enero 2013

Email del 31 de enero 2013

Michael Sowa, Invitation (s.XXI)

Querida:

Víctor es heterosexual, aunque sólo mide 157 cm; su mujer Davinia, que es sueca, es bisexual y su perro Hugo Boss manflorito. A Víctor nunca le llamo por su nombre, siempre he preferido utilizar su ortóptero y poco inteligente apodo: Cri-cri. A Davinia la llamo Vulnavia, porque me recuerda a ese personaje que interpretó de una manera tan lánguida como admirable la guapísima Virginia North, y a su perro Hugo Boss, bueno, a él simplemente le grito onomatopeyas sin sentido provenientes de Venus o Urano. A menudo convive con ellos el hermano de Alfredo cuyo nombre es Rómulo, aunque yo lo llamo Remo, y que según sus propias palabras es trisexual. Víctor me llama Crazy, Davinia me llama Teodorico, Hugo Boss, Guauuuu y Alfredo, que es un poco más original que el resto, se dirige a mí como «El último nihilista vivo». Cuando va a visitarlos la madre de Davinia, algo que sucede en contadas ocasiones, Hugo Boss se esconde debajo del felpudo aunque siempre se le ve el rabo en continuo movimiento. Se llama Kerstin (la suegra de Víctor, no el rabo de Hugo Boss) y está muy bien conservada para su edad. Su yerno la llama Karin, pero ese nombre le molesta a Davinia que prefiere dirigirse a su progenitora como Heil Kerstin, seguramente por la forma tan dictatorial con la que la educó en su infancia. Por su parte, Karin llama a su hija Missy y a Víctor, Pulgarsito, con «s», porque nunca se le ha dado bien pronunciar la «c». Cuando coinciden Rómulo y Kerstin, la diversión está asegurada. Kerstin está convencida de que es anorgásmica y Rómulo la llama Analicia, creyendo que la anorgásmia es el orgasmo resultante del sexo anal. Cuando Davinia le explica una y otra vez que simplemente es la inhibición o falta de orgasmos, este se toca los genitales y suelta barrabasadas pornográficas en catalán. En esos momentos, y ocultando sus ganas de asesinarlo, Kerstin lo llama con desprecio y sorna «Immanuel Kant».

Un día Davinia me invitó a comer. Mientras yo me decidía, me apuntó que también asistirían Rómulo y Kerstin, y además la hermana de esta y su perrita. Todavía no sé porqué, pero accedí. Llegué media hora antes de lo que tenía previsto, seguramente por culpa del taxista, y nada más entrar me presentaron a Ingrid y Frufrú. Ingrid, que era la hermana de Kerstin, era infrahumana y espectacular, lo mismo que su tacatac. Se vestía como si fuera una quinceañera, con mallas de lycra y tacones de 10 cm. Era un espectáculo verla andar, pero también escucharla, porque su castellano brutalmente mestizado con el sueco era imposible de entender, ni siquiera para su hermana o sobrina. Frufrú era una chucha con aspecto de ladilla antropomorfa, pues adoraba caminar erguida. Su color era similar al de un meteorito cuando se desintegra al entrar en contacto con la atmósfera y sus ladridos dignos de un osobuco poco hecho. Cuando nos sentamos a la mesa, Ingrid dijo algo que nadie comprendió y Alfredo soltó un eructo. Mientras intentaba cortar el filete sentí un par de mordiscos en ambos pies; eran Hugo Boss y Frufrú que competían para ver quién poseía la mordida más salvaje; el vencedor fue Hugo Boss, al que casi estrangulo en un descuido. Mientras nos servíamos el postre, Kerstin dijo que a su hermana sus amigos la llamaban «Ansjovis med läcker urin», que en sueco quiere decir «Anchoa con pérdidas de orina», aunque cuando era joven y bonita su amante Albrekt, descendiente directo de vikingos, se dirigía a ella con el apelativo cariñoso de «Liten mask», «Lombricita» en castellano. Nada más escuchar lo de lombricita, Rómulo decidió que de ahora en adelante se dirigiría a ella como «Lombricita motorizada». Supongo que por el tacatac, no sé… en esa familia todo es posible.

