noviembre 2014

Email del 29 de noviembre 2014

Saul Steinberg. Untitled (Question marks) (1961)

Querida:

Intentar escribirte un email diario es una tarea muy dura. Créeme, preferiría no hacerlo. Pero como sustituta de un psicólogo no tienes precio: escuchas todas mis monsergas y nunca haces preguntas indiscretas. Aunque hay momentos en la vida en que esas preguntas son indispensables. Por esa razón he decidido hacerme unas cuántas e intentar responderlas de una manera sincera y completamente espontánea. Ya tengo la coca cola preparada y un cigarrillo en la boca. ¿Comienzo?

¿De qué va todo esta mierda?
¡Eso me gustaría saber a mí! ¡Si por mierda me refiero a la existencia y sus consecuencias más directas! Lo único que tengo claro es que nacemos para, más tarde o más temprano, palmarla sin remedio. Entre estos dos importantes acontecimientos nos suceden otros que marcan nuestra forma de ser y nuestro comportamiento. Algunos de ellos los conservamos en la memoria como pequeños tesoros, pero la mayor parte entran y salen a nuestro antojo, y al final solo tienen sentido si los englobamos en un Todo imperfecto y accidental. Si tuviera la oportunidad de volver a nacer, seguramente cometería las mismas estupideces que he perpetrado en mi vida real, pero con una diferencia sustancial: no me las tomaría en serio.

Terence era inglés. O puede que francés. Desde luego, con ese nombre, no podía ser español ni extraterrestre. Tenía 17 años y un físico impresionante. Pero era tonto. Tonto de remate. Ni siquiera era capaz de pronunciar la palabra «Pneumonoultramicroscopicsilicovolcanoconiosis» sin sufrir un cólico nefrítico, pero tenía un corazón de oro y todas las mujeres suspiraban en secreto por su afecto. Su hermano Jonathan, tres años mayor, era tan feo como una hortaliza descompuesta y su cerebro siempre estaba maquinando y conspirando. Un día ambos decidieron hacer una carrera a través del bosque. El que ganara sería el dueño del otro durante una semana. Cuando se preparaban para salir en estampida llegó saltando de una forma tan grácil como un palomo cojo su vecina Gladys. Les instó a que aplazaran la maratón y delante de ambos se quitó toda la ropa. Lo que los hermanos vieron pareció gustarles demasiado y decidieron repartirse el botín. Pero Gladys era remigada y sólo quería yacer con uno de los dos, mientras el otro miraba. Al principio esa decisión no les atrajo en absoluto, pero pronto llegaron a una conclusión lógica y optaron por rendirse a sus instintos primarios. Mientras los tres decidían sobre quien sería el afortunado y a quien le tocaría joderse, un meteorito repleto de microorganismos bacterianos básicos impactó en la atmósfera. Los únicos supervivientes fueron Terence y una cabra. El resto de la historia es tan asquerosa que me veo obligado a dejar que te imagines el final que te apetezca.

¿Por qué se hace tan duro despertar cada mañana?
En mi caso por culpa de los tranquilizantes que me tomo cada noche antes de acostarme, justo después del vasito de leche caliente. Si no los ingiero con despreocupación, soy incapaz de pillar el sueño y siempre acabo practicando sexo duro con la mano derecha, que no es más que una extensión de lo que soy o no soy, o de lo que me gustaría ser, si me dejaran.

¿Qué es y para qué sirve eso que algunos llaman «felicidad»?
Nunca he comprendido a la gente que pregona su extrema felicidad. Ni siquiera estoy convencido de que exista ese estado de ánimo que convierte lo irreal e imaginario en sensaciones placenteras. Lo más cerca que estuve alguna vez de llegar a sentirme satisfecho fue cuando la pata de un mueble viejo y apolillado se quebró y éste se derrumbó sobre mi padre. Supongo que a Gregorio López senior no le gustaron mis risotadas, porque a partir de ese instante se dedicó a serrar los pies de cada mueble y sustituirlos por ruedecillas de poliamix o soportes rodantes extensibles de acero.

