
El día 15 de abril me desperté con la sensación de que se me había desprendido algo. Durante dos semanas permanecí aterrado por no ser capaz de encontrar qué era lo que se me había desprendido. A principios del mes de mayo la respuesta se estampó contra los seis elementos que formaban, y supongo siguen formando, mi senescente estructura corporal repleta de modificaciones irreversibles. Decir que me quedé anonadado al descubrir que el desprendimiento en realidad eran los desprendimientos me llevó muy cerca de eso que algunos llaman el arcén de la alienación. ¡Todas mis ideas se habían desprendido como lo hace la piel muerta! ¡Y no tenía otras! No me quedaba otra opción, tenía que alejarme de mi propia bitácora durante un tiempo indeterminado.
Durante ese periodo de muchos meses pasé la mayor parte del tiempo sentado sobre la misma baldosa fragmentada, dejándome cosquillear por los pathos de mis múltiples personalidades y dispuesto a hacer que pasara lo que realmente debería pasar. Sin embargo, lo único que pasó, o mejor dicho, traspasó sus propios límites, fue un espectro maligno solicitándome unas honras fúnebres acordes a su condición y rango. Recuerdo perfectamente que a mi alrededor flotaba una especie de hálito negruzco que en algún momento me recordó a un puto Nazgûl ajumado. Mientras mortificaba a mi epatante banda de rodadura cerebral imaginaba cada una de las tesis y antítesis que había sostenido durante mi etapa de despotricador profesional.
Recuerdo que hubo un momento en el que los berridos disociativos dejaron de trasmitirme sus éxitos del momento en forma de mantras. Fue un inmenso alivio dejar de escuchar «todos los culpables deben ser eliminados», «yo condeno a muerte a todos los polímatas» o «tu cabeza es una especie de masa esferoide oblonga». Afortunadamente, una salpicadura blanca grisácea cuya consistencia relativamente espesa en el papel pintado marrón «Caput Mortuum» me recordó a ese milagro genético llamado Olivia Dessolin y me sacó del trance cognitivo cortical catatónico. Desde entonces me encuentro fuertote y estable, psicoterapéuticamente hablando.
Sí, la opacidad siempre ha sido un acontecimiento ordinario en el inframundo de mi cuchitril. Joder, ¡a veces mi vida es tan espeluznante!