Después de retirar los platos y vasos de la mesa, nos sentamos en el sofá chaise longue de cuero y Alfredo nos sirvió champagne en vasos de papel. Mientras observaba la cara de pimiento de piquillo que ponía Davinia, mirando con ojos inyectados en sangre a su marido, noté como si hubiera metido los pies en una alcantarilla; los sentía húmedos, mojados y calientes. Hugo Boss y Frufrú competían nuevamente, esta vez para ver quién orinaba más litros sin deshidratarse, y ambos, de mutuo acuerdo, habían decidido experimentarlo sobre mis tobillos. Esta vez la campeona fue Frufrú que después de su hazaña se creyó superior y le dio un buen bocado a Hugo Boss en la trufa, que corrió despavorido y se ocultó debajo del felpudo, su lugar favorito para no existir.

No voy a contarte cómo acabó la tertulia que siguió al champán; ni siquiera voy a enumerar los insultos, improperios y ladridos que se dedicaron los unos a los otros. Cuando me despedía de semejante núcleo familiar, Hugo Boss y Frifrí incluidos, y agradeciendo la bonita velada y mientras que con la mano sujetaba con fuerza el pomo de la puerta, pude escuchar una voz quejumbrosa, que me pareció la de «Ansjovis med läcker urin» que decía algo así: «yo mei lo follarría enciman del tatacac».

Un beso y un saldo (o un saludo)

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Segundo email del 30 de enero 2013

GlennBrown, Architecture and Morality (2004)

Hola por tercera vez, (aunque en dos emails):

No me tomes por loco, pero el zumo embotellado de naranja con pulpa que suelo comprar habla. Hacía varios días que escuchaba toses y carraspeos que provenían de la nevera, pero no hice mucho caso porque el electrodoméstico está situado al lado del tabique que separa mi casa de la del vecino, y suponía que alguno de los que viven allí estaría resfriado o afectado por algún tipo de alergia. Pero hace un rato el tetra brik ha hablado. Me ha sugerido que yo debería mudarme de calzoncillos cada siete meses y de calcetines cada media hora. Por lo menos eso es lo que he entendido… Claro que en rumano y con la misma fonética se puede decir «la habichuela cercenada cohabita en un andurrial barato»… Sí, ya sé que no tiene sentido, pero el brik está fabricado en Bucarest y, si lo analizo, menos sentido tiene lo de los calzoncillos y calcetines. Como sabes, soy un políglota nato y domino catorce idiomas y cuatro dialectos, aunque todavía no tengo claro el signifcado de esa palabreja (políglota).

Hace algunos meses me sucedió algo parecido. Me encontraba desesperado tratando de buscar mi bonita cabellera, cuando una silla se quejó de mi brusquedad. Para ser exactos, escuché algo así como: «Si quieres que te dure toda la vida, trátame con dulzura, pedazo de animal». El problema es que fonéticamente suena como «cientos de cernícalos autocompetentes deslizan bilirrubina mareada», en indostaní. Y la silla es india, la adquirí en Nueva Delhi el mismo año que me miré al espejo por tercera vez.

Si trato de ser coherente, llego a una conclusión poco esperanzadora: estoy como una cabra. Y si estoy loco, debería ponerme en tratamiento, pero tengo verguenza de contarle estas cosas al psiquiatra. La última vez que conté cosas parecidas a un psicólogo, se enganchó al Hare Krishna y ahora se hace llamar Kalu Maya. Necesito tu consejo. Si no puedes darme un consejo, por lo menos dame 100 euros. Con esa pasta trataré de escapar del comedor y la cocina hasta el reducto privado que es mi habitación. En mi habitación los muebles o electrodomésticos no hablan, pero para llegar hasta allí necesito coger un taxi, y creo que en el vater hay una parada.

Que sí, que voy a tomarme la medicación, que te lo prometo…

Un abrazo.