¿Existe la relación emocional perfecta?
Me gustan las naranjas. Me gustan los limones. Adoro las mandarinas y los pomelos. En general estoy abierto a probar cualquier clase de cítrico de importación como los kumquats, tangelos o cidros Pero cuando escucho la típica frase de «tienes que encontrar a tu media naranja» me entran unas ganas irrefrenables de agarrar al sujeto que ha osado pronunciarla e inocularle varias dosis de Agrobacterium tumefaciens en uno, o ambos globos oculares. ¡Media naranja! ¡Menuda gilipollez! Me pregunto a qué clase de subhumano, anormal o subnormal se le ocurrió dicha expresioncita. ¡Deberían despiojar a sus descendientes! El amor, o mejor, el conjunto de sentimientos que ligan, atan, amarran, sujetan o aprisionan a una persona con otra, es el único procedimiento que dispone nuestro cerebro para convencerse de que sirve para algo. Porque para pensar está ampliamente demostrado que nanay.

Carlitos creía estar perdidamente enamorado de Perlita, una gitana de ojos negros como el azabache. Así que intentó pulimentarla como si fuera lignito de la variedad más dura y ésta falleció en medio de espantosos dolores y tras una lenta agonía. Cuando reparó en su error, juró que se vengaría de sus instintos ruinosos y se arrojó por un acantilado. Desde entonces a ese precipicio se le conoce como «el abismo de Carlitos». Dicen que Tolkien se basó en esa historia para desarrollar la batalla del abismo de Helm. Yo no me lo acabo de creer, sobre todo porque J. R. R. nunca pisó en toda su vida suelo almeriense.

¿Por qué estoy abonado al paquete extra de Ono y no a Canal Plus?
Sencillamente, porque me encanta tener continuos problemas, y sobre todo, adoro escuchar la voz de un, o una sudamericana, por teléfono tratándome de explicar que soy un inepto con todo lo relacionado con la tecnología y, que lo mejor que podría hacer, es diseñar un taparrabos de piel vacuna y abrir un establecimiento dedicado al contrabando de hachas o utensilios de piedra.

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Email del 28 de noviembre 2014

Michael Sowa. Sharks of suburbia 

Hola:

La única manera que conozco, de alejarme de lo que es desestabilizador o no me conviene, es escribir o tocar la guitarra. Hacía meses que no ponía mis huesudas manos sobre el mástil de palisandro, y ha sido un reencuentro escalofriante. Después de caminar de la mano del diablo durante unas semanas, vuelvo a vivir donde quiero, como me gusta, y en el único barrio donde cada uno de sus habitantes evalúa al Yo por dentro, no por lo que posees, o crees que posees. De todas formas he aprendido tanto… Ese demonio al que encontraba sumamente atractivo -el hechizo, ya sabes- y que según mis amigos no era gran cosa por fuera -tampoco por dentro, debo admitir- estuvo a punto de salirse con la suya. Afortunadamente el tiempo y la memoria se aliaron conmigo y algunas neuronas hicieron el resto. Pero tengo miedo. Ese ser sigue suelto y pronto encontrará otras víctimas, otros esclavos.

Ya sabes cuanto adoro a Orson Welles. Uno de sus films menos apreciados, pero absolutamente perfecto, se titula «La dama de Shanghái». Trata sobre la maldad de uno de esos demonios. En una de sus apabullantes escenas, Michael O’Hara, el protagonista, cuenta que «siempre que cometo una estupidez la llevo hasta el final». En otra escena, que me recuerda multitud de pasajes vividos estos días escupe:

«Una vez bordeando las costas de Brasil, vi el océano tan oscurecido por la sangre, que parecía negro y el sol se ocultaba tras la línea del horizonte. Nos detuvimos en Fortaleza y varios marineros sacamos los aparejos para pescar un rato. Fui el primero en coger algo. Era un tiburón, luego apareció otro, y otro y otro, hasta que todo el mar se llenó de tiburones y no se veía el agua. Mi tiburón se había soltado del anzuelo. Y el olor, o tal vez la mancha, porque sangraba a borbotones, hizo que los otros enloquecieran. Los animales empezaron a comerse los unos a los otros, en su locura, se comían a sí mismos. Se sentía el frenesí del asesinato como un viento que hería los ojos, se olía el hedor de la muerte emanando del mar. Nunca había visto nada peor desde la reunión de esta noche. ¿Y saben una cosa?, ninguno de los tiburones enloquecidos sobrevivió.»

