Email del 23 de marzo 2023

Agnes Martin. Drops (1961)

Las gotas cuya incoloridad, inodoridad e insipidez no estuvieran enteramente demostradas eran rápidamente descartadas y arrinconadas en una inmensa cubeta cilíndrica de vidrio de borosilicato, desechada de experimentos de mediciones espectrofotométricas fallidos, cuyo único fin era mantener los átomos de hidrógeno y de oxígeno acomodados en su propia nada categórica, absoluta e incondicional. Mientras eso sucedía, yo me encontraba en una sala anexa, sentado sobre un taburete metálico demasiado bajo y de aspecto francamente industrial escuchando el plinc acuoso del líquido elemento y algunas incongruencias más o menos chocarreras de ciertos biotecnólogos.

Dicen que escuchar repetidamente el sonido del agua relaja nuestras mentes. Sin embargo ese continuo y exasperante goteo solo me relajó el esfínter, de modo que de mala gana me levanté y me dirigí al aseo. Me encontraba sentado sobre el inodoro haciendo fuerza mientras luchaba contra ciertos elementos prostáticos cuando algunos de los llamados Dioses Indefinidos, como Vahalah, Zutl y Senaeftr se inmiscuyeron en mis pensamientos. Sus interpretaciones teoréticas sobre los seres humanos y su continuo forrajeo existencial llegaron a conmoverme tanto que una vez levantado y subido los pantalones, decidí que debía dejar mi trabajo y dedicar todas las horas futuras a continuar mi retiro hipocondriaco, evitando de alguna u otra manera esas malditas ideas suicidas.

Lamentablemente, no llegué a poner en práctica mis deseos anteriores, pues nada más salir del laboratorio me atropelló una moto. Cuando intentaba ponerme de pie para apalizar al motorista me mordió un perro al que logré meterle una patada de Muay Thai en la trufa que evitó que sus fauces acabaran engulléndome. Cuando me dirigía bastante maltrecho hacia un banco de madera que desde un lado de la acera vigilaba el porvenir, me derribó un Kalanchoe embutido en una maceta bastante grotesca de terracota que terminó de una vez por todas con mis anteproyectos, proyectos y vulgares intenciones.

Han pasado varios años. Mis días y mis noches no son demasiado diferentes a los días y las noches del sujeto que fui alguna vez. Vivo en un hospital privado y las escandalosísimas facturas son abonadas por Vahalah, Zutl y Senaeftr, los denominados Dioses Indefinidos; y aunque nunca vienen a visitarme, sé que de alguna manera están cerca de mí, algunas veces incluso los noto dentro de mí, sobre todo cuando me tienen que hacer alguna dolorosa perrería médica. Los que sí vienen a verme y se sientan enfrente de mi cama envalentonados porque saben que no puedo echarlos son los técnicos del laboratorio del H2O. En ocasiones se traen Phoskitos y Bollycaos y se los comen como si fueran cerdos salvajes mientras se carcajean y se miran los unos a los otros y sus bocas marrones y goteantes hacen ruidos insoportables. Si pudiese incorporarme… o por lo menos si Vahalah, Zutl y Senaeftr pudieran materializarse. O convertirse en gotas. En gotas dotadas del mismo poderío que atesoran como divinidades indefinidas y poco accesibles. Si el plinc