abril 2024

Email del 18 de abril 2024

Hola:

Si todas la puertas y ventanas estuviesen abiertas, seguramente podría escapar de este espacio real, relativamente variable y extraordinariamente poco controlable que llamo «hogar». Quizá pienses que mi afirmación anterior no es más que otra estúpida boutade, probablemente influida por esa horrible sensación a la que John Koenig denomina «zenosyne», pues podría abrir cada una de esas puertas y ventanas y salir al exterior. Pero si lo hiciera, si abriera todas esas puertas y ventanas, aunque solo fuese una, y saliese afuera, siempre estaría adentro. No importa cuantas veces cerrara tras de mí esas puertas o esas ventanas, que no son más que agujeros y aberturas. Por alguna razón yo siempre estoy adentro. Incluso cuando finjo que no existe nada. Porque desgraciadamente, existe todo. Y parte de ese todo fluye, influye, construye, substituye, excluye, redistribuye y, en ocasiones, me prostituye.

Dicen que el silencio, el silencio real, es decir, esa falta total de ruido que conocemos y en algunas ocasiones disfrutamos, viene precedido de un sonido retumbante y horrísono emitido por los endriagos que caminan por las sombras de la noche. Pero también dicen que cada uno de nosotros, por dentro, somos calcos antiestéticos de algunos de los espíritus que vagan a través de los haces de luz que se emancipan del día. Entre la noche y el día, ¿existe algo? ¿Algo concreto e imaginable, no sujeto a esas malditas fragancias atusadoras con las que generalmente nos amodorran las explicaciones poéticas? ¿Podrán ser capaces los párrafos de los textos de golpearme el rostro? Necesito que un vulgar razonamiento o una pueril explicación me apalee, me envenene, me estrangule, me dispare, me apuñale…

Hace algunos años abrí una puerta que ya estaba abierta y cerré una ventana que no existía. Algunos me aplaudieron por eso, pero la mayor parte se limitaron a hacer lo que siempre hacían. Nunca quise averiguar qué es lo que siempre hacían, pues yo a menudo hago lo que siempre he hecho. Y debo hacerlo de la manera correcta porque cada uno de esos inútiles movimientos, domesticados a fuerza de repeticiones y recompensas, jamás ha conjurado o se ha rebelado ante mí.

Ante mí…

G


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Email del 17 de abril 2024

Amiga:

He intentado descomponer el movimiento, pero me ha sido imposible seguir su constante cambio de posición, por lo que al final he optado por desordenar cualquier muestra de inacción visible. Y podría haberlo conseguido si uno de los testigos no hubiera avisado a un psiquiatra. Ahora me encuentro en una de las salas de su consulta, esperando que llegue y certifique si es o no posible desarreglar la inmovilidad. Si legitima mi afirmación podré regresar a casa y seguir con las investigaciones, pero si por el contrario certifica la total inviabilidad del objetivo terminaré sometido a interminables sesiones terapéuticas completamente sedado. No me desagrada ser sedado, aunque prefiero ser masturbado. Ambas maniobras tienen la misma terminación fonética y ambas producen salivación y éxtasis. Me han dicho que el frenópata es una mujer, aunque en la puerta de su despacho se puede leer perfectamente «Rodolfo Casillas Robles». Nunca he conocido a ninguna mujer que se llamara Rodolfo, aunque hace algunos años me acosó durante un tiempo un encofrador que se llamaba Encarnación.

Separar las partes de una totalidad es un trabajo singular, sobre todo si alguna de esas partes son inseparables. Algunos lo comparan a lo que hacen los susurradores de parcialidades, aunque me niego a ser tildado de susurrador, musitador o incluso bisbiseador de generalidades. Ni siquiera pesquisador multimiscelánico o inspector de estructuras básicas de los sistemas de archivos. Soy un simple descomponedor y mi existencia es una inmensa y completa descomposición, pero no putrefacta o diarréica, sino analítica y científica. ¿Quién si no yo se atrevió a manifestar que tres descomposiciones y media seguidas y presentadas en forma perpendicular equivalen a dos descomposiciones alternas paralelas? ¿Y quién fue el primero que descompuso una descomposición ya descompuesta en siete ocasiones anteriores y se comió después un bocadillo de tortilla?

