marzo 2023

Email del 30 de marzo 2023

Cassius Marcellus Coolidge. A friend in need (1903)

Un amigo mío, actor en paro y dramaturgo ocasional, me ha pedido que le escriba el prólogo a su tercera novela titulada ¿Por qué no puedo meterme lo que quiera en el orificio corporal que se me antoje, a la hora que sea y en el lugar que libremente elija, sin hacer daño a nadie y sin tener que sentirme como un leproso fugado de un lazareto? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Cuando le he contestado que lo haría con mucho gusto ha estallado en vítores y aplausos, sin embargo cuando le he insinuado que el título me parecía un poco largo, gratuito y lloriqueante se ha puesto a la defensiva y ha arremetido contra mí y contra las tres cuartas partes del planeta.
AMIGO: Greg, ¿Por qué no puedo titular mi obra como yo quiero o como creo que debe titularse, haciendo lícito uso de ese pedacito de mi libertad individual sin que gente como tú, que creen que lo saben todo, tengan que meter sus colmillos ofídicos en todo lo que desconocen por completo? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
YO: Pero, tío… solo te estaba diciendo que podías haberte exprimido un poco más el cerebro a la hora de titular el…
AMIGO: ¿Por qué debo aguantar consejos bienintencionados cuando odio los consejos, tengan o no buena intención, si yo jamás doy consejos a nadie que no me los haya pedido o suplicado con anterioridad? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
YO: Bueno… te pido perdón. No era mi intención herir tus sentimientos.
AMIGO: ¿Por qué todos los que se divierten hiriendo mis sentimientos terminan suplicándome el perdón una y otra vez si saben que no soy capaz de perdonar una afrenta de dimensiones tan aterradoramente considerables? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
YO: No soy capaz de darte una respuesta en estos momentos. Me siento fatal. Creo que no debería haberme levantado esta mañana…
AMIGO: ¿Por qué los que me han ultrajado en alguna ocasión terminan sollozando como rameras a las que no les han pagado un servicio, en lugar de meditar con antelación cada una de las malditas palabras que salen de sus mugrientas bocazas? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Después de despedirme de él, prometiéndole que a partir de ese instante trabajaría duro para convertirme en una persona sencilla, bondadosa y plenamente racional, y que tendría listo su prólogo en dos o tres días a lo sumo, me senté en un bar y dejé volar mi imaginación. Mientras algunas de mis ideas intentaban sortear un cúmulo de nubes negras con forma de conjunción causal, otras se posaban como si fuesen relámpagos ionizados sobre un pararrayo de aspecto antiguo. Cuando trataba de poner en orden los acontecimientos, la voz de la camarera me golpeó como si fuese un conjunto difuso aterrorizado tras escuchar un criterio arbitrario.
CAMARERA: Señor, llevo 5 minutos esperando que regrese al planeta. ¿Qué quiere tomar?
YO: ¿Si tu deber es mostrar una sonrisa y, si es necesario, esperar a que un cliente sepa qué es lo que realmente le apetece tomar, entonces, por qué osas interferir en mis ensoñaciones específicas? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
CAMARERA: Perdóneme. Lo siento. Por favor, no se lo diga al dueño o me despedirá de un puntapié.
YO: ¿Por qué cree usted que yo, un tipo que desde siempre ha estado volcado en erradicar el sufrimiento ajeno, voy a ser capaz de tal acto de bajeza moral y de cobardía gratuita? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
CAMARERA: ¡No! Yo no creo eso. Se le nota por su aspecto que usted es un adalid de la misericordia y de la conmiseración.
YO: Si usted no es española, sino asiática, posiblemente china, ¿por qué se expresa de esa manera tan maravillosa y brillante que me hace enmudecer de envidia? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

Ahora estoy sentado en la sala de espera de un estomatólogo odontólogo. No tengo hora con él, ni siquiera con su mujer o su hija, pero me encanta ojear las revistas que su recepcionista compra para que las lean los pacientes. Además la enfermera es gallega y yo siento predilección por los asturianos. Cuando acabe de leer el artículo sobre mesitas de noche de la revista Mi casa volveré a la mía y trataré de escribir el maldito preámbulo, aunque en realidad lo que verdaderamente me gustaría es estar despierto. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Porque todo esto debe formar parte de un jodido sueño.