¡Ninguno de los tiburones enloquecidos sobrevivió! ¿Se puede escribir una frase tan perfecta y que describa de una forma tan contundente la naturaleza humana? No sabes cuántas veces -sentado en el sofá y rodeado por ese ser y otros ingenuos e inocentes- me ha venido esa especie de mantra a la cabeza. ¿Qué podía hacer yo? Observar, tragar saliva y pellizcarme repetidamente la carne. Sé que debería sentirme feliz de haber sido capaz de huir de una situación semejante, pero por alguna razón, no puedo dejar de sentir lástima por ellos, pero sobre todo…por mí.

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Segundo email del 27 de noviembre 2014

Olivier Mosset. Nothing (1993)

Hola otra vez:

Desde hace un par de siglos se habla mucho sobre la inteligencia emocional, pero muy poco sobre la biopsicología de la emoción. Y aunque a primera vista puedan parecer conceptos semejantes, o por lo menos, interconectados, la desigualdad de sus enunciados es tan enorme, que creo que aprovecharé más el tiempo si en lugar de explicar las diferencias, te escribo unas cuantas líneas sobre los «Cuadrados de trufa de la marca Dulcesol». En realidad son rectángulos y la trufa destaca por su ausencia, pero de todas formas, son bastante disfrutables, por supuesto, siempre que uno no le tenga demasiado apego a la vida. Hace un rato me he comido cuatro y se me acaba de desprender una oreja. En estos momentos sigue tirada en el suelo. Me pregunto si debería cogerla, envolverla con cuidado en una o dos servilletas de papel de cocina e ir a «Urgencias» a que me la hilvanen. Claro que antes tendría que limpiarla por dentro con varios Q-tips o meterla en la lavadora.

Recuerdo a una amiga que un día fue al tocólogo a hacerse una limpieza vaginal profunda y regresó a su hogar sin vagina. Supongo que fue una limpieza demasiado profunda. A raíz de eso, su marido se divorció y comenzó una relación sentimental con un vestidito verde. Varios años después, el vestido se decoloró, debido a los continuos lavados a mano con detergentes baratos y el fulano hizo las paces con su ex, que a estas alturas ya había encontrado una vagina de repuesto, fabricada con látex y polietileno tereftalato. Pero la vagina era del color de las vaginas, y eso no satisfacía al exmarido reconvertido en amante. Pronto éste le propuso que se la pintara de verde. Como ella rehusó, aduciendo que un coño verde era algo irreal y falso, él volvió a dejarla y se compró otro vestidito verde, aunque con una tonalidad más tenue que el anterior y los tres (vestidito, sujeto y el amor eterno) se instalaron en un ático insonorizado. Mientras los amantes enclaustrados se entregaban por completo a gozar de sus placeres, la propietaria del chichi verde recibíó una carta del hospital instándola a pasar su primera revisión ginecológica con chirla protésica. Por supuesto, eso la deprimió un poco, pero no perdió los papeles y esperanzada se dirigió al hospital. Después de examinarla a fondo, la dirección del Nosocomio dictaminó que su nuevo chirri funcionaría de maravilla durante treinta o más años. Cuando regresó a su casa y se bajó los pantalones y las bragas frente al espejo, pegó un grito de terror que hizo que varios pájaros que volaban alrededor del edificio sufrieran diversas hemorragias subaracnoideas. ¡El chumino había vuelto a esfumarse! Era la segunda ocasión que el potorrono desaparecía durante el trayecto. A partir de este punto, las noticias de los acontecimientos varían según las fuentes, todas ellas de la máxima confianza. Según unos, el exmarido asesinó al segundo vestido verde, el de la tonalidad más tenue, y volvió con la mujer que lo esperaba con los brazos abiertos -pero sin almeja- y vivieron una existencia de ensueño. Otros aseguran que la mujer, que debo recordar era mi amiga, enloqueció definitivamente y que el vestidito verde tenue sufrió el ataque brutal de una super rata voladora y resultó dañado seriamente. Al enterarse de la noticia, el exmarido se hizo trapecista y dio varias vueltas. Se ignora si fueron de campana o de gira mundial trabajando en un circo.

Acabo de coger la oreja. Tiene un tacto extraño, como de goma o algo parecido. Puedo ver su interior que está bastante limpio. Me gusta mi oreja. Tiene unos cuantos pelillos en algunas partes, pero está proporcionada y es simétrica. He decidido que me la quedo. Quiero decir, que no voy a que me la injerten. Pienso colgarla en la pared con una chincheta. ¿O con un cuelga fácil? No, mejor una chincheta. Y cada vez que pase por delante de ella recordaré que la bollería industrial es el más nocivo de los venenos, si exceptuamos respirar cerca de un tapir empalmado.

