
Tengo 62 años y pico, o lo que es lo mismo, más de 20.000 días de existencia a mis espaldas. En todos esos días sólo he entrado en una iglesia en tres ocasiones: la primera cuando me bautizaron, la segunda cuando tenía ocho años y mis padres me obligaron a tomar la comunión, y la tercera hará unos 30 años aproximadamente. Recuerdo que me encontraba fatal emocional y psíquicamente y entré en la parroquia de mi barrio. Necesitaba desesperadamente hacerle una pregunta al párroco. Y se la hice. Vaya si se la hice.
YO: Padre, soy ateo y no debería estar aquí dentro y menos hablando con usted.
CURA: No veo qué tiene de malo que un ateo entre en una iglesia. De todas formas, si tú no les cuentas nada al resto de ateos, te prometo que yo mantendré la boca cerrada.
YO: Es usted muy gracioso. ¿Sabe? Yo no concibo la vida sin humor. Así es mucho mejor… quiero decir, con humor, porque tengo que hacerle una pregunta muy muy rara.
CURA: Pues mira, yo creo que no existen las preguntas muy muy raras. Raras a secas, sí, pero muy raras o muy muy raras, estoy convencido de que no.
YO: Bueno, para mí es muy muy rara. Supongo que a usted se la habrán formulado algunas veces.
CURA: ¿Vas a preguntar o prefieres mantenerme en ascuas?
YO: Oh, sí, claro. Perdone. Yo quiero saber, en fin… Ya sabe. Bueno, no, no sabe, pero.. ¿Qué sucede cuando morimos?
CURA: ¡Que nos pudrimos!
Aquella respuesta fue mucho más de lo que me esperaba. A día de hoy, todavía creo que es la respuesta más sencilla, sincera y sensata que he recibido nunca. Porque verdaderamente el fin de la vida corresponde con el inicio de la corrupción. Sí, ya sé que existe gente viva que está corrupta, pero yo me refiero esa forma de corrupción en la que entran en juego una serie de bichitos a los que se suele denominar «fauna cadavérica».
Me llamo Greg y soy tejido vivo. Sí, tejido vivo compuesto por un elevadísimo número de células que a su vez se reproducen en una o más unidades mediante la división. Sin embargo cuando me miro al espejo sólo veo a un tipo extraño que está bastante harto de todo. Un tipo que sonríe cada siete u ocho años. Un tipo que no entiende el porqué de cada uno de esos malditos «porque» con los que se nos intenta convencer de que vivimos en un magnífico regalo llamado vida, otorgado por unos dioses que desde algún jodido rincón de algún jodido tipo de cielo nos vigilan y escriben nuestros jodidos papeles e incluso nuestros jodidos diálogos. Me llamo Greg, pero podría llamarme «esclavo repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda». Claro que si me llamara así, mi apellido debería ser un número, porque tú y tus padres y hermanos, y tus amigos y tus enemigos, todos los tipos y tipas que ves cuando te asomas por la ventana, en resumidas cuentas, el 99% de los habitantes del planeta también se llaman igual. Quizá yo sólo soy «esclavo -repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda- número 22.694.272-B». He elegido ese guarismo porque es el número de mi DNI o tarjeta de animal controlado y me lo sé de memoria, pero me hubiera dado igual cualquier otro. De la misma manera que me hubiera dado igual no haber nacido o haber nacido muerto o no haber sido concebido nunca.
Vivo en un lugar llamado Valencia, que a su vez depende de otro lugar mucho más grande llamado España, que a su vez forma parte de otro lugar mucho más grande denominado Europa, que a su vez… ¡Es todo tan absurdo! Para sentirnos diferentes o importantes o vete a saber por qué demente razón, necesitamos poner nombres a nuestros lugares. Y para que ese nombre destaque, fabricamos trapitos con colorcitos que sirven de insignia. Y componemos himnos y nos pegamos con palos, cuchillos y pistolas para defender unas supuestas identidades que nunca he sido capaz de comprender ni asimilar. Quizá es porque nunca he creído en fronteras ni banderas. Nací en ese lugar llamado Valencia, pero podría haberlo hecho en otro lugar, como por ejemplo el lugar Nigeria, o el lugar Haití, o el lugar Neptuno. ¡Ojalá hubiera nacido en el lugar Neptuno! Seguramente si hubiera nacido allí mis progenitores tendrían cuatro ojos, ocho orejas y tres patas, y puede que el color de su piel fuera verde o incluso azul. ¡Me importa una puta mierda el color! ¡Me importa una puta mierda el aspecto! ¡Me importa una puta mierda que existan tan pocos a los que todo les importe una puta mierda! Porque sólo sintiendo que todo importa una puta mierda se puede seguir resistiendo… toda esa mierda, que al fin y al cabo es la misma mierda protagonista de la frase «Me importa todo una puta mierda». No sé si lo he dejado del todo claro. Es posible que haya abusado de tanta mierda. ¡Pero, mierda! Todo se asemeja a una inmensa y compacta m…, a una gran deposición excremental diseñada desde el principio de los tiempos…
YO: Pero si la justificación de la existencia es la pudrición final, no entiendo la razón de…
CURA: ¿Y qué importa eso?
YO: ¿Y qué importa qué?
CURA: ¿Qué importa cuál es la razón que tenemos para nacer, vivir, seguir viviendo, en ocasiones con cierto o bastante dolor, seguir viviendo más todavía, para acabar pudriéndonos?
YO: Vaya, sí, pero…
CURA: Dime, ¿A qué tienes miedo?
YO: ¿A qué tengo miedo? Mi mayor temor actualmente es estar sentado en la taza del váter y que una mano por debajo me agarre los testículos y no pueda moverme. Porque, padre, si una mano te agarra de ahí mientras estás allí, no hay manera de moverse o defenderse. ¿No lo comprende? ¿No lo comprende, padre?
CURA: ¿Has pensado en sustituir el inodoro por uno de los de hace 100 años. Antes no podías sentarte, pero se necesitaba tener una puntería extraordinaria.
YO: Pero la mano puede ser muy larga. Puede ser infinita. Yo creo que es la mano de Dios. Sí, es la mano de Dios.
CURA: Creía que eras ateo.
Sigo teniendo la misma edad que en el primer párrafo, llamándome igual que en el segundo y residiendo en el mismo lugar que en el tercero. Sin embargo éste es el parágrafo cuarto. Puedo asegurar a cualquier «esclavo repetidamente sodomizado por una sociedad de mierda» que pueda leer este texto que no existirá un quinto. Puede que una posdata pequeña a modo de final apoteósico, pero no sería capaz de poner la mano en el fuego.
Greg
P.D.
A veces pienso que debería dejar de pensar.