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Email del 24 de marzo 2023

Roy Lichtenstein. Preparedness (1968)

Hola:

Hoy me he levantado guapísimo. Claro que quizá los comprimidos de Microzepam que me tomé anoche tengan algo que ver, pues normalmente me levanto con la inestimable ayuda de los pies y las piernas. Antes de prepararme el desayuno me he preparado para prepararme el desayuno. Si no me preparo un poco antes de cualquier otra preparación, los resultados suelen ser a menudo desconcertantes. ¡Ah!, creo que hoy va a ser un gran día, pues solo he tosido 23 veces y mis escupitajos no han sido tan espesos y verdes como en anteriores ocasiones. Quizá, si me pusiera en manos de un restaurador, valdría más dinero, pero como ya no vivo de mi extraordinario físico, prefiero dedicar el dinero que obtengo atracando a atracadores en otros menesteres, como por ejemplo, la papiroflexia. Ayer intenté por primera vez representar una aorta descendente con un folio, pero el resultado no me dejó satisfecho. Espero mejorar en las próximas jornadas, pero si por una de aquellas no mejoro, me prepararé para mejorar o mejoraré preparándome, lo que prefiera en ese momento. Habrás observado que no he mencionado que me haya bañado o incluso limpiado o exfoliado la cara. ¿Te importa mucho que no me bañe? Porque a mí no me importa en absoluto. Si te incomoda verdaderamente o te desestabiliza, puedo llamarte por teléfono y prometerte que me he bañado con un gel neutro y después he aplicado encima de mi perfecta piel un millón de potingues y cremas, pero no sería verdad. No necesito agua para mantenerme inmaculado. No necesito prepararme para no necesitar agua para mantenerme inmaculado. No necesito prepararme para prepararme para no necesitar agua para mantenerme inmaculado. No necesito prepararme para prepararme para prepararme para no necesitar agua para mantenerme inmaculado. Nunca he aparentado la edad que no tengo, ni siquiera la que tengo o la que nunca debería alcanzar si deseo dejar de prepararme alguna vez y vivir una existencia plena. Las preparaciones desgastan, pero son absolutamente necesarias. Imagínate que asisto a una reunión de lo que sea, una reunión de restauradores garbanceros, por poner un ejemplo, y acudo sin una o dos previas preparaciones, ¿cómo podría defenderme de los furibundos e injustificados ataques del resto de humanos al advertir mi extraordinaria superioridad física e intelectual? Para eso sirve la preparación.

A veces, sobre todo cuando siento esa especie de aversión endémica hacia mí mismo, en lugar de prepararme para dibujar una santa sonrisa o incluso para llevarme la contraria, me abandono, me desordeno y obstaculizo cualquier intento de preparación que pueda surgir. No, no soy feliz desatendiendo los proyectos preparatorios, pero en esas ocasiones no existe otra solución. Afortunadamente, cuando el enojo se disipa, vuelvo a preparar y preparar con mayor tesón y con resultados extraordinarios y preparo preparaciones de emergencia que oculto en bolsitas de lona y que siempre llevo encima de mí. Excepto cuando he de prometerte que me baño con geles y después aplico sobre mi perfecta piel un millón de potingues y cremas. Aunque el baño no es realmente físico, sino un enorme y descarado embuste, no tengo claro si las bolsitas de lona con las preparaciones de emergencia podrían llegar a mojarse.

Ahora voy a dejarte. Necesito preparar algunas cosas. Cuando las haya preparado, prepararé otras. Y después, me prepararé para afrontar las nuevas preparaciones. Ya sé que piensas que mi vida está totalmente preparada, pero no es así. Todavía no soy capaz de preparar con suficiente antelación o preparar sin que se note que algo está preparado. Supongo que mejoraré intentándolo con ahínco. Pero para que el ahínco surja efecto, antes he de prepararlo.