POSDATA (IMPORTANTE):
Quiero pedir perdón a la destinataria del email y a los seguidores del blog por semejante desvarío. Pero es mío. Y no pienso renunciar a él. Puedo permitirme el lujo de perder algunos lectores, pero poco más.
 

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Email del 27 de noviembre 2014

Felix Vallotton. The lie (1898)

Amiga:

Estoy intentando volver a la normalidad y recuperarme de los últimos 52 días de mi vida, que han sido una pérdida total de tiempo. ¡Un tiempo que nunca podré recuperar. Ni siquiera falseando las fechas del calendario! Es curioso, me gustaría sumar todas las jornadas de mi existencia que, de alguna manera, no han servido para nada, pero me produce escalofríos pensar en la cifra resultante. Ayer me fumé tres paquetes y medio de cigarrillos. Mi mejor marca personal. Pero aunque he batido un nuevo récord, me entran ganas de saltar por el balcón. Si no lo hago es porque quiero seguir observándome a mí mismo y ver cuál es la próxima estupidez que cometeré.

Mientras te escribo estas líneas, algunas de mis plantas moribundas me miran con desprecio y asco. Comprendo que no puedan perdonar que haya pasado de ellas durante casi dos meses. ¡Y todo por una rubita (teñida) neurótica repleta de ego! Pero así somos los humanos, sobre todo los que, como yo, se creían que ya lo habían visto todo. Pero supongo que con un poco de agua y algunos cuidados extra podré recuperar a una tercera parte más o menos.

Voy a comenzar a escribir un libro sobre esos 52 días. Lo voy a titular «La coleccionista de relaciones (Nadando entre las pirañas)». Tratará sobre una familia completamente desestructurada donde la única ley que impera es la del egoísmo en grado superlativo. Donde cada uno hace lo que le sale de las narices sin importarle cuál pueda ser el resultado final. No voy a omitir nada, ni siquiera voy a cambiar nombres, porque me importa una mierda lo que puedan hacer conmigo.  Los dos últimos capítulos versarán exclusivamente de mí y de lo mucho que he aprendido sobre la doble personalidad y el culto al YO desmedido.

Necesito cambiar de tema. No quiero consagrar este texto a alguien que no se merece ni una sonrisa, ni siquiera un pequeño agradecimiento. A alguien que resume su existencia a vivir en chalets de superlujo o viviendas robotizadas y comer en grandes restaurantes, mientras sus hijos, inocentes y extraordinarios, se hacen un montón de preguntas que nunca serán respondidas. A alguien que cuenta los mismos hechos del pasado una y otra vez por el simple placer de hacerse grande, porque en el fondo sabe que es muy, muy, pequeña. Me siento orgulloso de haber sido YO el que ha puesto el FIN a tanta incongruencia.

Ahora voy a escribir sobre la importancia de conservar enemigos y la forma que éstos acicalan las apariencias. Podría hablarte sobre descargadores de muelles y las estúpidas leyes que entre ellos imperan o sobre la relación lógica entre determinados hechos, pero creo que la primera propuesta es la más coherente. Aunque mi coherencia nunca se ha distinguido por ser demasiado consecuente. ¡La verdad es que no me apetece seguir escribiendo! Lo que realmente me apetece es tocar la guitarra, así que me voy corriendo a comprar cuerdas nuevas del 0.10. ¡Ah, y de paso a por tabaco!

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Email del 26 de noviembre 2014

Mary Pratt. Split rrilse (1979)

Hola:

La sinceridad afecta a los hechos y a las palabras. Por esa razón, deberíamos huir de las apariencias y dedicarnos a mirar por dentro antes de depositar tontas expectativas en otras personas. Lo que verdaderamente importa es el interior, aunque éste pueda ser conflictivo. Una vez conocí a una chica que se quería mucho. Eso es bueno. Pero se amaba tanto que tuvo que inventar una doble personalidad para que entrara en colisión con su Yo empírico. Como su identidad falsa era superior en carácter a la verdadera, ambas mantenían una batalla caótica y desproporcionada que intoxicaba a los infelices que circulaban a su alrededor, que eran muchos, aunque la mayoría tenían pocas luces y aclamaban los mensajes de su aura. Esa identidad creada para subsistir se creía única y se jactaba constantemente de su dominio y su energía. Mientras eso sucedía, la verdadera era sepultada un poquito cada día, hasta que llegó un momento en que casi desapareció. ¡Se había creado un monstruo! Un nuevo engendro con una vitalidad mil millones de veces superior a la que proporciona un estallido galáctico.

