noviembre 2014

Email del 3 de noviembre 2014

Endre Balint. My room at the Bindendorfs. (1937)

Amiga:

Supongo que todos tenemos una hora mística. Dicen que la que va desde las once a la medianoche pertenece a los muertos. No creo que ese lapso de tiempo signifique algo para los que han cambiado la vida por la muerte, pero no podría asegurarlo ya que nunca he estado muerto. Bueno, eso no es del todo cierto. Una vez, hace muchos años, estuve quince minutos muerto clínicamente, aunque nunca me ha gustado rememorar la oscuridad total que viví en esos instantes. Recuerdo que cuando salí del hospital una enfermera me preguntó si había visto un pasillo iluminado. ¿Pasillo iluminado? ¿Pero qué tontería es esa?

Mi hora mística empieza a las cuatro de la noche. Siempre me ha gustado escribir o tocar la guitarra durante esos sesenta minutos casi exactos. El silencio y la paz mental que se respira es similar a la que percibí en esa oscuridad total de la que hablaba antes. Sólo tengo que vaciar mi cerebro y abrir una libreta o poner los dedos sobre los trastes del mástil para darme cuenta de que no me importa nada ni nadie. Porque me convierto en un Dios y mi habitación es mi Universo. Todo lo que sucede en él me pertenece y puedo variarlo como se me antoje. No tengo que escuchar reproches ni intentar justificar mis actos. A menudo mantengo largas conversaciones con la sombra que dibuja la bombilla de sesenta vatios del flexo. Esa sombra que, aunque tiene mi contorno, no está del todo definida. Por eso suelo hacerle preguntas poco concretas. Otras veces, miro a través de la ventana y los reflejos que producen las luces de los coches me sumen en una especie de trance del que me cuesta despertar. Es curioso lo despacio que pasa el tiempo cuando lo aprovecho.

No entiendo como he podido escribir los dos párrafos anteriores. Acabo de releerlos y los encuentro tan blanditos como los pechos de una anciana. Mi intención era contarte la historia de un tipo que conocí cuando todavía (yo) no era anhedónico. Se llamaba Jeremías y guardaba su dinero en las axilas, pegado con esparadrapo; los billetes de cien y de quinientos en una, los de mil y cinco mil en la otra. Cuando se duchaba, algo que no sucedía muy a menudo, despegaba con mucho cuidado los fajos y los pegaba en el espejo. Nunca corría la cortina porque tenía miedo de que alguien pudiera robárselos. Cuando murió tuvieron que contar la cantidad de billetes que escondía para rellenar el informe policial. Cuatro agentes se pasaron un fin de semana completo sumando el total, pero nunca les cuadraba. Al parecer todos eran de letras y las matemáticas les ponían bastante nerviosos. Como Jeremías no tenía familia, contactaron con su amante para arreglar la herencia. Ésta renunció al dinero pero se quedó con los trozos de esparadrapo.