Mientras escribo estas líneas escucho berridos. Algunos me recuerdan al que emiten las doulas misándricas y androfóbicas cuando las puérperas a las que tratan de ayudar se convierten de repente en varones sementales empalmados. Otros, por el contrario, me producen escalofríos y escalocalientes. Espero que el jodido doctor o doctora Rodolfo Casillas Robles me visite de una puta vez. En la inmensa quietud de mi habitación me esperan decenas de descomposiciones a mitad de descomponer, un pack de seis yogures desnatados bífidus con nueces y cereales prácticamente descompuestos y una composición en si bemol mayor titulada El rock del ruezno.

Gregorín


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Email del 9 de abril 2024

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.»

Le llamaban Rorrorrirro. La verdad es que jamás supe su nombre real. Tampoco llegué a saber nunca el nombre de su pareja, Rorrarrirra, que según cuentan sus amigos empezó a usar ese apodo cuando comenzó su relación con Rorrorrirro. Ambos eran inseparables y rara era la ocasión en que no tenían sus manos entrelazadas. Rorrorrirro era alto, un poco desgarbado pero con una sonrisa tan grande como un edificio de seis plantas. Rorrarrirra era especial. Si la mirabas detenidamente durante unos minutos, podías ver su aura formada por uno o varios colores obstinados y coherentes, dibujando figuras indefinibles en ese espacio cuya propiedad administraba. Nunca vi a uno sin el otro excepto aquella vez que Rorrorrirro vino a mi casa…

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.»

Rorrorrirro tenía algo que lo afeaba como persona: solía pensar por los demás. Eso le acarreaba un montón de problemas. Rorrarrirra en ocasiones le decía que cada individuo es un planeta diferente. Pero él contraatacaba la absoluta belleza de las palabras de Rorrarrirra fingiendo que no comprendía nada y soltando a continuación una risotada macabra que me recordaba al aullido de una hiena. Pero como te he contado hace sólo unas líneas, Rorrarrirra era única y replicaba la taimada salida de Rorrorrirro con un besazo muy ruidoso en una de sus mejillas. En una ocasión el besazo fue tan fuerte y tan intenso que el cristal de una de las ventanas se hizo añicos. Lo recuerdo porque me tocó a mí recogerlos del suelo con la escoba y el recogedor para no molestarlos mientras cimentaban su felicidad. Por esa razón, y viendo con perspectiva, se me hace un nudo en la garganta cuando recuerdo esa conversación con Rorrorrirro.

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.
-¿Qué te hace suponer esa imbecilidad?
-Ya no me coge de la mano…
-Sí, eso ya me lo has dicho.
-Ya no ríe mis bromas.
-Rorrorrirro, es normal. Está en el último curso de la «Uni», tío. Lo que no sé es cómo es capaz de sacar tiempo para estar contigo.
-Pero es que nunca estaba conmigo. Y de alguna manera, nunca lo estará.
-Rorrorrirro, cada vez te comprendo menos.»

Las nubes se forman con gotas de agua. Las tormentas se crean por una combinación de fuerzas opuestas. Rorrorrirro modeló una visión errónea y la vendió en el exterior de su cabeza como lo que no era: una obra maestra. Durante un corto periodo de tiempo alimentó a esa criatura con ambrosía y la corrompió con oro, incienso y mirra, hasta que llegó un punto en que fue imposible dejar de… ¡No sé como continuar! La verdad es que ya no deseo seguir recordando. Ni siquiera guardo una foto de ambos, ¿sabes? No soy capaz de organizar mi cerebro para recuperar sus imágenes. ¡Riendo! ¡Abrazándose! Comportándose como niñitos satisfechos…

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.
-¿Qué te hace suponer esa imbecilidad?
-Ya no me coge de la mano…
-Sí, eso ya me lo has dicho.
-Ya no ríe mis bromas.
-Rorrorrirro, es normal. Está en el último curso de la Uni, tío. Lo que no sé es cómo es capaz de sacar tiempo para estar contigo.
-Pero es que ya no estaba conmigo. Y de alguna manera, nunca lo estará.
-Rorroorrirro, cada vez te comprendo menos.
-¡La he matado! Te juro que no quería hacerlo. ¿No quería hacerlo! ¡Dios de mi vida!
-¿Qué cojones estás diciendo? ¿Ahora te drogas?
-Greg, ¡La he matado! ¡La he matado!
-Rorrorrirro, me estás empezando a cabrear.
-¡Greg, la he matado!»