Cuando yo daba una opinión con palabras más o menos ordinarias, pero inventadas por la gente, ella clamaba al cielo, pero luego las utilizaba en las conversaciones que mantenía con sus amigas. Cuando yo pensaba, o meditaba, o como quieras llamarlo, ella me recriminaba el hecho y me tildaba de «zumbao». ¿Zumbado por utilizar parte de mi cerebro? Ella se atrevía a eso y mucho más, pero sólo cuando dejaba por un momentito su enganche terrorífico al móvil, a Facebook, a Whatsapp. Sus neurosis llegaron a un extremo en el que mi única salida era refugiarme dentro de mi cabeza, donde nunca llueve. Era esa clase de mujer que quiere más a sus conocidos que a sus amigos o familia, y le gusta demostrarlo, porque sólo de esa manera puede enterrar la porquería que ha fabricado para llegar a creerse alguien ESPECIAL.

No me tocaba porque estaba convencida de que la habían acostumbrado mal, pero no hacía nada por solucionar su dejadez emocional. Maldecía ciertas partes de su anatomía por el simple hecho de que no eran como habían sido en el pasado y las ocultaba con las manos constantemente. Si yo intentaba evitar esa censura vesánica y demencial, ella entraba en un estado de pánico que hacía que yo regresase de nuevo a mi cabeza, donde jamás llueve. A menudo se lamentaba de los desequilibrios de su descendencia mientras me susurraba al oído que ojalá yo hubiese aparecido antes para ayudarla. Pero nunca perdió ni un minuto de su tiempo en razonar las causas o los motivos. Solo le interesaba una cosa en la vida: ella misma. Su ego y su orgullo estaban tan enloquecidos, que hubiera sido capaz de construirse un monumento en su habitación para poder contemplarlo un ratito cada día.

Yo intenté ayudarla, pero no por decisión propia, sino embargado por sus deseos. Pero, ¿cómo se puede ayudar a quién rechaza una cura? ¿Inmolándose? ¿Convirtiéndose en la mitad de un todo inestable? ¿Autoconvenciéndose de una supuesta superioridad espiritual, falsa y demagógica? Estoy convencido de que la mejor solución es mantenerse lo más alejado de ese tipo de huidores bipolares profesionales y hacer justamente lo contrario que ellos preconizan. Porque fabricar moldes de alguien que es imperfecto, es una acción tan imbécil, como justificar los actos contestando u actuando de la misma forma para tratar un mismo e indivisible hecho.

¡Sí! ¡Ya vuelvo a estar curado!

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Email del 23 de noviembre 2014

Ernst Ludwig Kirchner. Lovers (1909)

Amiga:

Debería hacer un esfuerzo, por medio de la teoría y del razonamiento, para llegar a una conclusión satisfactoria. Pero a estas alturas, pensar en algo ilógico sólo puede incrementar el dolor que siento. Sería del todo inútil que hiciera recaer sobre mí todas o parte de las culpas, pues estoy completamente seguro de mis intenciones y de la forma que las he llevado a cabo. El problema es que no puedo quitar de mi cerebro esa sensación de vacío y pena que tanto daño puede hacer a mi naturaleza susceptible. No es fácil olvidar los momentos fotografiados, las sonrisas cómplices, el magma irradiado. Comparto por completo la idea de que «el que quiere puede». Aunque querer no es fácil si uno está demasiado pendiente de su pasado y no intenta optimizar su egoísmo. Además, ¡es tan sencillo continuar la repelente mentira que engrandece la propia leyenda! ¿Y para qué? ¿Todo eso para qué? ¿Para dar conformidad a una autodestrucción planeada? Sinceramente, no comprendo nada. He estado años esperando que sucediese algo. Y cuando al fin ha sucedido, me he dado cuenta de que todavía espero que suceda algo. Pero otro algo diferente. Una especie de «Algo» que acabe de una vez con los falsos principios abocados a verdaderos finales. Soy un niñato idealista que se merece todo lo que le está sucediendo. Incluso me atrevo a llegar más lejos: soy un idiota. Un idiota que ha pasado la mayor parte de su vida ridiculizando al resto de idiotas. ¡Joder! El tiempo que he pasado lubricando mi lengua bífida y buscando entre las luces y las sombras una víctima con la que ensañarme. ¡Estoy recogiendo lo que he sembrado! Y no puedo hacer nada para expiar mis tropiezos.

