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| Pablo Picasso. Cabeza de una mujer muerta (1902) |
Los casos de El churrero castañero ambulante García Pérez: El caso que pudo convertirse en el último caso.
—Bueno… yo… es más o menos como lo he contado. ¡Creo! ¿No? Debería tratar de concentrarme… quiero decir, si me concentro o no me concentro… si no me concentro… ¿qué puedo hacer? ¿Entiende lo que trato de explicar, señor Pérez García? No puedo decir que sea totalmente incapaz de hacerlo… me refiero a… concentrarme… así que…
Mantener una conversación con Marcos Buhillo era cualquier cosa excepto reconfortante. Sin embargo al otro lado de la conversación estaba el churrero castañero García Pérez, conocido entre otras cosas por ser una conjunción de linces con las palabras y las frases.
—Vamos a ver. ¿Se sen-ti-ría demasiado dolido, en lo más profundo, si le confieso que no me he enterado de nada de lo que me ha con-ta-do? —lanzó casi al aire aunque mirando fijamente a los ojos de su interlocutor el churrero castañero—.
—Señor García… le he contado lo que… bueno, la verdad… quizá podría ser más… pero no me encuentro… todavía… todavía me tiemblan las piernas.
—Por favor, no me llame señor Gar-cía. Prefiero que se dirija a mí como señor Gar-cía Pérez.
—¡Oh!, perdóneme señor García… quiero decir… lo siento de nuevo… quise decir señor García Pérez…
—Le perdono, pero ahora me gustaría que me con-ta-se todo desde el prin-ci-pi-o. Pero por favor, no se ponga ner-vio-so y sea claro en los detalles.
—Bueno, como le dije, entré por la puerta usando… bueno, usando estas llaves… mis llaves. Las tengo desde hace 15 años y… entré, cerré la puerta, seguí por el pasillo. ¡Recuerdo que me agaché para recoger varias motas de polvo que se habían juntado y formaban un pequeño bolón de polvo de unos 25 milímetros de…
—¡Señor Marcos! Si sigue por ese camino ter-mi-na-rá por darme un ataque de co-ra-zón.
—¿Por ese camino? ¿Se refiere al pasillo?
Todos los que conocían o habían tenido que sufrir la ira del churrero, castañero y detective aficionado García Pérez sabían que su resistencia a la imbecilidad era relativamente gruesa, quizá como el hilo torzal, pero que cuando llegaba a su límite crucial, sus ojos, normalmente de un bonito marrón topillo campestre se transformaban en algo similar al magma incandescente.
—¡Señor Marcos Buhillo! Tengo más de 50 años y aunque se su-po-ne que gracias a mi conflexión fí-si-ca, el ejercicio regular y una alimentación e-qui-li-bra-da puedo llegar a rebasar la barrera de los 100, le juro por mi madre muerta en accidente ferroviario que si no me cuenta de un tirón y con todo de-ta-lle lo que encontró cuando abrió la maldita puerta, soy capaz de es-tran-gu-lar-lo con mis manos musculosas en estos mismos instantes. Delante de mi a-yu-dan-te Rogelio y de los cotillos y es-tu-pi-dos que nos miran a través de las ven-ta-nas.
—¡Se lo estaba contando! Cogí el bolón de polvo… sí, lo recuerdo… y me lo metí en el bolsillo del pantalón. Todavía debo tenerlo aquí, si quiere se lo enseño… Luego me dirigí hacia la cocina, pero no abrí la puerta porque ya estaba abierta, pasé dentro con un grácil movimiento aviar y la vi tirada sobre el suelo… muerta… muerta. Tan muerta y fría… con los ojos abiertos y con sangre por todos los sitios. ¡Señor García! Perdón… Señor Pérez García…
—¡Es García Pérez! Es-cú-che-me, estoy a un me-tro de usted. Mis manos tiemblan de fu-ror…
—¡Señor Pérez García! Se lo juro. Casi me desmayo al contemplarla en el suelo. Aunque no la quería, todavía la quería…
—¿Aunque no la quería, la que-ría? ¡Rogelio, llé-va-te a este tipo o te juro por todos los santos már-ti-res que le muerdo un ojo a este im-bé-cil.
—¡Está bien! ¡Está bien! ¡Espere Rogelio! ¡Espere! Intentaré seguir con el relato de una forma menos confusa. ¡Soy un hombre! ¡Soy un magnífico hombre y puedo hacerlo! Y se lo voy a demostrar, tanto a usted, señor García como a su esclavo Rogelio. Cuando la vi tirada me agaché y le tomé el pulso… al hacerlo el bolón de polvo se me salió del bolsillo y cayó al suelo fracturándose en pequeñas partículas elementales. Las reuní con la mano, volví a juntarlas y me las introduje de nuevo en el bolsillo. Creo que esta vez en el de la camisa. Su pulso era… era diferente al mío… quiero decir… no tenía pulso… y me puse nerviosa… quiero decir nervioso y me santigüé… «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Luego me persigné tres veces y me atusé el flequillo, pero fue en vano. ¡No me acordaba que había ido el día anterior a cortarme el pelo al cero. Me lo dejaron como lo ve ahora. ¿No cree que me rejuvenece? Bueno… tampoco soy tan mayor… 35 años… aunque por la calle me dicen que parece que tenga 19. Mi tía Clarisa dice que cada año soy más… bueno… más joven que el anterior… Y eso a su marido, Carloto, no, no, Carlitos, eso, le enfurece… Pero yo digo, si ha de cabrearse por una verdad, pues que le jodan. ¿No le parece? Señor García, ¿por qué me mira así? Parece que tenga un volcán en los ojos. Me gustan mucho los ojos rojos… además le quedan estupendísimamente…
Nadie, aparte de Rogelio, sabe exactamente lo que ocurrió, pero cuando trasladaron al hospital más cercano -semiinconsciente y echando espumarajos por las fosas nasales y la boca- al señor Marcos Buhillo, el señor García Pérez, churrero castañero y detective privado se autoinculpó de intento de estrangulamiento fallido. Sin embargo, tres meses más tarde fue exonerado de los cargos que se le imputaban y el asunto se zanjó sin ninguna clase de diligencias, ya fueran exclusivas, omisivas o separativas, por lo cual el detective aficionado pudo continuar con su carrera indagadora hasta el mismo día en que se retiró a la edad de 87 años y medio. Pero eso, eso es otra cuestión que en estos instantes no nos atañe a ninguno.
