoce la razón de la demanda contra Rogelio García.
Se calcula que el 64 % de los médicos y enfermeras han sido agredidos alguna vez. Si alguien a estas alturas se pregunta el motivo, es que no vive en este mundo. Y no voy a despotricar irónicamente contra este colectivo. Estoy seguro de que existen doctores y enfermeras que adoran su trabajo y viven sólo para él. Pero desgraciadamente, a una gran parte le importa bien poco salvar vidas. Lo único que quieren salvar a toda costa es su bolsillo y sus piscinas.
No hace mucho tuve un gran altercado con un dermatólogo que se puso borde al no querer atender un simple ruego mío. Aún recuerdo al bedel del centro de salud dando saltitos e intentando pegarme con una muleta totalmente desvencijada esperando, supongo, hacer méritos o simplemente quedar bien ante los enfermos que como ovejas esperaban el turno. Y yo sólo quería que me quemara una verruguita que me había salido en el cuello. Pero él, extraordinariamente indignado, me respondió que no era médico para eso y que por una tontería así no deseaba perder su valioso tiempo.
Un buen amigo mío me contó una vez que su medico de cabecera siempre le recetaba laxantes. Daba igual que tuviera jaqueca o mucosidad nasal, la receta era invariablemente la misma. Los lectores (si es que hay alguno) más mayores recordarán el famoso caso del odontólogo cantarín que, antes de tratar a sus pacientes y en posición algo afectada, canturreaba con buena voz y tono correcto “Los ejes de mi carreta”. Pero no quiero que nadie se haga un perfil erróneo acerca de mi persona, pues odio hasta un límite insospechado a la gente que generaliza. Como todas las profesiones, la médica tiene sus ovejas blancas y sus ovejas negras. El problema es que cuando en algunos casos la vida esta en juego, la suerte, más que la pericia sanitaria (y sí, digo sanitaria), acaba siendo el aliado más apetecible para la propia supervivencia.
Siguiendo la tónica de mi existencia, en la cual todo lo que no está demasiado destrozado acaba estropeándose, se ha roto la tv que era casi nueva. Antes de llevarla a reparar y tener que cruzar unas palabras y una estúpida sonrisa con un técnico humano, voy a intentar «colar» la reparación al seguro del hogar. Eso significa mentir. Mentir es el producto de ser mortal. Por lo tanto aún soy humano. Pero yo quiero ser animal. No quiero racionalizar, sólo intuir. Percibiendo, de alguna extraña manera venzo. Venciendo, puedo seguir muriendo. Sólo muriendo me entran ganas de vivir, aunque estas sean minúsculas y arriesgadas.Y por si todo lo anteriormente reseñado no fuera suficiente, ahora tengo que volver a tragarme, aunque sólo sean veinte segundos mientras hago zapping (en una mini tv que me ha dejado mi hermanito) al inefable y brutalmente martirizante retrasado mental llamado Karlos Arguiñano.
La primera vez que vi un programa de Arguiñano en la maravillosamente bien llamada «caja tonta», creí que me había sentado mal el agua mineral que acababa de beber. Me pareció raro, porque era Font Vella, pero no le di mas vueltas. Estoy hablando de hace unos 15 años; entonces yo tenía más pelo, era menos cínico y la presencia de ese señor sin talento y que contaba unos chistes tan malos mientras cocinaba unos platos tan similares unos de otros, no tuvo serias consecuencias en mi estado intelectual. No podía imaginar, debido sobre todo a mi visión infantil e idealizada de la vida, que en un futuro, más o menos próximo, lo llegaría a odiar tanto.
Pasó un lustro hasta que mi temor dejó de ser infundado para convertirse en real. Estaba plácidamente tumbado en mi sofá de tres incomodas plazas, aburriéndome soberanamente y haciendo un poco de zapeo, cuando volví a sintonizar un programa suyo. Esta vez, además de cocinar platos con nombres extremadamente largos y contar chistes, seguramente escritos por un chimpancé con serios problemas psíquicos, se atrevía a cantar. Canturreaba fuera de tono, sin ritmo y con la letra alterada, mientras destrozaba esas entupidas canciones manufacturadas como churros para el vulgo de salud mental dudosa. Decir que ese día fue un punto de inflexión en mi vida es poco. ¿Cómo se pueden destrozar canciones que ya de por sí son un desastre? ¿Cómo un sujeto, después de contar un chiste que no haría reír ni a mi prima Rosita, se atrevía a preparar hígados de pato con miel sobre un lecho de tomate con mozzarella? ¿Es que se avecina el fin del mundo y todo recupera su falso sentido?