Evidentemente, no trato de que sientas lástima por mi. Ni siquiera yo soy capaz de llegar a esas cotas de arrepentimiento. Creía en lo que hacía y fui tan estúpido como para no advertir las innumerables señales de peligro que parpadeaban en mi interior. Pero los sentimientos son una forma de envenenamiento cuando no sabes encauzarlos. Ahora debo dominarme y pagar el precio.

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Segundo email del 22 de noviembre 2014

George Stubbs. Pavian and albino makake (1798)

Hola otra vez:

Cuando alguien no entiende nada, recibe ciertas órdenes codificadas desde el cerebro que ayudan a aumentar el desconcierto inicial. A menudo pienso en nuestra sublime imperfección, pero no de una forma racional o coherente, sino bastante abstracta, Quizá por esa razón, siempre suelo caer en la misma trampa. Imagínate en un país diferente. Caminas por la calle y la tarjeta del teléfono móvil se bloquea. Intentas teclear la contraseña y fallas en tres ocasiones. No recuerdas el Puk y los nervios te taladran el estómago. Te sientas en un banco y meditas sobre tu desgracia. En menos de dos minutos, el resto de desgracias que arrastrabas se apelotonan en solidaridad con su compañera y la agrupación crece exponencialmente. En poco tiempo el tamaño se hace considerable, y la cadena de situaciones y circunstancias negativas que luchan por salir al exterior para tomar posesión de sus nuevos dominios implosiona con una fuerza equivalente a diez mil preguntas sin respuesta. ¡Preguntas no respondidas! Sólo los primates inferiores son incapaces de contestar una cuestión. ¡Y unos pocos humanos que se sienten superiores! Una raza superior dentro de una raza que se suponía era la superior. Cuentan las leyendas urbanas, que esos seres pluscuamperfectos inhalan las respuestas de sus contertulios para poder alimentar a su Gran Hermano interior, al que le deben sumisión. Mientras todos esos hechos suceden, tú que todavía sigues sentada pensando cómo te ha podido pasar lo de la tarjeta, de repente te das cuenta de que alguna fuerza maligna debe estar maldiciendo desde tu nacimiento hasta ese mismo momento de infortunio en el fino territorio del Aquí y Ahora. Coges el celular y lo lanzas con energía sobre un muro, El muro está completamente cubierto de hiedras reptantes y te lo devuelve a las manos con fuerza. Vuelves a sentarte en otro banco diferente y maquinas una forma de librarte del problema, Pero el problema no es el teléfono. El problema está dentro de ti. Y vivirá contigo mientras intentes escabullirte.

Y ahora recuerda: no tienes cola, pero perteneces al orden de los primates, por lo tanto no eres un puto mono con almohadillas táctiles en las falanges distales de los dedos. No necesitas olisquear el culo del que te precede ni despiojar al que está por encima de ti. ¡Enhorabuena! ¡Eres humana! Bienvenida al planeta de las oportunidades. Pero no olvides traer algunos defectos corregibles para que puedan ser tratados como enfermedades infecciosas. Nuestra sociedad paga los gastos. Tú sólo tienes que demostrar lealtad y fidelidad a quien te lo exija y esté en un nivel superior. En el pasillo siete hay cinco puertas. En el pasillo cinco hay siete puertas. Una de esas doce puertas es la correcta, pero ¿qué pasillo es el que no te llevará a ninguna parte?  Ante este dilema tienes una sola opción: equivocarte y sufrir de nuevo las consecuencias.

Cuando alguien que no tiene cola no entiende nada, siempre intenta rascarse donde menos le escuece.

Segundo email del 22 de noviembre 2014 Leer más »

Email del 22 de noviembre 2014

Alexandre Jacovleff. Still Life with a Table

Hola:

Se llamaba Adolfo. Siempre que necesitaba algo de él sabía donde encontrarlo, pues se pasaba las horas registrando las puertas y las paredes de los puticlubs del barrio chino. Pero no buscaba prostitutas, sino algo que éstas solían llevar sobre cierta parte de su anatomía. Adolfo era coleccionista de ladillas. Conocía todo lo humanamente posible sobre éstos desagradables ectoparásitos y su «Breve tratado acerca del picor insufrible» era un texto de referencia entre los entomólogos de todo el mundo. Pero, por alguna razón, su trabajo no le hacía feliz. Como ya rondaba los sesenta, permanecer tantas horas agachado con una micro-redecilla le sumía en la desesperación más frustrante.