Greg


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Email del 23 de marzo 2023

Agnes Martin. Drops (1961)

Las gotas cuya incoloridad, inodoridad e insipidez no estuvieran enteramente demostradas eran rápidamente descartadas y arrinconadas en una inmensa cubeta cilíndrica de vidrio de borosilicato, desechada de experimentos de mediciones espectrofotométricas fallidos, cuyo único fin era mantener los átomos de hidrógeno y de oxígeno acomodados en su propia nada categórica, absoluta e incondicional. Mientras eso sucedía, yo me encontraba en una sala anexa, sentado sobre un taburete metálico demasiado bajo y de aspecto francamente industrial escuchando el plinc acuoso del líquido elemento y algunas incongruencias más o menos chocarreras de ciertos biotecnólogos.

Dicen que escuchar repetidamente el sonido del agua relaja nuestras mentes. Sin embargo ese continuo y exasperante goteo solo me relajó el esfínter, de modo que de mala gana me levanté y me dirigí al aseo. Me encontraba sentado sobre el inodoro haciendo fuerza mientras luchaba contra ciertos elementos prostáticos cuando algunos de los llamados Dioses Indefinidos, como Vahalah, Zutl y Senaeftr se inmiscuyeron en mis pensamientos. Sus interpretaciones teoréticas sobre los seres humanos y su continuo forrajeo existencial llegaron a conmoverme tanto que una vez levantado y subido los pantalones, decidí que debía dejar mi trabajo y dedicar todas las horas futuras a continuar mi retiro hipocondriaco, evitando de alguna u otra manera esas malditas ideas suicidas.

Lamentablemente, no llegué a poner en práctica mis deseos anteriores, pues nada más salir del laboratorio me atropelló una moto. Cuando intentaba ponerme de pie para apalizar al motorista me mordió un perro al que logré meterle una patada de Muay Thai en la trufa que evitó que sus fauces acabaran engulléndome. Cuando me dirigía bastante maltrecho hacia un banco de madera que desde un lado de la acera vigilaba el porvenir, me derribó un Kalanchoe embutido en una maceta bastante grotesca de terracota que terminó de una vez por todas con mis anteproyectos, proyectos y vulgares intenciones.

Han pasado varios años. Mis días y mis noches no son demasiado diferentes a los días y las noches del sujeto que fui alguna vez. Vivo en un hospital privado y las escandalosísimas facturas son abonadas por Vahalah, Zutl y Senaeftr, los denominados Dioses Indefinidos; y aunque nunca vienen a visitarme, sé que de alguna manera están cerca de mí, algunas veces incluso los noto dentro de mí, sobre todo cuando me tienen que hacer alguna dolorosa perrería médica. Los que sí vienen a verme y se sientan enfrente de mi cama envalentonados porque saben que no puedo echarlos son los técnicos del laboratorio del H2O. En ocasiones se traen Phoskitos y Bollycaos y se los comen como si fueran cerdos salvajes mientras se carcajean y se miran los unos a los otros y sus bocas marrones y goteantes hacen ruidos insoportables. Si pudiese incorporarme… o por lo menos si Vahalah, Zutl y Senaeftr pudieran materializarse. O convertirse en gotas. En gotas dotadas del mismo poderío que atesoran como divinidades indefinidas y poco accesibles. Si el plinc


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Email del 22 de marzo 2023

Edvard Munch. Sick mood at sunset despair (1892)

Mi frustración¹ como despotricador, o mejor dicho, la etiología de este hecho singular, unida a la necesidad más o menos forzosa de resolver cuanto antes algunos de los desbarajustes que desde diferentes ángulos, algunos de ellos imposibles, me atosigan como tábanos circunstanciales, me ha llevado a afirmar en multitud de ocasiones que la existencia, o eso que algunos bienaventurados profesionales denominan «realidad», es un disparate complejo, decepcionante y absurdo. Sin embargo no voy a tratar ahora de contradecir esas ideas ecuánimes, aunque estoy convencido de que eso quizá me haría más interesante, o por lo menos, más furiosamente rebatible, pues sería demasiado sencillo considerar que mi insurrección subjetiva es el resultado de un proceso isócrono e interno.

