
Hace algunos años mi editor de entonces, que también era el proporcionador de amantes de un ministro muy conocido, me pidió que escribiera un ensayo sobre la salinidad. Aunque le contesté que por él yo mataba y que por supuesto lo escribiría, el asunto me pareció demasiado imbécil como para dedicarle los esfuerzos que exige esa serie de reflexiones sobre un tema que supone un ensayo. Aún así trabajé como burro durante meses, visité todas las webs, tanto en castellano como en otros idiomas, que versaran sobre las sales disueltas, y cuando lo concluí se lo envié reverencialmente por medio de un email que olía a salitre. Su contestación por vía telefónica varios días más tarde me dejó un poco turbado…
—¡Greg, qué cojones es esto?
—¿Qué cojones es el qué?
—Esta mierda que me has enviado.
—¿No te gusta? Pues no lo puedo hacer mejor. Le he dedicado más esfuerzo que a cualquier otro de mis textos.
—¡No lo pongo en duda! ¿Pero para qué quiero yo un ensayo de 600 páginas sobre la salinidad?
—¿Cómo que para qué quieres…?
—Te pedí un ensayo sobre la senilidad. ¡La senilidad! ¡Tío, estás agilipollado! ¿Qué coño hago ahora con este disparate salobre?
—¡Me dijiste salinidad! ¡Salinidad! Recuerdo que me quedé un poco extrañado por el tema y te pregunté si estabas seguro, a lo que me respondiste que te lo habían pedido y que ya tenías garantizadas varias ediciones en numerosos idiomas.
—¡Claro! Pero sobre la jodida senilidad. ¿A quién coño le importa la salinidad de los putos suelos?
—¡Joder, he perdido siete meses con ese estudio! ¡Tienes que publicarlo!
—Greg, ¿sabes una cosa? ¡Quedas salíferamente despedido!
Una vez hubo colgado el teléfono sentí ganas de coger el AVE, dirigirme a la capital de España, que es donde ese infrahumano vivía, y golpearlo hasta la muerte con un CTD, pero intenté relajarme acariciando una perfecta reproducción de unos testículos de bisonte que alguien me había regalado alguna vez.
Dos o tres meses más tarde finalicé un ensayo sobre los editores literarios al que titulé Aaaaaaggggggggg y que terminé coeditando conmigo mismo. Al cabo de un tiempo recibí un email muy interesante firmado por un tal «La mano negra peluda» que reproduzco a continuación en su totalidad…
«Señor, o monseñor o ruiseñor, Gregorio u Honorio, o tal vez Liborio:
En ocasiones un sonotone puede obrar milagros. Dicen que si el famoso sordomudo e impedido mental Don Cosme de Avellanar III hubiera podido acceder a uno de esos aparatitos tres siglos antes de que se inventaran, doña Ana Constancia de Casamelar nunca se hubiese esposado con Don Fructuoso von García, hijo ilegítimo del primero y marqués de los Palafreneros y las Caballerizas.
La mano negra peluda».
Naturalmente la redacción delataba sin lugar a dudas a mi antiguo editor y alcahuete que se mofaba de mí por un insignificante error auditivo, por lo que le contesté en su misma jerga…
«Señor editor, impositor y genitor:
En ocasiones un supositorio puede obrar orgasmos. Cuentan las leyendas de mi barrio -que un día fue pueblo-, que si el ilustre sodomizador y devorador de vergas, don Maximino Ayala XXII hubiera podido acceder a un consolador de látex de 43 cm de largo y 14 de diámetro nunca hubiera tenido que acabar sus días (y sus noches) siendo empalado por posaderos, mesoneros y venteros de baja calaña.
La mano blanca afeitada (y con guantes)».
Supongo que mi contestación lo hirió en lo más profundo de su corazón varonil y acemilosexual porque al día siguiente recibí la contestación…
«Señor de las manos enguantadas:
Si contempla detenidamente la foto adjunta verá que es un ojete. ¡Mi ojete! Como podrá observar, en un esfínter tan pequeñito es totalmente imposible que quepa un supositorio. Ni siquiera un supositorio infantil. Pero hablando de la infancia, cuando era pequeñito el estreñimiento fue un gran problema para mí. Recuerdo a mi madre… ¡Ah, qué gran señora! No hay día en que no la recuerde troceando o incluso disolviendo los supositorios de glicerina Rovi y haciéndomelos tragar por medio de una cucharilla de café a la que llamaba «avión 323». Ese simple acto de amor maternal provocaba en mí que todas las mañanas después de levantarme corriera al aseo y descargara una tremenda cantidad de mierda inimaginable para un ser con tan poca imaginación (por no hablar de su sordera) como usted. Todavía conservo algunas fotos de mis deposiciones de entonces. Mañana o pasado mañana le enviaré unas cuantas. ¡Se lo prometo!
La mano negra peluda con un anillo en el dedo anular».
Obviamente no iba a dejar que me enviara porquerías, pues soy muy escrupuloso, así que esa misma tarde le regalé mi casa a un sin techo que se llamaba igual que yo, y fue quien, como era de esperar, recibió las fotos. Años más tarde me enteré de que el nuevo inquilino del que durante 35 años fue mi hogar era un coprofágico adicto, y que disfrutó enormemente de esas fotos y de las muchas que llegaron regularmente a partir de entonces.