Su madre, una anciana bonachona y de aspecto deprimido le preparaba el desayuno todos los días. Adolfo se lo agradecía con un beso en las mejillas y, cuando ella no lo veía, tiraba las rebanadas a la basura. Nunca le había gustado el pan tostado, aunque pensaba que con un buen chorro de aceite o mermelada de arándanos todavía resultaba tragable. Después de una refrescante ducha solía acostarse y no se despertaba hasta cerca de las ocho de la tarde. A esa hora su madre estaba jugando al parchís en casa de una vecina y él se sentía feliz escuchando el verdadero sonido del silencio. Mientras meditaba sobre su futuro maldecía su pasado. Y cuando esa sensación de fracaso se arremolinaba en su cerebro, sólo conocía una manera sencilla e infalible para relajarse: bailar con una mesa camilla sin agujero circular central para colocar un brasero. Esa mesa era su mejor amiga y, a menudo, su confidente y amante.

Recuerdo el día que vino a mi casa y se trajo la mesa. Después de presentármela y obligarme a saludarla con dos besos me preguntó si la encontraba atractiva. Como mi interpretación de la belleza era completamente diferente a la suya, le respondí que si bien no me parecía excesivamente atractiva, sí la encontraba extraordinariamente resultona. Esa respuesta pareció tranquilizarlo y me pidió que le preparase un té para él y un poco de amoniaco diluido en agua para ella. Como no tenía amoniaco le serví una tacita de limpiamuebles Politus con dos terrones de azúcar. Conversamos sobre varios asuntos y de vez en cuando Adofo le preguntaba a la mesa si estaba de acuerdo. La tarde se pasó en un santiamén y cuando se marcharon sentí un deseo irrefrenable de vomitar.

Hace varios años que no se nada de él. Ni de su novia. Espero que hayan podido ser felices. ¡Es tan complicado salir de un universo propio! O quizá lo realmente difícil no es salir, sino darse de bruces con la realidad y sus consecuencias inmediatas. Personalmente, creo que lo mejor que se puede hacer para combatir esa realidad que tanto nos asusta es dejar de respirar durante tres o cuatro horas seguidas. Y si el resultado de dicha prolongada apnea es la muerte, tomarse ésta con filosofía y largarse de este mundo con una puta sonrisa prefabricada en la cara.

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Email del 12 de noviembre 2014

Henri Rousseau. The artist painting his wife (1905)

Hola:

Mi novia no quiere casarse conmigo. Opina que soy un pesado. Por esa razón voy a pedirle matrimonio al gaitero que ameniza las cenas en «Bobby´s bar». No me gusta demasiado su barba, y los que le conocen dicen que su boca apesta a «Cullen Skink» y a pudding negro, pero tiene un cuerpo que excita peligrosamente a mi tía. Y con eso me basta. Mi primera relación sentimental la mantuve a los 16 años. Se llamaba Lucrecia y era bastante miope. Supongo que esa discapacidad hizo que se enamorara perdidamente de mi. ¡Es extraño! Cuando se puso en manos de un oculista latrafóbico y se sometió a cirugía láser, tardó tres días en recuperar la totalidad de la visión y cuatro en dejarme. Desde entonces mi corazón se ha endurecido al mismo tiempo que otra parte de mi anatomía se ha puesto demasiado flácida.

Mi novia no quiere que fume. Dice que todo el alquitrán que aspiran mis pulmones es tabaco que no puede fumarse ella. Por esa razón he decidido vaciar algunos cigarrillos de nuestro paquete común, rellenarlos de alfalfa y darle el cambiazo. Así mato «d’une pierre deux coups» y puedo retirarme tranquilamente al baño a fumar mientras ojeo las revistas «Atalaya» y «¡Despertad!». Creo que el primer cigarro de mi vida me lo puse en la cara a los 13. Al principio intenté tragar el humo con la oreja, pero al ver que no funcionaba decidí hacerlo de la manera correcta. ¡Puto espíritu de contradicción! La cantidad de problemas que me ha ocasionado. Pero se hace tan aburrido dar siempre la razón y seguir fielmente las normas y disposiciones. ¡Y me gusta tanto oponerme! Por cierto…¿Sabías que hasta hace muy poco era incapaz de pronunciar esa palabra sin sentir ganas de cambiar de gel?

