Email del 29 de octubre 2023

Yo nací pirado…
Hace más de cuatro meses que no te escribía. Recordarás que el último correo electrónico que te envié fue el 28 de junio. Desde ese día me han sucedido un montón de cosas, algunas de ellas bastante interesantes, como la aparición de Nyarlathotep en mankini durante una pesadilla y un repentino ataque de vitiligo en el tubérculo de Darwin. Pero también he escrito algunos relatos breves que son sustancialmente mejorables y he modernizado la receta de mi sashimi de pez fugu al microondas. Sin embargo, no es del plato japonés de lo que te quiero hablar, sino de mis nuevos relatos. Hasta el momento tengo siete completamente terminados y otros siete completamente comenzados. El primero que escribí, y posiblemente mi favorito, se titula La resurrección de Cleón Llagaria. A continuación te pegaré los tres primeros párrafos para que te hagas una pequeña idea…
«Dicen que Cleón Llagaria ha resucitado. Bueno, también dicen que estamos dotados de libre albedrío. La verdad es que nunca me importó Cleón cuando estaba vivo. Ni siquiera derramé una jodida lágrima por él o sus atribulados retoños cuando estiró la patita, así que no es extraño que me siga importando bien poco en su pretendida resurrección. También ese tipo, Jesús, volvió a la vida hace dos mil y pico años. Al menos eso es lo que se lee en la Biblia, aunque puedo jurar por todos los hijos ilegítimos de todas las parejas disfuncionales que siempre me la ha refanfinflado. Me refiero a Jesús, el dechado de virtudes viviente, aunque mi refanfinfla es extensible a todos los hijos ilegítimos de todas las parejas disfuncionales, a todos los bastardos legítimos de todas las relaciones sanas y a sus ascendientes o descendientes. En realidad todo me importa una mierda. Y a mi lado destructivo también. Lo sé de buena tinta.
Dicen que la viuda de Cleón Llagaria padece de endometriosis. Algunos van más lejos y aseguran que en realidad tiene endometritis sincitial. Eso querría decir que estuvo embarazada de alguien tras la muerte de Cleón hace ahora nueve años. ¡Quizá el Espíritu Santo volvió a hacer de las suyas! Sea lo que fuere, sigue sin importarme una mierda. Si le duele el toto, que se opere. En cuanto al Espíritu Santo… ¡ah! el jodido y falto de conciencia corporal tercer miembro afiliado de la Santísima Trinidad, también llamado el Consolador. Mi última pareja tenía un consolador de dimensiones descomunales. Es extraño, siempre se refería a él como «mi Paráclito». «¿Dónde está mi Paráclito, Greg?», «¿Has visto a mi tesoro, mi Paráclito?» Yo siempre le respondía que acababa de empeñarlo para ponerla frenética, pues era de la única manera que podía correrse. Sí, era una anorgásmica de cuidado. Ya fuera conmigo taladrando(la), o con su amante perforando(la), o incluso con su Paráclito empalando(la) era incapaz de llegar al éxtasis. Incluso Santa Teresa a menudo alcanzaba el éxtasis, claro que para ello se ayudaba de un pequeño hongo parásito que crece en el centeno y en otros cereales.
Dicen que las últimas palabras de Cleón Llagaria antes de… ejem… espicharla, fueron «De vegades la meva vida és tan esgarrifosa». También mi existencia es espeluznante. Y a menudo me quejo de ello mientras me retuerzo como una columna salomónica. También dicen que aunque no soy Cleón siempre digo que no. Me gusta el no. Sólo una vez dije sí, aunque no tardé demasiado en lamentarlo. La negación es la única forma que tengo de protegerme de los borregos de Dios, de los pseudos y las tendencias (y las flatulencias), de la fritanga oleaginosa y de los wantun congelados, de las gaviotas, de las águilas, de los cetros y de los sayales, de los golfos apandadores, de ellos, ellas, elles, del apocalipsis zombi dirigido desde la putrefacción por Cleón… Cleón Llagaria. ¡Oh, aunque te alabamos, escúpenos Señor!»