Cuando era mucho más joven, y todavía lucía un hermoso flequillo de inspiración claramente «Beatle» en la frente, solía coger unas cogorzas monumentales. Y ya sabes, cuando alguien coge cogorzas, sean o no monumentales, siempre suele hacer estupideces anormales. Como sólo son las tres y media de la madrugada y estoy esperando que llegue la hora mística, voy a tratar de relatarte lo que sucedió una noche que llegué a casa con un par de litros de tequila en la sangre. En aquella época teníamos un perro que se llamaba «Picho» y que pasaba olímpicamente de nosotros. Normalmente se comportaba bien, aunque en ocasiones se ciscaba en la alfombra de la salita. Esa noche de marras, Picho estaba durmiendo encima del sofá y saludó mi llegada con un gesto de indiferencia bastante poco aceptable. Como soy la persona menos rencorosa del planeta, olvidé su afrenta y me dirigí tambaleándome al catre. Pronto caí rendido en los brazos de Morfeo y empecé a soñar. Al principio los sueños eran agradables y no di demasiadas vueltas. Hasta que empecé a tener unas terribles pesadillas con un único tema recurrente: la cistitis. Serían sobre las tres cuando me desperté y recordé a Picho y su desgana emocional al recibirme. Así que planeé la venganza. Abrí la puerta del dormitorio de mis padres, que competían en un concurso imaginario de ronquidos, me subí a una silla de plástico y oriné sobre la manta que los cubría. Fue una meada larga y escandalosa que me dejó bastante satisfecho. Mientras me largaba de la escena del crimen no podía reprimir una sonrisa diabólica. Cuando pasé por delante del perro para volver a mis aposentos, éste ni siquiera me miró y se contentó con emitir un ruidito de satisfacción canina. Volví a tumbarme y me puse a imaginar lo que sucedería en unas pocas horas. Lo que sucedió fue que mis padres castigaron al «perrito» a dormir en la galería el resto del año, rebajaron su rancho a unas cuantas bolitas de pienso barato y jamás volvieron a acariciarlo. A partir de ese día, Picho empezó a sentirse solo y poco amado, y yo jamás volví a tener pesadillas.

Quedan quince minutos para que las manecillas del reloj marquen las cinco. Deberían ser suficientes para fumarme un cigarrillo y pensar en un final apoteósico para este email.

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Email del 2 de noviembre 2014

Honore Daumier. The beautiful Narcissus (1842)

Hola:

Ayer compré tres filetes de ternera de primera calidad. Mientras regresaba a casa en metro recordé que soy vegetariano, así que se los metí a un adolescente en la mochila sin que se diera cuenta. Hace un par de semanas asistí a una Santa Misa. El cura, de aspecto bastante cangrejil, nos sermoneaba de lo lindo y maldecía nuestros pretendidos deseos lujuriosos. De repente, reparé en mi condición de ateo furibundo y decidí salir corriendo de la iglesia, con tan mala fortuna que me tropecé con las piernas de una abuela que trataba de acercarse al Supremo en posición de genuflexión. El ruido que mis 80 kilos hicieron al golpear el suelo fue descomunal y algunos corderos de Dios se pusieron a balar y unos pocos huyeron en estampida. Creo que tengo serios problemas de amnesia. Iría al médico para que me tratase, pero he olvidado cómo se llama, su número de teléfono, donde tiene la consulta y las medidas corporales de su criada rumana. ¡Mierda! ¡No quiero seguir envejeciendo! Pero tampoco aguantaría retroceder uno o varios años en el tiempo. Recuerdo que cuando tenía 35 tacos era un prodigio de la naturaleza. Me paraban por la calle mujeres, hombres e incluso algún que otro animal de compañía y siempre querían lavarme los pies. Yo solía negarme porque no llevaba encima ninguna palangana y el jabón exfoliante para las extremidades que usaba en aquella época era inusitadamente caro.

Quedan dos meses para mi cumpleaños. Me gustaría tanto que cayera un meteorito sobre el planeta, así me evitaría pasar por ese mal trago. Además, ya casi nadie me regala nada, excepto ropa interior. Con toda la que tengo podría montar una tienda de «Gregory´s secret». A mis amigos les suelen regalar ordenadores, smartphones, consolas o televisores de plasma con pantalla ovalada. Y eso que son más feos, bajitos e ignorantes; y no desprenden la sexualidad salvaje irrefrenable que escapa a borbotones de mi impresionante cuerpo. Menos mal que por encima de todo soy un tío modesto. Detesto a la gente altiva que incrementa sus cualidades por el mero hecho de sentirse único o especial. Sólo expreso la verdad. Incluso intento minimizarla para que nadie pueda sentirse herido. ¡Joder! Soy tan empático. Y simpático, carismático, diplomático, pragmático y somático. ¡Pero me quiero tan poco! Si pudiera doblarme lo suficiente como para poder chupármela sería el «ser superior» más feliz del Universo!

Un abrazo

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