
Amiga:
He intentado descomponer el movimiento, pero me ha sido imposible seguir su constante cambio de posición, por lo que al final he optado por desordenar cualquier muestra de inacción visible. Y podría haberlo conseguido si uno de los testigos no hubiera avisado a un psiquiatra. Ahora me encuentro en una de las salas de su consulta, esperando que llegue y certifique si es o no posible desarreglar la inmovilidad. Si legitima mi afirmación podré regresar a casa y seguir con las investigaciones, pero si por el contrario certifica la total inviabilidad del objetivo terminaré sometido a interminables sesiones terapéuticas completamente sedado. No me desagrada ser sedado, aunque prefiero ser masturbado. Ambas maniobras tienen la misma terminación fonética y ambas producen salivación y éxtasis. Me han dicho que el frenópata es una mujer, aunque en la puerta de su despacho se puede leer perfectamente «Rodolfo Casillas Robles». Nunca he conocido a ninguna mujer que se llamara Rodolfo, aunque hace algunos años me acosó durante un tiempo un encofrador que se llamaba Encarnación.
Separar las partes de una totalidad es un trabajo singular, sobre todo si alguna de esas partes son inseparables. Algunos lo comparan a lo que hacen los susurradores de parcialidades, aunque me niego a ser tildado de susurrador, musitador o incluso bisbiseador de generalidades. Ni siquiera pesquisador multimiscelánico o inspector de estructuras básicas de los sistemas de archivos. Soy un simple descomponedor y mi existencia es una inmensa y completa descomposición, pero no putrefacta o diarréica, sino analítica y científica. ¿Quién si no yo se atrevió a manifestar que tres descomposiciones y media seguidas y presentadas en forma perpendicular equivalen a dos descomposiciones alternas paralelas? ¿Y quién fue el primero que descompuso una descomposición ya descompuesta en siete ocasiones anteriores y se comió después un bocadillo de tortilla?
Mientras escribo estas líneas escucho berridos. Algunos me recuerdan al que emiten las doulas misándricas y androfóbicas cuando las puérperas a las que tratan de ayudar se convierten de repente en varones sementales empalmados. Otros, por el contrario, me producen escalofríos y escalocalientes. Espero que el jodido doctor o doctora Rodolfo Casillas Robles me visite de una puta vez. En la inmensa quietud de mi habitación me esperan decenas de descomposiciones a mitad de descomponer, un pack de seis yogures desnatados bífidus con nueces y cereales prácticamente descompuestos y una composición en si bemol mayor titulada El rock del ruezno.
Gregorín