Odio admitirlo, pero si realmente existiera un autor omnisciente que hubiera escrito cada uno de los errores argumentales que han terminado por encerrarme en esta maldita ergástula de por vida, y que al mismo tiempo pudiera convertirse en el único receptor para los miles de insultos enconados e imprecaciones sanguificadas que se me ocurren, entonces, es posible que mi amargura huera y desgalichada se transformara en júbilo, pompa y esplendor.

Llegados a este punto tan solemne, me gustaría que cualquier atisbo de majestuosidad ampulosa, falsedad subliminal o ausencia total de ingenio y empatía que seáis capaces de percibir en este texto intencionadamente imperfecto os exploten en la puta cara.

(1) Achuco Delasaca escribió su obra maestra Ensayos preternaturales acerca del fracaso a la sombra de un ciruelo bajo la copa de un cerezo. Obviamente la dendrología no era su fuerte. Ni falta que le hacía pues, aparte de ser mi mentor y amigo hasta el mismo día de su muerte, fue un magnífico jiujitsuista mental exento de fobias. A él está dedicada esta demérita y caprichosa minidespotricación.


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Email del 15 de marzo 2023

Putain merde (Sin autor y sin fecha)

Hace algunos años mi editor de entonces, que también era el proporcionador de amantes de un ministro muy conocido, me pidió que escribiera un ensayo sobre la salinidad. Aunque le contesté que por él yo mataba y que por supuesto lo escribiría, el asunto me pareció demasiado imbécil como para dedicarle los esfuerzos que exige esa serie de reflexiones sobre un tema que supone un ensayo. Aún así trabajé como burro durante meses, visité todas las webs, tanto en castellano como en otros idiomas, que versaran sobre las sales disueltas, y cuando lo concluí se lo envié reverencialmente por medio de un email que olía a salitre. Su contestación por vía telefónica varios días más tarde me dejó un poco turbado…
—¡Greg, qué cojones es esto?
—¿Qué cojones es el qué?
—Esta mierda que me has enviado.
—¿No te gusta? Pues no lo puedo hacer mejor. Le he dedicado más esfuerzo que a cualquier otro de mis textos.
—¡No lo pongo en duda! ¿Pero para qué quiero yo un ensayo de 600 páginas sobre la salinidad?
—¿Cómo que para qué quieres…?
—Te pedí un ensayo sobre la senilidad. ¡La senilidad! ¡Tío, estás agilipollado! ¿Qué coño hago ahora con este disparate salobre?
—¡Me dijiste salinidad! ¡Salinidad! Recuerdo que me quedé un poco extrañado por el tema y te pregunté si estabas seguro, a lo que me respondiste que te lo habían pedido y que ya tenías garantizadas varias ediciones en numerosos idiomas.
—¡Claro! Pero sobre la jodida senilidad. ¿A quién coño le importa la salinidad de los putos suelos?
—¡Joder, he perdido siete meses con ese estudio! ¡Tienes que publicarlo!
—Greg, ¿sabes una cosa? ¡Quedas salíferamente despedido!
Una vez hubo colgado el teléfono sentí ganas de coger el AVE, dirigirme a la capital de España, que es donde ese infrahumano vivía, y golpearlo hasta la muerte con un CTD, pero intenté relajarme acariciando una perfecta reproducción de unos testículos de bisonte que alguien me había regalado alguna vez.

Dos o tres meses más tarde finalicé un ensayo sobre los editores literarios al que titulé Aaaaaaggggggggg y que terminé coeditando conmigo mismo. Al cabo de un tiempo recibí un email muy interesante firmado por un tal «La mano negra peluda» que reproduzco a continuación en su totalidad…

«Señor, o monseñor o ruiseñor, Gregorio u Honorio, o tal vez Liborio:

En ocasiones un sonotone puede obrar milagros. Dicen que si el famoso sordomudo e impedido mental Don Cosme de Avellanar III hubiera podido acceder a uno de esos aparatitos tres siglos antes de que se inventaran, doña Ana Constancia de Casamelar nunca se hubiese esposado con Don Fructuoso von García, hijo ilegítimo del primero y marqués de los Palafreneros y las Caballerizas.