Y efectivamente, Rorrorrirro mató a Rorrarrirra. Después de contármelo le acompañé a entregarse a la policía. Aunque hace más de 20 años del suceso, todavía no soy capaz de hacer las pequeñas cosas diarias sin temblar. Rorrorrirro se suicidó en su celda. Cuando me lo comunicaron experimenté la única sensación de alegría sin contaminar que he sentido desde ese 5 de noviembre.

Greg


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Email del 8 de abril 2024

Alekos Kontopoulos. Presence of a memory (s.XX)

Querida:

Es evidente que las Lagrimitas no fueron. Las Lagrimitas eran tres gatitas siamesas de cuatro meses a las que les encantaba desgarrar las cortinas con las uñas. Los Diafanitos se comportaban bastante bien, pues siempre estaban hambrientos y sólo les importaba buscar comida debajo de los sofás o pelearse con las Lagrimitas. Los Diafanitos eran cuatro Chihuahuas adultos y debido a su ínfimo tamaño quedaban igualmente descartados. Los Fase X eran cinco pulpos de la especie Hapalochlaena maculosa, más conocidos como pulpos de anillos azules, uno de los cefalópodos venenosos más peligrosos del planeta, pero como vivían en un acuario marino ni siquiera me pasó por la cabeza pensar que ellos fueran los responsables. Las Torerillas eran seis serpientes Lampropeltis que vivían en un terrario de dos metros cuadrados con una cerradura de seguridad y, a menos que una de ellas fuera una cerrajera experta, era imposible echarles las culpas del desaguisado. Los Sildenafilitos eran 17 milpiés gigantes de Mozambique cuyo único afán en la vida era atiborrarse de escarola, calabacines y zanahorias, y a quienes no les importaba en absoluto lo que sucedía detrás del cubículo donde los mantenía. Los Tataratitos Tataratotos eran 35 insectos palo, tan enclenques y distantes, que ni siquiera parecía que existieran. Las Focalizaditas eran una pareja de periquitos hembra que, aunque tenían constantemente la puerta de la jaula abierta, jamás se atrevían a salir y preferían hacer vida en su palo preferido a 95 centímetros de la base con rejilla. Los Trinkisfrinkis y las Janfraskankras eran dos familias de ardillas comunes de cuatro y cinco individuos respectivamente, que residían en dos grandes cajones en el sótano. La Bimbomba era una hipopótama que protagonizaba algunos de mis sueños más agrestes, como los titulados «El hombre y la huerta. Capítulo 1» y «El hombre y la huerta. Capítulo 2». La Cindycrawford era una cocodrila del Nilo y modelo reptil del inmenso póster que me servía de cabezal de la cama. Ñoñoñoñoñoso era el nombre con el que había bautizado al Tiranosaurio rex de goma maravillosamente acabado que me regaló mi hermano para recordarme que al día siguiente era su cumpleaños. Mademoiselle Ya era mi vecina. Gorgoncín era su hijo. Palmerito su perro. Jojolín su amante; bueno, el amante de Mademoiselle Ya. Zrozro Chum era el portero. Y yo me llamo Greg. Ninguno de los anteriormente citados pudieron ocasionar el desastre. Ni siquiera yo. ¿Entonces? En mi casa vivían tres fantasmas: Enfermito, Carne roja y Jk900, también llamado Dulzurito. Enfermito tenía un comportamiento bastante errático y era capaz de cualquier cosa. Carne roja nunca hacía nada sin permiso de Enfermito y éste jamás le permitía materializarse. Jk900 o Dulzurito padecía de flatos y por vergüenza casi nunca interactuaba con los mortales. Ahora bien, Carne roja estaba casada con un ectoplasma etérico al que llamaban La la la la la la la la la la y que poseía un carácter malvado. A su vez, La la la la la la la la la la hacía todo lo que su madre, otra fuerza ectoplásmica ruin, vil y taimada le ordenaba. Nunca llegué a saber el verdadero nombre de la madre de La la la la la la la la la la, por lo que decidí bautizarla como Ziscasazisca.