Mi novia no quiere que sea tan escatológico. Cree que mi cara y la materia fecal no combinan bien, aunque se parezcan bastante si se comparan bajo una luz tenue o de ambiente. ¡Joder! ¿Ya no voy a poder hacer chistes sobre excrementos polacos? No es que me guste la mierda, la orina, el semen o la menstruación., pero considero que son palabras inventadas por la gente para escandalizar a ciertos individuos refinados que todavía piensan que no defecan, ni orinan, ni eyaculan o menstrúan. Todos los seres del planeta cagamos. Si alguno no puede hacerlo, en un par de días tiene que desplazarse corriendo a la farmacia a comprar media docena de enemas con sabor a fresa ácida. ¿Y se me acusa de marrano y cochino? No puedo entenderlo.

Mi novia ya no quiere cocinar. Pero tampoco desea pagar a una esclava para que nos guise arroz con pollo o conejo. Y yo me estoy hartando de comer natillas «Hacendado» a todas horas. Ayer me miré al espejo y tenía cara de postre lácteo. Supongo que debería matricularme en una escuela de hostelería y empezar a diseñar mis propios platos. ¡La “alegoría del atardecer rojizo, engalanado con esencias de lágrimas suaves de primavera al estilo Greg” sería mi primera gran creación. No voy a escribirte la receta porque no tengo ni idea de cuales serían sus ingredientes, pero estoy convencido de que con un nombre así de largo y mi patronímico al final debería bastar para ser comestible.

Beso

PD: Mi novia quiere enseñarme a poner en marcha el lavavajillas.

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Email del 9 de noviembre 2014

Carlos Saenz de Tejada.The village idiot (1923)

Hola:

Mi enemigo Eutiquio se ha tragado siete clavos y está en coma. Ayer le ordené telepáticamente que se suicidara y él, como buen anormal gilipollas, obedeció como un corderito sumiso. Cuando la palme, borraré su nombre de mi lista y celebraré una fiesta en la soledad de mi habitación. ¡Me gustaría tanto que cada uno de los individuos que viven en este planeta y que todavía conservan su cerebro en buenas condiciones tuvieran mis poderes! Erradicaríamos por completo la estulticia mundial en un par de semanas e instalaríamos un régimen liberal, gobernado por la inteligencia y el razonamiento. Si mis cálculos son correctos, la población total se reduciría en un 91 % y tendríamos que fabricar máquinas subnormales para combatir la añoranza. La ventaja de una máquina imbécil es que cuando te hartas de ella la puedes desconectar y guardarla en un armario. Con un humano idiotizado eso no es posible. Por lo menos si antes no ha sido narcotizado convenientemente.

A menudo pienso en los infusorios. Son tan pequeñajos y repugnantes, sobre todo si se les observa con un microscopio. Me encanta predecir su motilidad, sin embargo, cuando el vaticinio falla agarro unos cabreos monumentales. Mis preferidos, o por lo menos, la familia que goza de la mayor parte de mis simpatías pertenece a los protozoarios. Me es completamente indiferente si su alimentación es heterótrofa, fagótrofa o incluso mixótrofa. Soy plenamente consciente de cada una de sus limitaciones, pero me importa una mierda conocer sus secretos inconfesables. ¿Qué más da si se desarrollan por evolución convergente o fueron creados por un Dios cruel y demente? Viven a nuestro lado o dentro de nuestros cuerpos, y la mayor parte de las veces se contentan con complicarnos la existencia.

Si pudiera volver a nacer haría trampas. Nadie lo notaría. Ni siquiera mi madre. Supongo que una farsa no es tal si no puede ser gozada hasta un límite. Pero cuando el embuste tiene que ver con algún aspecto del Yo, la cosa cambia. Como no poseemos una individualidad definida mantenemos con vida un número considerable de «Yoes». Los acicalamos diariamente y los acariciamos con melosidad. Sabemos que son nuestros comodines y que dependemos de ellos para representar un rol determinado. Algunos tienen forma de máscara y acaban colgados en las paredes, pero una cantidad considerable de ellos se reproducen en nuestro interior y fagotizan nuestros deseos de permanencia e inmutabilidad.

Mi enemigo Eutiquio se ha tragado siete clavos y está en coma. Yo le había ordenado que engullera una docena.

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