La mano negra peluda».

Naturalmente la redacción delataba sin lugar a dudas a mi antiguo editor y alcahuete que se mofaba de mí por un insignificante error auditivo, por lo que le contesté en su misma jerga…

«Señor editor, impositor y genitor:

En ocasiones un supositorio puede obrar orgasmos. Cuentan las leyendas de mi barrio -que un día fue pueblo-, que si el ilustre sodomizador y devorador de vergas, don Maximino Ayala XXII hubiera podido acceder a un consolador de látex de 43 cm de largo y 14 de diámetro nunca hubiera tenido que acabar sus días (y sus noches) siendo empalado por posaderos, mesoneros y venteros de baja calaña.

La mano blanca afeitada (y con guantes)».

Supongo que mi contestación lo hirió en lo más profundo de su corazón varonil y acemilosexual porque al día siguiente recibí la contestación…

«Señor de las manos enguantadas:

Si contempla detenidamente la foto adjunta verá que es un ojete. ¡Mi ojete! Como podrá observar, en un esfínter tan pequeñito es totalmente imposible que quepa un supositorio. Ni siquiera un supositorio infantil. Pero hablando de la infancia, cuando era pequeñito el estreñimiento fue un gran problema para mí. Recuerdo a mi madre… ¡Ah, qué gran señora! No hay día en que no la recuerde troceando o incluso disolviendo los supositorios de glicerina Rovi y haciéndomelos tragar por medio de una cucharilla de café a la que llamaba «avión 323». Ese simple acto de amor maternal provocaba en mí que todas las mañanas después de levantarme corriera al aseo y descargara una tremenda cantidad de mierda inimaginable para un ser con tan poca imaginación (por no hablar de su sordera) como usted. Todavía conservo algunas fotos de mis deposiciones de entonces. Mañana o pasado mañana le enviaré unas cuantas. ¡Se lo prometo!

La mano negra peluda con un anillo en el dedo anular».

Obviamente no iba a dejar que me enviara porquerías, pues soy muy escrupuloso, así que esa misma tarde le regalé mi casa a un sin techo que se llamaba igual que yo, y fue quien, como era de esperar, recibió las fotos. Años más tarde me enteré de que el nuevo inquilino del que durante 35 años fue mi hogar era un coprofágico adicto, y que disfrutó enormemente de esas fotos y de las muchas que llegaron regularmente a partir de entonces.


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Email del 13 de marzo 2023

Miguel Ángel. La creación de Adán (1511)