Segundo email del 30 de enero 2013 Leer más »

Email del 30 de enero 2013

Tom Wesselman, Bed Room Party 20. 1969

Hola:

Por algún extraño motivo esta noche he soñado con Pener. En realidad se llamaba Peter Thomas y era de ascendencia británica, pero para abreviar le llamaban así. Este tipo estaba bastante chalado, pues entre otras cosas tenía un pasatiempo que sacaba de quicio a sus colegas o a cualquiera que se pusiera cerca de él…Y es que, cuando menos lo esperabas, Pener te ponía su pene en la mano, en el hombro o en la oreja. Daba igual que la víctima fuese masculina o femenina, hétero o bisexual, si la conocía mucho o casi nada, el resultado siempre era el mismo: un pingajo de carne flácida y caliente rondando cerca. Aunque con el tiempo recibió varias palizas de manos (y pies) de algunos tipos que no se tomaban con demasiado sentido del humor su afición, él nunca cambió de costumbre e incluso la elevó a cotas absolutamente desquiciadas. Como cuando restregó su cosa por todos los pescados frescos que con orgullo exponía en el mostrador una pescadera del barrio (para ser honestos con mi amigo, debo decir que evitó rozar al marisco, quizá tuviera miedo de una amputación traumática). O cuando se la puso encima del bigote a uno de los mayores homófobos que he conocido en mi vida, y este fulano, anonadado por la visión y supongo que por el aroma a virilidad enloquecida, sufrió una trombosis coronaria que lo incapacitó durante tres largos años para ejercer la abogacía (y de paso la homofobia). La verdad es que Pener no estaba loco realmente sino que era alcohólico e inhalaba Popper. Su cerebro se estaba licuando, pero a él no le importaba. Todo lo que quería era escapar del mundo y al final lo consiguió. Murió a los 28 años, atropellado por otro borracho.

No sé por qué te escribo esto; quizá porque no tengo otra cosa que contarte, o por que me ha parecido una historia para transmitir de padres a hijos (sí, ya sé que no tienes hijos, pero tienes primos y cuñados). La verdad es que hubiera preferido tener una amiga que se sacara una…bueno, ya sabes, y no este pobre tipo, aunque si quieres que te sea sincero, incluso de él aprendí algo muy importante: nunca se debe enseñar el pito, si no es bonito.

Besos.

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Hola otra vez:

Contemplar la fruta en un ultramarinos ya no es el orgasmo visual y olfativo que antaño suponía. Los tiempos están cambiando; somos los protagonistas de una involución total que invariablemente nos llevará al caos y la desolación. Es posible que dentro de unos pocos lustros inventemos la rueda, otra vez.
Hoy, como siempre, he comprado unos cuantos kilos de frutas variadas, aunque si fuera más listo podría haber invertido ese dinero en adquirir un mueble viejo para comérmelo a pedazos despues del almuerzo, la cena o simplemente como reconfortante tentenpié. Estoy seguro de que su sabor, con termitas incluidas, hubiera sido más satisfactorio que las frutas que en estos momentos descansan agobiadas en el frutero de cristal al lado de la nevera. Tendrías que ver el aspecto de las manzanas Fuji; si no fuera porque sucedió hace casi un siglo, creería que son remanentes de la primera guerra mundial. Y eso que he escogido las más aseadas. De los plátanos poco o nada se pude decir. He visto cagadas de perro más atrayentes y, puestos a suponer, con mejor aroma. Pero es lo que hay. O lo tomamos o lo dejamos. ¡Ah, qué tiempos aquellos cuando podía coger las peras de la rama! ¡Eso sí era fruta! Lo que nos venden hoy no es digno de ese nombre; supongo que tendríamos que buscar un vocablo que fuese mucho más exacto para definirlo. Se me ocurren varios, pero estoy demasiado bien educado como para escribírtelos.

Otra cosa que me causa impresión es la cara de los fruteros, sean o no nacionales. Ninguno te mira a la cara cuando te cobra, seguramente porque todavía conservan algo de dignidad y les da verguenza el material que te están endosando. Si les recriminas la mala pinta de sus productos, se excusan echándole la culpa a los agricultores; pero estos, a su vez, delegan en los intermediarios, y los intermediarios, todos, sin excepción, padecen de hemorroides.

Para acabar este segundo email, voy a contarte una anécdota que me sucedió cuando era tonto (de esto no hace demasiado tiempo). Estaba cierto día sentado cerca de una frutería, cuando algo se me posó en la oreja. Al principio creí que era una avispa, pero como estaba blandita y caliente me imaginé que serían las manos de una amiga a la que rondaba para obtener sus favores. Me equivoqué. Era la minga de Pener, ya sabes, el tipo sobre el que he despotricado en el texto anterior…

Un besazo.