Mi mejor amigo desde el parvulario era Carlos, aunque yo siempre le había llamado Solrac, que no es más que su nombre al revés. Solrac odiaba ese apodo y prefería que se dirigiesen a él como Rocals, que era un anagrama de Carlos. Rocals era ambidiestro y había bautizado a sus brazos. Si no me falla la memoria, el derecho era Dubitado y el izquierdo Indubitado. El día de la catástrofe, Solrac (AKA Rocals) junto a Dubitado e Indubitado estaban en mi casa de visita. No puedo decir si él tuvo algo que ver, pues yo desaparecí durante veinte minutos. Rocals niega ser el autor. Dubitado e Indubitado son su coartada. Todo resulta confuso. Todavía más si creemos a Fanfan, el otro «yo» de Solrac, que afirma que éste, es decir Rocals, es un auténtico demente.

La verdad es que, aunque hace más de 30 años que sucedieron los hechos, todavía me pregunto quién fue el autor de lo que sucedió ese día. Las Lagrimitas, los Diafanitos, los Fase X, las Torerillas, los Sildenafilitos, los Tataratitos Tataratotos, las Focalizaditas, los Trinkisfrinkis, las Janfraskankras, todos están muertos. La Bimbomba, la Cindycrawford y Ñoñoñoñoñoso nunca fueron más que imágenes reales o soñadas y, de alguna manera, también están muertas. Mademoiselle Ya se fugó con un saltimbanqui y nunca más supe de ella. Gorgonzín todavía vive aunque cuando coincidimos en la calle casi nunca nos saludamos. Su perro Palmerito se dejó atropellar en abril de 1988. Jojolín tiene un estanco y Zrozro Chum un tacatá. Solrac y sus brazos viven a dos manzanas de mi casa pero no nos vemos demasiado. Ya sabes, el pasado es el pasado. Una vez le pregunté acerca de Fanfan y su rostro se volvió amarillo. Yo, yo sigo llamándome Greg, aunque en ocasiones preferiría llamarme Grog.

G


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Email del 3 de abril 2024

Maxfield Parrish. The Botanist (1907)

El 17 de noviembre de 1927, Petronilo Cienfuegos (1889-1966), botánico, fitógrafo, palinólogo, ensayista y poeta, publicó una pequeña colección de poemas titulada Frailillos, arisaros y rabiacanas, que pronto se convirtió en uno de los libros más aclamados de la historia aunque en realidad nadie lo leyó, pues debido a un error, los 1038 versos que componían el volumen fueron impresos en color blanco sobre papel blanco. Cuando el encargado de taller se dio cuenta ya habían sido estampadas 3000 copias que se obsequiaron a cualquiera que lo solicitase. Aun así se tardaron cerca de 30 años en regalar todos los ejemplares.

El 24 de abril de 1942, Petronilo Cienfuegos, publicó un ensayo botánico titulado Hortus, que pronto se convirtió en uno de los estudios más célebres de la historia aunque en realidad nadie lo leyó, pues debido a otro error, las 560 páginas de la obra fueron tiradas en color negro sobre papel negro. Cuando el encargado de taller se dio cuenta ya habían sido impresos 5600 ejemplares, que se regalaron a cualquiera que lo solicitase. Se tardaron cerca de 50 años en donarlos todos.

El 2 de febrero de 1958, Petronilo Cienfuegos, intentó publicar una guía micológica titulada Setas, hongos y líquenes de la península ibérica, Portugal y Murcia, que pronto se convertiría en una de las guías más famosas de la historia aunque en realidad sólo la adquirió un individuo, pues debido a un error de la impresora de matriz sólo pudo ser confeccionado un ejemplar. Esta vez el encargado de taller ni siquiera estaba en la imprenta. Desde entonces los rumores se han disparado. Unos dicen que el libro fue adquirido por el propio Petronilo Cienfuegos. Otros que el comprador fue la amante del encargado del taller. Sea lo que fuere, actualmente se desconoce quién posee la única copia.

El 20 de agosto de 1966, Petronilo Cienfuegos falleció rodeado de sus familiares y amigos. El panegírico, bastante fragoso y ríspido, fue leído por el encargado del taller donde se imprimieron sus tres obras maestras. Cuando terminó el oficio religioso, el padre Quintana se alejó encima de una moto.


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