Me encontraba jugando contra mí mismo al chaturanga, cuando se me ocurrió comprobar cómo respondería el asistente de voz de Google ante una pregunta con poca o nula función fática y absolutamente ridícula.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran ahora mis testículos?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 12 grados y la interior de 35.8 grados.
Estaba claro que el listillo del sistema de Google simplemente intentaba colarme la temperatura de la ciudad como temperatura de mis huevos, por lo que se me ocurrió poner la estufa a máxima potencia durante dos horas, tras las cuales volví a hacerle la misma pregunta, pero un poco disfrazada con algunas palabras de relleno.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están en estos mismísimos instantes mis dos idolatrados testículos, Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 25 grados. La interior de Nabucodonosor es de 35.3 y la de Nebuzaradam de 36 grados.
Lo primero que pensé cuando escuché la respuesta es que aquello se pasaba de castaño oscuro. Quiero decir, bueno, nunca he permitido que nadie estuviera en disposición de saber nada sobre mí… ¡y menos sobre mis pobres gónadas! Y ahora parece ser que todo el mundo, y entre esa jodida totalidad, hasta los programas y aplicaciones de cualquier sistema trataban con cierta familiaridad a mis cojones y se dirigían a ellos por sus nombres de batalla. ¡Vale! Me he pasado con lo de cualquier sistema, pero de alguna forma me sentí violado glandularmente, así que volví a hacer otra prueba: esta vez cogí dos bolsas de hielo del congelador y envolví a Nabu y Nebu con ellas durante 45 minutos. Durante el proceso estornudé en 14 ocasiones y sufrí un amago de erección, pero aguanté hasta el último minuto con la gallardía propia del género masculino perteneciente al clan López.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 3 grados. La interior de Nabucodonosor de 34.5 y la de Nebuzaradam de 35.1 grados.
¡No me lo podía creer! Lo primero que se me ocurrió es que todavía estaba borracho por el cubata que me había tomado dos años antes, pero inmediatamente pensé que las pruebas no eran totalmente concluyentes, así que lo mejor que podía hacer era pasar directamente al plan B. Y el plan B se llamaba Ramón, y era mi vecino.
—¡Hombre, Greg! ¿Qué te cuentas? Pasa, pasa…
—¡Ramón, necesito que midas la temperatura de tus testículos! Mira, he traído un termómetro por si tú no tenías.
—¡Jajajajajaja! Siempre has sido muy imaginativo. ¿Qué quieres tomar?
—Ramón, te estoy diciendo la verdad. ¡Necesito saber cuál es la temperatura de tus testículos!
—Yo solo proporciono ese tipo de información a las titis. ¡Jajajajajaja!
—Ramón, escúchame bien. Y, por favor, deja de reírte como un borrico. Necesito tus huevos… bueno tus huevos no, solo la temperatura de ambos.
Me pasé 20 minutos intentando explicarle el porqué de mi comportamiento, hasta que llegó un punto en que, o bien lo comprendió, o simplemente se resignó a seguir un juego que realmente no existía.
—Toma el termómetro y póntelo entre ambos… ejem…
—¡Dame, coño! ¡Ya! ¿Cuánto tiempo tengo que esperar?
—¡Nada! Este termómetro es marca Omron y solo necesita 5 segundos. ¡Sácalo y veamos qué marca!
—A ver… ¡26 grados! ¡Y ahora qué?
—Déjame hacer, Ramón. ¡Ok Google…! ¡Espera! ¿Cómo se llama cada uno?
—¿Cómo se llaman quiénes?
—Tus huevos, ¿quiénes van a ser?
—¿Cómo se llaman mis huevos? ¿Pero tú estás chalado? ¿Los tuyos tienen nombre?
—Sí, uno es Nabucodonosor y el otro Nebuzaradam.
—¡Jajajajajajaja! ¡Chico, estás colgado! ¡Jajajajajajaja!
—¿Entonces no tienen nombre?
—¡No, no tienen nombre! ¡Ni siquiera apellidos! ¡Jajajajajajaja!
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran los testículos de Ramón Flores?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón Flores es de 26 grados y la interior de 35.9 grados —susurró Google.
—¿Ves, Ramón?
—Um, no sé. Eso, francamente no me dice demasiado.
—¡Sí! ¡Deberíamos hacer más pruebas! ¿Tienes hielo? ¿Sí? ¡Perfecto! ¡Introdúcelos entre los cubitos durante 20 minutos!
Y Ramón se los enrolló durante ese tiempo. Y tal y como me había sucedido a mí, estornudó unas cuantas veces y tuvo un amago de erección que lo ruborizó al principio, aunque en unos minutos volvió a ser el mismo de siempre.
—¡Caray, qué bien empalmo! ¡Incluso con frío polar!
—¡Deja la testosterona a un lado y dime qué marca el termómetro?
—¡2 putos grados! ¡He empalmado a dos putos grados!
—¡Ok, Google! ¿Cuál es la temperatura de los testículos de Ramón ahora?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón ahora es de 2 grados y la interior de 35.7 grados —bisbiseó el asistente de la multinacional.
—¡Increíble!
—¡Pues Greg, ¿qué quieres que te diga? ¡Yo no lo veo tan increíble!
—¡Ramón, mete los huevos en el microondas durante unos segundos y luego volvemos a hacerle la pregunta a…!
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Mételos tú, tío! ¡Pero en mi microondas no!
—¡Pero Ramón!
Pero Ramón no quiso seguir con el juego, así que decidí volver a mi casa y continuar con el experimento.
—¡Ok, Google! ¿Cuál es mi temperatura anal en estos mismos instantes?
—¡Señor López! ¡Le vigilamos! ¡Deje de comportarse como un niñito oligofrénico! La temperatura de su ano es la misma que la de su cerebro. ¿Todavía no se había dado cuenta?
Tras semejante respuesta volví a ponerme el tablero y las piezas del chaturanga sobre las rodillas y proseguí el juego a partir del punto en que lo había dejado antes de las malditas comprobaciones.


