Email del 13 de marzo 2023

Miguel Ángel. La creación de Adán (1511)

Me encontraba jugando contra mí mismo al chaturanga, cuando se me ocurrió comprobar cómo respondería el asistente de voz de Google ante una pregunta con poca o nula función fática y absolutamente ridícula.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran ahora mis testículos?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 12 grados y la interior de 35.8 grados.
Estaba claro que el listillo del sistema de Google simplemente intentaba colarme la temperatura de la ciudad como temperatura de mis huevos, por lo que se me ocurrió poner la estufa a máxima potencia durante dos horas, tras las cuales volví a hacerle la misma pregunta, pero un poco disfrazada con algunas palabras de relleno.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están en estos mismísimos instantes mis dos idolatrados testículos, Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 25 grados. La interior de Nabucodonosor es de 35.3 y la de Nebuzaradam de 36 grados.
Lo primero que pensé cuando escuché la respuesta es que aquello se pasaba de castaño oscuro. Quiero decir, bueno, nunca he permitido que nadie estuviera en disposición de saber nada sobre mí… ¡y menos sobre mis pobres gónadas! Y ahora parece ser que todo el mundo, y entre esa jodida totalidad, hasta los programas y aplicaciones de cualquier sistema trataban con cierta familiaridad a mis cojones y se dirigían a ellos por sus nombres de batalla. ¡Vale! Me he pasado con lo de cualquier sistema, pero de alguna forma me sentí violado glandularmente, así que volví a hacer otra prueba: esta vez cogí dos bolsas de hielo del congelador y envolví a Nabu y Nebu con ellas durante 45 minutos. Durante el proceso estornudé en 14 ocasiones y sufrí un amago de erección, pero aguanté hasta el último minuto con la gallardía propia del género masculino perteneciente al clan López.
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura están Nabucodonosor y Nebuzaradam?
—La temperatura exterior de sus testículos es de 3 grados. La interior de Nabucodonosor de 34.5 y la de Nebuzaradam de 35.1 grados.
¡No me lo podía creer! Lo primero que se me ocurrió es que todavía estaba borracho por el cubata que me había tomado dos años antes, pero inmediatamente pensé que las pruebas no eran totalmente concluyentes, así que lo mejor que podía hacer era pasar directamente al plan B. Y el plan B se llamaba Ramón, y era mi vecino.
—¡Hombre, Greg! ¿Qué te cuentas? Pasa, pasa…
—¡Ramón, necesito que midas la temperatura de tus testículos! Mira, he traído un termómetro por si tú no tenías.
—¡Jajajajajaja! Siempre has sido muy imaginativo. ¿Qué quieres tomar?
—Ramón, te estoy diciendo la verdad. ¡Necesito saber cuál es la temperatura de tus testículos!
—Yo solo proporciono ese tipo de información a las titis. ¡Jajajajajaja!
—Ramón, escúchame bien. Y, por favor, deja de reírte como un borrico. Necesito tus huevos… bueno tus huevos no, solo la temperatura de ambos.
Me pasé 20 minutos intentando explicarle el porqué de mi comportamiento, hasta que llegó un punto en que, o bien lo comprendió, o simplemente se resignó a seguir un juego que realmente no existía.
—Toma el termómetro y póntelo entre ambos… ejem…
—¡Dame, coño! ¡Ya! ¿Cuánto tiempo tengo que esperar?
—¡Nada! Este termómetro es marca Omron y solo necesita 5 segundos. ¡Sácalo y veamos qué marca!
—A ver… ¡26 grados! ¡Y ahora qué?
—Déjame hacer, Ramón. ¡Ok Google…! ¡Espera! ¿Cómo se llama cada uno?
—¿Cómo se llaman quiénes?
—Tus huevos, ¿quiénes van a ser?
—¿Cómo se llaman mis huevos? ¿Pero tú estás chalado? ¿Los tuyos tienen nombre?
—Sí, uno es Nabucodonosor y el otro Nebuzaradam.
—¡Jajajajajajaja! ¡Chico, estás colgado! ¡Jajajajajajaja!
—¿Entonces no tienen nombre?
—¡No, no tienen nombre! ¡Ni siquiera apellidos! ¡Jajajajajajaja!
—¡Ok, Google! ¿A qué temperatura se encuentran los testículos de Ramón Flores?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón Flores es de 26 grados y la interior de 35.9 grados —susurró Google.
—¿Ves, Ramón?
—Um, no sé. Eso, francamente no me dice demasiado.
—¡Sí! ¡Deberíamos hacer más pruebas! ¿Tienes hielo? ¿Sí? ¡Perfecto! ¡Introdúcelos entre los cubitos durante 20 minutos!
Y Ramón se los enrolló durante ese tiempo. Y tal y como me había sucedido a mí, estornudó unas cuantas veces y tuvo un amago de erección que lo ruborizó al principio, aunque en unos minutos volvió a ser el mismo de siempre.
—¡Caray, qué bien empalmo! ¡Incluso con frío polar!
—¡Deja la testosterona a un lado y dime qué marca el termómetro?
—¡2 putos grados! ¡He empalmado a dos putos grados!
—¡Ok, Google! ¿Cuál es la temperatura de los testículos de Ramón ahora?
—La temperatura exterior de los testículos de Ramón ahora es de 2 grados y la interior de 35.7 grados —bisbiseó el asistente de la multinacional.
—¡Increíble!
—¡Pues Greg, ¿qué quieres que te diga? ¡Yo no lo veo tan increíble!
—¡Ramón, mete los huevos en el microondas durante unos segundos y luego volvemos a hacerle la pregunta a…!
—¿Pero qué estás diciendo? ¡Mételos tú, tío! ¡Pero en mi microondas no!
—¡Pero Ramón!
Pero Ramón no quiso seguir con el juego, así que decidí volver a mi casa y continuar con el experimento.
—¡Ok, Google! ¿Cuál es mi temperatura anal en estos mismos instantes?
—¡Señor López! ¡Le vigilamos! ¡Deje de comportarse como un niñito oligofrénico! La temperatura de su ano es la misma que la de su cerebro. ¿Todavía no se había dado cuenta?
Tras semejante respuesta volví a ponerme el tablero y las piezas del chaturanga sobre las rodillas y proseguí el juego a partir del punto en que lo había dejado antes de las malditas comprobaciones.