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Email del 27 de enero 2013

Agostino Arrivabene, Martyrium. 2011

Querida:

Si por cada día malgastado me dieran un rábano, ahora podría ser el dueño de la verdulería más grande de mi ciudad. Detesto con todas mis fuerzas el sabor ligeramente picante de los rábanos, y también su forma o aspecto, pero me siento frustrado e insatisfecho por el tiempo perdido, las jornadas irrecuperables, y sobre todo, por haber sido tan tonto como para no darme cuenta de que obraba de una manera tan necia e imprudente. Al mirar hacia atrás, no puedo dejar de sentir un dolorcillo en las cervicales que me recuerda que sólo hay que concentrarse en el presente; pero este me parece frío, irreal, una especie de sueño perturbado invadiendo el cerebro sosegado de un inconsciente. Podría empezar a esbozar el futuro, pero nunca se me ha dado bien el diseño, así que prefiero seguir tirado en la cama, volando con el deseo y haciendo de la incapacidad social una disciplina. Soy un voyeur ciego, una cuerda deshilachada, un tocón que no arde. Cuando me pica una pierna, me rasco; cuando me duele un brazo me alarmo. Me encuentro tan perdido como Hansel y Gretel, pero ya no me importa demasiado.

Los rábanos asados con anchoas eran la comida favorita de mi otro Yo, ese que ejecuté a golpes hace tantísimos años, ese individuo parido al mismo tiempo, y pegado a mí con una especie de masilla volátil e invisible que disimulaba perfectamente las junturas. Mientras él devoraba la pitanza, yo planeaba su futuro, que se agotaba a marchas forzadas. Se trataba de su supervivencia o la mía. No podía haber dos alimañas descansando juntas en el mismo cubil.

La noche cada vez es más corta e inestable; pronto podré asomarme a la ventana sin miedo a mojarme la cabeza. Creo, aunque no estoy seguro, que en primavera y verano no hay rábanos a la venta. Mañana me informaré. De todas formas, este email trataba sobre mi estado de percepción y el de mi conciencia, no de rábanos. Todo lo que he escrito acerca del conocimiento sobre mí mismo es la pura verdad, pero el resto es una mentira tan grande que me siento avergonzado. Pido perdón a los rábanos por el maltrato al que han sido sometidos a lo largo de estas incoherentes líneas. Juro que no volveré a ser malo con ellos y, por extensión, con ninguna hortaliza o verdura, pero no puedo prometer que no siga escupiendo el profundo malestar que experimento cuando me miro reflejado en el espejo, o cuando escribo sobre el ser que más conozco: yo mismo.

Besos.

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Email del 25 de enero 2013

Marcel Duchamp, 50 cc d’air de Paris. 1919

Hola:

Puedo doblar el aire. Puedo mojarlo e incluso trepanarlo. A veces lo guardo en una cajita vieja de madera a la que he practicado unos agujeritos para que escape. Cuando me siento decaído lo trato con desdén, ludibrio o indiferencia, pero siempre sé cuando debo detenerme, y entonces, lo acaricio suavemente con las pestañas del apego. Nunca lo maltrato; quiero decir que nunca le hago daño físico. Entiendo su posición equivalente dentro de un cosmos ordenado y armonioso que se expande. A menudo mantengo conversaciones eternas con él, aunque siempre se mantiene distante, calculador y precavido. Le he comprado una correa de terciopelo con un enganche cromado y lo paseo por la calle. No me importa demasiado lo que la gente pueda pensar. Es mi aire y lo disfruto de la misma manera que un exégeta interpreta un texto folológico. Puedo nimbarlo, ungirlo y entronizarlo. Me gusta presenciar como riela, como fulgura o resplandece. Como amariza, como empata o infatúa  Cuando pìerde la paciencia lo apapacho con cuidado, intentando que evalúe los motivos, pero defendiendo y razonando sus dudas, sus temores y sus recelos. Un día lo expuse a la zarracina y se constipó. Me sentí culpable durante varias horas, hasta que llegó un momento en que no lo pude resistir y lo tendí del revés en una cuerda, pero se arrugó y las marcas de las pinzas lo sumieron en una depresión de la que no pudo librarse hasta que le regalé un copihue rojo.