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Email (TOTALMENTE ANTIFALLERO) del 11 de marzo 2023

Amparo Salvador Martinez. (Desconozco el título de esta puta mierda de cuadro)

Querida:

Dicen que Jesús de Nazaret visitó Valencia (entonces llamada Valentia Edetanorum) en el año 24 y que tras comerse un par de raciones de paella se sintió tan extraordinariamente satisfecho que gritó al cielo “Estic fart, ja no puc més. ¡Cague en la mare que et va parir, això està rebó!”. Según una facción de historiadores de la terreta, el idioma valenciano fue inventado por Jesucristo tras llegar a una especie de transverberación mística después de que la cuchara de madera pulida descubriera pegado al fondo el sabroso socarrat. Y que su pasión por dicha exquisitez le trastornó tanto que para su regreso a Galilea contrató los servicios de Cayo Lucius Aulus, el mercader de arroces en su punto justo, para que le hiciera llegar sus delicias favoritas cada cierto tiempo. Sin embargo la asociación duró poco, pues tras no cobrar ninguno de sus pedidos, Cayo Lucius se casó consigo mismo y acabó encerrado en un insanis domum donde terminó sus días intentando musicalizar su poema Imbecillitas mentis. En cuanto a Jesús, bueno, todos sabemos cómo acabó todo…

Esta historia está patrocinada por Arroces Marianela Alborch e Hijos. Mañana, si todavía no ha acabado conmigo ningún fallero en serie, te contaré otra similar. Hasta entonces te deseo lo mejor, por supuesto dentro de una determinada regularidad. Me consta que los hijos de Marianela te desean lo mismo. Marianela Alborch no te desea nada porque falleció hace 18 años cuando perdió el equilibrio, cayó dentro de una paella gigante y se sofrió durante las celebraciones de las Fallas tailandesas.

Greg López Alborch


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email del 10 de marzo 2023

Chaim Soutine. Carcass of beef (1924)

Amiga:

Hace un par de años asistí a un congreso sobre la felicidad. En realidad tenía una invitación a una conferencia sobre los múltiples beneficios de la infelicidad que se ofrecía en la misma calle. Las prisas me jugaron una mala pasada y entré en el local equivocado. Observar los caretos y escuchar las memeces de tantos tipos y tipas completamente satisfechos con sus existencias me pasó factura. Mientras me sacaban en una camilla echando espumarajos por la boca y me empotraban contra la pared metálica de la ambulancia del SAMU, reflexioné acerca de ese concepto tan abstracto y llegué a una inusitada conclusión. Días más tarde, cuando me dieron el alta en el hospital y volví a la solemne decadencia de mi hogar, aproveché un aflato repentino para escribir acerca de la tristeza sobrecogedora, las circunstancias y el insostenible peso de la existencia. Como el texto resultante, que todavía carece de título, es imprudentemente extenso (634 páginas) y su desarrollo está demasiado cercano a las tres grandes íes, es decir, incoherencia, insensatez e irracionalidad, he decidido recomendarte que no lo compres cuando sea editado, aunque voy copiarte un pequeño extracto que, de alguna manera, define y resume la absoluta totalidad del tocho.