El segundo relato por orden de preferencia se titula La cinomaniaca tararira Francín y Pupín, Ñoca, Trotas y Marada, aunque puede que cambie el título a El gato Marada. El argumento es tan enrevesado como su título pero trataré de explicártelo de la manera más sencilla posible. Francín es una mujer que solo vive para sus tres perros, Pupín, Ñoca y Trotas, y su gato Marada. Un día Marada desaparece de casa y Francín sospecha de sus perros. Cuando está a punto de decidir cómo castigar a éstos, desaparece Pupín, y dos horas más tarde, Ñoca. Al día siguiente se volatiliza Trotas y esa misma noche, desaparecen la nevera, la lavadora, el lavavajillas, la cafetera, el microondas, las sillas y los sillones, las mesas y el sofá, las lámparas, la televisión, las librerías con todos sus libros, los cuadros, las alfombras, los relojes, las camas, las cortinas, las mesillas y los armarios, la ducha, el lavabo, el inodoro, los espejos y los toalleros, el ordenador, la tablet, el escritorio, las estanterías, las puertas e incluso la papelera.
Aunque el texto ocupa un montón de páginas, por lo menos para ser etiquetado como relato breve, sólo estoy satisfecho de la frase «se comportaba como si tuviera fuertes picores en su zona ciclónica catastrófica e íntima», situada en uno de los párrafos intermedios.
El tercer relato, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto, Berto y Berto, que son los hipocorísticos de los nombres Adalberto, Edelberto, Filiberto, Sigisberto, Humberto, Rigoberto, Floriberto y Dagoberto, no pasaría una evaluación psicológica seria y el cuarto, La fístula perianal de Fistulín (también llamado La fisura anal de Fisurín), necesita una revisión rigurosa que no estoy dispuesto a llevar a cabo. En cuanto al quinto y el sexto, se titulan respectivamente Ensayo sobre la mucilaginosidad y Peripecias rectales. Creo, creo que deberías leer algunos párrafos del segundo…
«Cagaba. Hacía tiempo que cagaba. Creo que en total estuve cagando durante tres cuartos de hora. Demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. Mientras los zurullos caían irregularmente sobre la parte sumergida de la taza, los pensamientos planeaban por mi azotea como si fueran buitres leonados. «¿Y si atasco el inodoro? Hoy es domingo. Un fontanero de guardia me costará un huevo y parte del otro. Creo que debería parar ya, pero tengo demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. ¡Espera! Tengo un émbolo de acordeón dormitando debajo del fregadero. Sí, sé que lo mejor sería utilizar un producto como WC NET Gel Denso pero desgraciadamente no tengo ningún desatascador comercial debajo del fregadero. No importa, dicen que el agua caliente y el jabón en santa comandita dan estupendos resultados. Pero antes tengo que seguir cagando. Tengo demasiada mierda dentro. Demasiada mierda. Pienso seguir cagando hasta que mis benditos excrementos rebosen por los desagües de los fregaderos de cada uno de mis vecinos. ¡O hasta que lleguen los bomberos! ¡Nadie detendrá el proceso! Es tan inevitable como necesario que cage toda la mierda que llevo dentro. ¡Y es mucha! Demasiada. Demasiada mierda. Te juro por la autofílica gratificación fecal que cagaré hasta que mi mierda me grite «Nunca más», como el cuervo de Poe. Hasta que mi mierda se transforme en triperóxido de triacetona. Hasta que alguien venga a salvarme de mi propia mierda. Aunque de alguna extraña manera sigo creyendo en mi mierda todopoderosa, creadora del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. Creo en una sola mierda, hija única de un proceso biológico inmundo, nacida gracias a una digestión dolorosa antes de todos los siglos…
Mi puta mierda está con vosotros. (Y con tu espíritu).
Levantemos el corazón. (Lo tenemos levantado hacia … ¿Hacia quién?).
Demos gracias al … ¿A quién? (Es justo y necesario). [Y también una imbecilidad supremamente incognoscible]».
Los vientos otoñales empiezan a instalarse en la cámara anecoica que es mi habitación. En ocasiones las gárgolas que sujetan los tomos de mi biblioteca repleta de recuerdos poco confiables me miran a los ojos mientras el silencio absoluto y la quietud delinean atmósferas de calidez e intimidad que no soy capaz de describir. ¿Enloquecimiento? Quizá. ¿Distanciamiento? ¿Ángulo cenital? ¡Espacio liminal! Capas sobre capas sobre capas de excreciones y sollozos, como si se tratara de una colosal cebolla espectral. Puedo sentirlo. ¡Joder, no tengo por qué demostrarlo!
Yo nací pirado…
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