Un saludo.

PD: Es posible que pienses que soy un pedante por utilizar palabras raras o poco usadas. En el pasado he utilizado esta técnica y así me lo has hecho saber, porque para mí es una técnica, un ejercicio vandálico y una especie de vapuleo terrorista al idioma castellano, al que muchos tratan de aniquilar ensalzando sus gruñidos onomatopéyicos y desquiciados o simplemente, escondiendo el diccionario debajo de la cama, junto al orinal que rebosa con sus frustraciones y fracasos. También, y tú que me conoces estarás de acuerdo, es la interpretación traviesa de un actor sin método y zumbado, perpetrada, compuesta y transcrita por un idiota introspectivo que se hunde, y que no quiere detener el proceso. Sí, me hundo, pero es mi problema. Quizá debería decir que ya estoy sepultado en la mierda…

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Email del 22 de enero 2013

Louise Bourgeois & Tracey Emin, Come to me. 2008

Querida:

Un individuo solitario está sentado en el borde de un precipicio. La fuerza de su inconsciencia le ha llevado allí. Durante unos segundos estudia el abismo que debería engullirlo y al mismo tiempo librarlo de esa serie de repeticiones inalterables que conforman la vida. Mientras decide su futuro, sus ojos observan y analizan la inmensidad de la Creación que le rodea y que amenaza con purificar sus pensamientos suicidas desvirtuados. Durante un lapso de tiempo indeterminado, se siente insignificante y libre. El vacío que se escondía en sus silencios desengañados cobra un nuevo significado. Por primera vez se siente liberado de la sensación que le oprimía y una sonrisa esperanzadora desdibuja su angustia y su miseria, aunque está convencido de que debe morir para justificar su pasado. Intenta deslizarse hacia la oscuridad de la caída pero una fuerza redentora e invisible se lo impide. Avergonzado, trata de escapar del bucle en que se ha convertido su existencia y decide reconducir su aquí y ahora… Inesperadamente, sufre un ataque prolongado y salvaje de hipo que paraliza su diafragma. Y muere.

Seguramente te avergonzará la última línea, pero el singultus o hipo existe y debe ser exaltado como lo que es: un padecimiento absolutamente imbécil, digno de protagonizar cualquier deceso inesperado, y sobre todo, una fuente de hilaridad sublime para cualquier escritorzuelo de chistes de bar. En algún lado he leído que Dios padecía de hipo persistente y que para olvidarse del problema que atenazaba sus aires de grandeza imaginaria, decidió crear al hombre, y al comprobar que a pesar de todo las contracciones espasmódicas, involuntarias y repetitivas de ese maldito músculo que separa la cavidad torácica de la abdominal continuaban, le regaló a este una compañera con la que saciar la lujuria y al mismo tiempo una esclava para que le enjuagara los calzoncillos y elogiara el tamaño de su miembro viril en estado de excitación máxima. Pero, como suele suceder en estos casos, algo falló: la mujer se negó en redondo a recoger sus calzones sucios y desgastados del suelo y progresivamente aprendió a procurarse placer con la fruta que crecía en el árbol prohibido, hasta que llegó un momento en que este tipo ruin y despreciable convenció a la serpiente que vigilaba el paraíso para que le hiciera una felación rápida pero reconfortante, con la promesa de instalarla en un pisito bien acondicionado y con todos los gastos pagados. Y mientras todos estos hechos se desencadenaban sin una lógica aparente, el Ser supremo, omnipotente, creador y señor del Universo tuvo que inventar a toda velocidad una farmacia celestial para que le dispensaran Proclorperazina sin receta médica.

La verdad es que prefiero sufrir los rigores del hipo agudo durante toda una vida, a escuchar una conversación entre una peluquera y sus clientes o un discurso de Mariano Rajoy. Aunque escuchar a una peluquera comentar el último discurso de nuestro idolatrado presi con sus clientes puede llegar a ser incluso letal. Siento ser tan extremista con mis opiniones, y más si se trata de menospreciar a un tipo como él, creado por y a semejanza de ese Dios exultante de gozo, que quiso que padeciésemos lo mismo que él había soportado con sus problemas fisiopatológicos, cuando al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.