No volví a reparar en Don Karlos hasta ayer a última hora de la tarde, pues debido a una mala acción de la que estaba poco orgulloso, puse la tele para fustigarme y lo vi de nuevo. Esta vez los chistes eran incluso peores, yo diría que mortales; y su entonación musical había alcanzado unas cotas difíciles de superar. Cuando entre risas, entonó «Dos gardenias», sonaba exactamente igual a los ruidos que se producen cuando intentas estrangular a un ornitorrinco frígido con una corbata de seda. Y mientras más lo contemplaba, más fascinado y enfermo me sentía. Hasta que reparé en su nariz roja y en una botella de vino abierta que se escondía en el súper-fashion armario que sostenía el carísimo horno pirolítico.
No quiero extenderme en un tema tan banal. Personalmente, cuando se dedica a cocinar y deja de comportarse como un showman, no me produce esa sensación vomitiva que me saca de quicio, más que nada, por que me importa una mierda psicótica el pato con miel y demás exquisiteces. A mí preparadme un buen plato de lentejas…
España (sin águila en la bandera) tiene el triste privilegio, por llamarlo de alguna manera, de ser el país europeo con mas mierdas de perro estampadas en las aceras, lo cual no es de extrañar, si nos atenemos al carácter agrio, antisocial e inadaptado de una gran parte de sus habitantes.
Creo que de ahora en adelante, en mis ratos libres, tres días a la semana, voy a seguir a todos los cochinos ciudadanos a los que les importa todo un pimiento y a sus mal criados canes y cuando averigüe su domicilio, les pegaré una cagadita en el felpudo de la puerta, aunque tenga que estar tomándome EVACUOL a todas horas y aunque afecte a mi salud ya de por si claramente achacosa.
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Lo único bueno que tiene envejecer es que cada día somos mas sabios y aprendemos algo. Algunos aprenden a ser más honestos y tratan de poner siempre una mejilla. Otros aprenden a mentir con una maestría sublime y pocos son los que están a salvo de estos vampiros. Los hay que se cultivan en el execrable arte del descuartizamiento verbal y lo ponen en marcha ante cualquier osado que se les cruce en el camino. Por lo que a mi respecta, hoy 2 de noviembre del 2010, a las 08:00 horas, he aprendido que… ¿Qué he aprendido? No he podido aprender nada porque creo que ya lo sé todo, aunque en realidad no entiendo la definición del vocablo «Todo».
Este despotricación sólo va dirigido a mi. Sólo yo puedo entenderlo. Es posible que sea un ejercicio de narcisismo encubierto en unos párrafos pésimamente escritos. Pero tenía dos opciones, vomitar palabras inconexas o regurgitar comida todavía no digerida. ¿Qué más da, que en mi largo proceso entrópico pueda parecer un idiota lunático? Soy lunático desde que tengo uso de razón y soy un idiota desde que soy lunático. Solo siendo así de estúpido puedo entrar en un estadio cercano a la felicidad. Y no es una felicidad inducida química o emocionalmente. No sé si me explico bien. Cuando paseo por la calle y un perro me ladra soy feliz por que mi estructura emocional, conformada por mi código genético, imposibilita que juzgue a un ser que no tiene libre uso del raciocinio. Por el contrario, cuando veo una persona de sexo indeterminado mirándome fijamente a los ojos, no puedo dejar de sentir un escalofrío recorriéndome la espina dorsal que me hace retroceder en el tiempo: líneas blancas y una tarjeta de crédito sobre una mesa destartalada.
Alguien dijo una vez que es necesaria la búsqueda de vida inteligente extraterrestre, porque en este mundo no existe la inteligencia. No puedo estar mas conforme con esta frase lapidaria. Y además, añadiría que es cuestión de tiempo y de supervivencia. La majadería y la imbecilidad son un virus que no tiene moral. No la necesitan. Su ácido nucleico contiene información especifica para modificar cualquier célula sana. Sólo es cuestión de tiempo que nos infectemos silenciosamente.
Hace un par de meses pregunté a 3 conocidos por el significado de la palabra FELICIDAD. Las respuestas fueron variopintas, graciosas, pero poco adecuadas. ¡Es tan fácil escabullirse incluso de una pregunta! El primer encuestado simplemente dijo que para él, ser feliz era no pagar más facturas. El segundo cantó unos versos del mítico cantante de los sesenta, Palito Ortega: «La felicidaaaaad, ja, ja, ja, ja, de sentir amoooor, jo ,jo, jo, jor, hoy hacen cantaaaaar, ja, ja, ja, jar, a mi corazóóóóón, jo,jo, jo, jon.» Y el tercero, incluso superó en vacuidad al segundo. ¿Qué fue lo que contestó? ¿Qué? ¿Qué? Su contestación fue breve pero resuelta: «todo o absolutamente nada».
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