Email del 9 de abril 2024

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.»

Le llamaban Rorrorrirro. La verdad es que jamás supe su nombre real. Tampoco llegué a saber nunca el nombre de su pareja, Rorrarrirra, que según cuentan sus amigos empezó a usar ese apodo cuando comenzó su relación con Rorrorrirro. Ambos eran inseparables y rara era la ocasión en que no tenían sus manos entrelazadas. Rorrorrirro era alto, un poco desgarbado pero con una sonrisa tan grande como un edificio de seis plantas. Rorrarrirra era especial. Si la mirabas detenidamente durante unos minutos, podías ver su aura formada por uno o varios colores obstinados y coherentes, dibujando figuras indefinibles en ese espacio cuya propiedad administraba. Nunca vi a uno sin el otro excepto aquella vez que Rorrorrirro vino a mi casa…

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.»

Rorrorrirro tenía algo que lo afeaba como persona: solía pensar por los demás. Eso le acarreaba un montón de problemas. Rorrarrirra en ocasiones le decía que cada individuo es un planeta diferente. Pero él contraatacaba la absoluta belleza de las palabras de Rorrarrirra fingiendo que no comprendía nada y soltando a continuación una risotada macabra que me recordaba al aullido de una hiena. Pero como te he contado hace sólo unas líneas, Rorrarrirra era única y replicaba la taimada salida de Rorrorrirro con un besazo muy ruidoso en una de sus mejillas. En una ocasión el besazo fue tan fuerte y tan intenso que el cristal de una de las ventanas se hizo añicos. Lo recuerdo porque me tocó a mí recogerlos del suelo con la escoba y el recogedor para no molestarlos mientras cimentaban su felicidad. Por esa razón, y viendo con perspectiva, se me hace un nudo en la garganta cuando recuerdo esa conversación con Rorrorrirro.

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.
-¿Qué te hace suponer esa imbecilidad?
-Ya no me coge de la mano…
-Sí, eso ya me lo has dicho.
-Ya no ríe mis bromas.
-Rorrorrirro, es normal. Está en el último curso de la «Uni», tío. Lo que no sé es cómo es capaz de sacar tiempo para estar contigo.
-Pero es que nunca estaba conmigo. Y de alguna manera, nunca lo estará.
-Rorrorrirro, cada vez te comprendo menos.»

Las nubes se forman con gotas de agua. Las tormentas se crean por una combinación de fuerzas opuestas. Rorrorrirro modeló una visión errónea y la vendió en el exterior de su cabeza como lo que no era: una obra maestra. Durante un corto periodo de tiempo alimentó a esa criatura con ambrosía y la corrompió con oro, incienso y mirra, hasta que llegó un punto en que fue imposible dejar de… ¡No sé como continuar! La verdad es que ya no deseo seguir recordando. Ni siquiera guardo una foto de ambos, ¿sabes? No soy capaz de organizar mi cerebro para recuperar sus imágenes. ¡Riendo! ¡Abrazándose! Comportándose como niñitos satisfechos…

«-¿Has llorado?
-¿Cómo lo sabes?
-Tus ojos…
-Creo que Rorrarrirra ya no me quiere. Supongo que hoy es el último día de mi vida. Sin Rorrarrirra no soy nadie.
-¿Qué tonterías me estás contando, Rorrorrirro. ¡Ella y tú sois un conjunto indivisible!
-Pues el conjunto se ha dividido. Ayer no quiso cogerme de la mano.
-Caray, Rorrorrirro. Tendría un mal día o quizá…
-No. Ya no me quiere. Yo sé que hay otro.
-¿Qué te hace suponer esa imbecilidad?
-Ya no me coge de la mano…
-Sí, eso ya me lo has dicho.
-Ya no ríe mis bromas.
-Rorrorrirro, es normal. Está en el último curso de la Uni, tío. Lo que no sé es cómo es capaz de sacar tiempo para estar contigo.
-Pero es que ya no estaba conmigo. Y de alguna manera, nunca lo estará.
-Rorroorrirro, cada vez te comprendo menos.
-¡La he matado! Te juro que no quería hacerlo. ¿No quería hacerlo! ¡Dios de mi vida!
-¿Qué cojones estás diciendo? ¿Ahora te drogas?
-Greg, ¡La he matado! ¡La he matado!
-Rorrorrirro, me estás empezando a cabrear.
-¡Greg, la he matado!»

Y efectivamente, Rorrorrirro mató a Rorrarrirra. Después de contármelo le acompañé a entregarse a la policía. Aunque hace más de 20 años del suceso, todavía no soy capaz de hacer las pequeñas cosas diarias sin temblar. Rorrorrirro se suicidó en su celda. Cuando me lo comunicaron experimenté la única sensación de alegría sin contaminar que he sentido desde ese 5 de noviembre.

Greg