Un saludo.

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Email del 21 de enero 2013

Agostino Arrivabene, Lo psiconauta. 2007

Hola:

Me siento viejo, cansado y sin ideas, así que cuando me hablo a mí mismo sólo escucho el sonido de las campanas agrietadas que repiquetean en alguna parte del cerebro. Sé que no es el momento adecuado para sembrar más dudas, ya que acepto el silencio que rodea cada uno de mis innumerables actos como un mal menor dentro de un conjunto absurdamente preciso. Intento seguir hacia delante; a veces lo consigo, pero aún así, no puedo dejar de pensar en la sensación de euforia que experimento cuando caigo.

Trato de mantener alejada a la inseguridad, que de alguna forma predetermina las emociones, pero ésta, en lugar de concentrarse en un punto indefinido, alimenta el falso horizonte que se dibuja en cada reflejo, cada sombra o incluso dentro de mi carne. No soy más que una parte de la inmensidad imaginaria, una extensión mal delimitada, un suceso previsible aunque distante, sin embargo, no puedo de dejar de complacerme ante la absoluta dejadez que me provoca el género humano, ese mal supremo que descompone y degrada cada uno de los días, y algunas de mis noches.

Estoy petrificado, puede que en un peldaño inferior, pero es algo que no me importa demasiado. Soy un equilibrista parapléjico que detesta la tensión total del alambre. Cuando nadie me mira, saboteo el presente. Me encuentro a años luz de la pasión, la misericordia o la condescendencia. Soy un pirado, y viajo por las mentes de los absueltos o protegidos a la velocidad de la luz. No puedo detener la corriente. ¡No debo detener la corriente!

Y desde el mismo instante en que mi madre hizo un supremo esfuerzo para liberarme de la prisión amniótica, sé que mis días están agotados. Me siento como un alacrímico al que han condenado a sollozar; sin sensaciones imprecisas revoloteando la corteza cerebral, sin las sincronías paralizantes y oblicuas que determinan el carácter, en definitiva, sin las interferencias primitivas que aprisionan la lógica.

Un saludo.

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Segundo email del 15 de enero 2013

Elisabeth Sonrel, Our Lady of the cow parsley. S. XIX

Hello, it´s me again:

Hace un rato me han presentado a una simpática y dinámica ramita de perejil. Al principio me ha desagradado su aspecto estirado y su pose de diva altanera y satisfecha, pero al cabo de unos minutos me he sentido prendado de ella y me la he llevado a casa. Ahora la tengo en un vaso de agua mineral, pero dentro de un rato la descuartizaré con unas tijeras de cocina y esparciré sus mutilados trozos sobre una rodaja de merluza. La quiero con todo el amor que la naturaleza caprichosa me autorice a desperdiciar pero, al mismo tiempo, soy consciente de que me sirve para otros fines. Soy humano, es decir, interesado, previsible e hipócrita, y como tal, no puedo dejar que las emociones influyan sobre los hechos; también me considero práctico, así que en lugar de adorarla como a una Diosa y colmar sus deseos manteniéndola con vida, he decidido sacrificarla en beneficio de mi salud física. Creo que podríamos haber sido muy felices caminando juntos por la playa o tumbados entrelazando nuestros brazos y ramas bajo la noche completamente tachonada de estrellas, pero no puedo permitirme el lujo de ser un inconsciente. Me la comeré, y la degustaré con un placer escabroso, mientras una lágrima de cocodrilo se desliza sobre mi mejilla. No existe mayor deleite que comerse a la persona que amas… Bueno, es una suposición, nunca me he comido a nadie, pero todo es empezar. Podría hacerme llamar «el caníbal de Benimaclet» y pasar a la historia ocupando titulares de prensa y entradas de blogs dedicados a serial killers. Pero caray, sólo es un puto vegetal. No piensa, no se ríe, ni siquiera es consciente de su pasado, presente o futuro. Fue creada para acabar condimentando un alimento, y otro final diferente hubiera sido un epitafio insulso para la verdulera que con aspecto henchido de falso gozo me la regaló.