Cuando se aceptan las circunstancias, uno puede abordar la existencia sin alebrarse y con un cierto aire de misterio. Este misterio puede presentarse como un abigarrado boscaje a través del cual uno, perdido, con el tiempo prestado y con la concentración al límite de la alienación más absoluta, pretende llegar a alguna parte. A cualquier espesura silenciosa repleta de oscuridad evanescente donde vea satisfechas sus necesidades intelectuales, emocionales y, sobre todo, sociales. En otras palabras, reflejándonos en el lugar donde nos encontremos en cada instante.

Tú eres el reflejo de dónde te encuentras en este momento.
Él es el reflejo de dónde se encuentra en este momento.
Ellos son los reflejos de dónde se encuentran en este momento.

Por lo tanto, y como he subrayado anteriormente:

Yo soy el reflejo de dónde me encuentro en este momento.
Y me encuentro en ninguna parte.
Y me encuentro en ninguna parte.
Y me encuentro en ninguna parte.


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Email del 5 de marzo 2023

Pieter Bruegel, the Elder. Faith (1560)

Extracto del segundo acto de Zrufzrefzrifzrof, drama teatral en cinco actos.

VENERADO LÍDER: ¡Todos sabéis lo que sucedió! Os lo he relatado en multitud de ocasiones. ¿Quién amaneció rodeado de ternascos y recentales níveos… tan blancos como las paredes recién encaladas?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¿Y quién se dejó ungir con carpobálsamo mientras sollozaba de júbilo al ver a sus congregantes henchidos gracias a la complacencia de Zefzifzofza, la madre incorpórea de todas las deidades?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: Oh, hermanos míos. Deberíamos dejar que Zrufzrefzrifzrof siguiera morando en nuestras entrañas. Recordad la parábola del labriego falto de fe. Recordad cómo en la sempiterna soledad de su cubículo vio una flor líquida antes de abandonar su cuerpo. La flor acuosa de Zefzifzofza, la madre incorpórea de todas las deidades. Intentad recordar las palabras del decimosexto axioma que, como todos sabéis, no es más que un compendio de los Siete Tratados Demostrables escritos por su hijo, el hijo de Zefzifzofza y Zrozrazino, para solemnizar a El Único y al más grande, Zrapzripzropprop, el hermano varón de Zrufzrefzrifzrof que nació muerto. ¿Quién lloró durante 30 siglos lágrimas amarescentes?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: Sí, es cierto… ¿pero quién más sollozó junto a su vera?
FIELES: ¡Zrozrazino!
VENERADO LÍDER: ¡Cierto! ¡Tan cierto como la infatuación que se agazapa abatatada en mi corazón! ¡Zrozrazino! Hijo de Zregzrag y Zuerzuarka. Sin embargo… sin embargo alguien, oculto tras los matojos secos de salenquera y escaramujo, intentó en vano y por medio de la Santa Trabilla del Martirio transformar las excreciones lagrimales en secreciones excrementales, para de esa manera terminar con el culto de la fe y del sacrificio. ¿Quién, hermanos míos, fue ese ser execrable, rastrero, canalla y cruel? ¿Recordáis su nombre?
FIELES: ¡Zronzrozraszras! ¡Zronzrozraszras! ¡Zronzrozraszras!
VENERADO LÍDER: ¡Zronzrozraszras! También llamado Zrufruzco o Frozfraz el pelusero. Él y su tercer vástago, de nombre absolutamente impronunciable, fueron encerrados en las moradas brocantes como punición por sus vilezas e iquinidades. Eso no constituyó ningún contratiempo para que Zrusfrustrazas y Zrushzrushzrosh intentaran asesinar a El Único y al más grande…
FIELES: ¡Zrapzripzropprop!
VENERADO LÍDER: Gracias al poder y la gloria otorgados por…
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¡Zrufzrefzrifzrof!
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¿Quién untó de mantequilla el ano de Maria Schneider y luego la sodomizó?
FIELES: ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof! ¡Zrufzrefzrifzrof!
VENERADO LÍDER: ¡No! ¡Marlon Brando!


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