
Mi frustración¹ como despotricador, o mejor dicho, la etiología de este hecho singular, unida a la necesidad más o menos forzosa de resolver cuanto antes algunos de los desbarajustes que desde diferentes ángulos, algunos de ellos imposibles, me atosigan como tábanos circunstanciales, me ha llevado a afirmar en multitud de ocasiones que la existencia, o eso que algunos bienaventurados profesionales denominan «realidad», es un disparate complejo, decepcionante y absurdo. Sin embargo no voy a tratar ahora de contradecir esas ideas ecuánimes, aunque estoy convencido de que eso quizá me haría más interesante, o por lo menos, más furiosamente rebatible, pues sería demasiado sencillo considerar que mi insurrección subjetiva es el resultado de un proceso isócrono e interno.
Odio admitirlo, pero si realmente existiera un autor omnisciente que hubiera escrito cada uno de los errores argumentales que han terminado por encerrarme en esta maldita ergástula de por vida, y que al mismo tiempo pudiera convertirse en el único receptor para los miles de insultos enconados e imprecaciones sanguificadas que se me ocurren, entonces, es posible que mi amargura huera y desgalichada se transformara en júbilo, pompa y esplendor.
Llegados a este punto tan solemne, me gustaría que cualquier atisbo de majestuosidad ampulosa, falsedad subliminal o ausencia total de ingenio y empatía que seáis capaces de percibir en este texto intencionadamente imperfecto os exploten en la puta cara.
(1) Achuco Delasaca escribió su obra maestra Ensayos preternaturales acerca del fracaso a la sombra de un ciruelo bajo la copa de un cerezo. Obviamente la dendrología no era su fuerte. Ni falta que le hacía pues, aparte de ser mi mentor y amigo hasta el mismo día de su muerte, fue un magnífico jiujitsuista mental exento de fobias. A él está dedicada esta demérita y caprichosa minidespotricación.