XX

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Email del 15 de enero 2013

Glenn Brown, Lemon Sunshine. 2001

Hola:

Después de las acostumbradas maldiciones de medianoche, dedicadas al dios de la decrepitud, me senté en mi despacho y decidí escribir un mini cuento en tercera persona. Al principio no estaba totalmente seguro sobre el argumento a desarrollar, pero al cabo de unos diez minutos este se materializó en mi cerebro y no tuve ningún problema en vomitarlo sobre la hoja de Microsoft Word 2010.

«Vicente García, postrado en su cama de madera de ébano con incrustaciones en nácar, no podía seguir soportando aquellos terribles dolores. Un grano, de casi dos centímetros, repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de su nariz le estaba volviendo loco. Al principio, pensó en amputársela con un cortaúñas y dársela para desayunar a su perro Max, pero en cuanto lo meditó un poco, llegó a la conclusión de que Max no existía. Nunca había tenido mascotas, pues a la bruja de su mujer le molestaban. Mientras decidía que era preferible, si reventar el forúnculo o cercenar la nariz, sintió deseos de levantarse e ir corriendo, aunque por supuesto con una tirita en la napia, a comprar un buldog inglés a la tienda de animales más cercana. Pero no pudo hacerlo. Sus piernas habían desaparecido. Intentó gritar, pero de su boca sólo salió un estertor difuso, más parecido al ruido que emite un vendedor de lotería con cáncer de laringe que a un aullido humano. -¡Quizá todo es un sueño, sí, mañana me despertaré y todo volverá a la normalidad! -pensó mientras trataba en vano de llevarse  los brazos a la cabeza; pues sus miembros tampoco existían, ni su torso, ni siquiera la cabeza. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre la cama. La cama de madera de ébano.»

Intenté releer mi cuento para corregir el estilo, pero al final decidí que no valía la pena perder parte de mi tiempo en una relectura inútil que no iba a llevarme a ningún lado, así que me acosté, apagué la luz y me dispuse a relajarme en los brazos de Morfeo. Generalmente suelo pensar en cosas agradables, como olas golpeando rocas o a mi vecino sufriendo una hemiplejia fatal, pero por algún estúpido motivo, no podía concentrarme en las ensoñaciones y el desvelo total estaba ganando la batalla. Un dolorcillo localizado en cierta zona de mi cara enviaba furiosas sensaciones nerviosas a mi cerebro angustiado. La nariz me molestaba; me puse la bata con el logotipo de Dartacan cosido al bolsillo superior y me dirigí al aseo. Encendí la luz y me coloqué delante del espejo. Lo que reflejaba no me dejó nada satisfecho. Un grano repleto de grasa amarillenta y situado en la punta de la nariz me estaba volviendo loco. Al principio pensé en amputármela con un cortaúñas y dársela para desayunar a mi perro Max, pero en cuanto lo medité un poco llegué a la conclusión de que Max no existía. -Espera, esto ya lo he vivido antes- pensé mientras trataba de llevarme en vano los brazos a la cabeza; pues mis miembros tampoco existían, ni el espejo, ni siquiera yo. Sólo un grano infecto, cubierto de pus que reía como un poseso y que se desplazaba reptando sobre los sueños y que de alguna forma no significaba absolutamente nada.

Un abrazo

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Email del 14 de enero 2013

Christopher Stott, 7.00,8,9. 2009

Hola:

Acabo de aprovisionarme de tabaco, ansiolíticos, caramelos sin azúcar y coca cola light, los únicos manjares con los que alimento al cuerpo, y me dispongo a pasar una semana monástica en mi cuarto, apartado de los zombis humanos y sumido en la más absoluta displicencia. No todos los días uno rebasa el meridiano del número natural cien. Voy a descolgar los teléfonos y los pequeños brotes de alegría que aparecen de cuando en cuando y sumirme en la desesperación que provoca hacerse viejo. Si quieres ponerte en contacto conmigo tendrás que agenciarte un tam-tam o esperar a que mi cerebro digiera lo que le ha caído encima.

Un beso

PD:  ¡Ay, ay, ay!

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