Email del 1 de julio 2019

Ernst Ludwig Kirchner. Five bathing women at a lake (XIX-XX cent.)

1-El canto del chotacabras.
Gracias a la autorización de máximo nivel que en algunas ocasiones me proporciono a mí mismo, soy capaz de conexionar con los planteamientos desechados -pertenecientes a un pasado relativamente reciente- que se parapetan en esa especie de silo subterráneo que es la memoria. El por qué lo hago y si realmente extraigo de ello algún beneficio está todavía por confirmar, aunque de alguna manera siento en lo más profundo de la flexura cólica de mi colon transverso que he de seguir perpetuando ese viejo adagio que dice que todo lo que no está prohibido es obligatorio. Me refiero (aunque me siento incapaz de redactarlo con mejor soltura), a que todavía somos libres de hacer con nuestro cuerpo o nuestra memoria lo que se nos antoje. Y eso, lo mires como lo mires, todavía sigue proporcionando a una cantidad no demasiado desorbitada de monos erguidos algo semejante a un arrobamiento inusual y claramente deseable.

2-Oxímoron.
Aceleré pausadamente. Más tarde me detuve con cierta continuidad interrumpida. Del otro coche salió un tipo con cara de pocos enemigos y me reprendió mientras exaltaba mis virtudes como conductor. Nos hicimos amigos… ¡Por esa razón tuve que matarle! Y para no dejar pistas me comí sus intestinos externos que me supieron a lichis. La carcasa de lo que antes había sido un individuo exaltador de valores ajenos inexistentes fue enterrada con toda reverencia dentro de un cúmulo insignificante. No siento tristeza, pero noto como mi empatía se desvincula unificadamente…

3-Lemuria.
La exuberancia de mis, llamémosles, distracciones nocturnas, no me priva de conocer de antemano las inconveniencias que me proporcionan las diurnas. Y no es que me considere un ave noctívaga, pero por la noche la mayor parte de la población mundial se esconde en sus casitas (eso incluye a los cenutrios, acémilas, badulaques y anormales profundos) transformando el refulgir y fulgurar prácticamente silencioso de los astros, en algo similar a hacer el amor con siete u ocho mujeres de constitución fisiológica y anatómica totalmente diferentes. ¡Por supuesto con la ayuda de varios kilogramos de citrato de sildenafilo!

4-Lesión subgaleal.
Es de día. Por la lucerna entra una humilde brisa. También entran algunas moscas. Las moscas no son demasiado humildes pues algunas lucen en sus patas anillos de oro de varios quilates. Una de ellas, la que parece la jefa, se posa sobre mi nariz y de repente tengo un orgasmo. Luego cambia de lugar y se pone a descansar plácidamente sobre mi párpado derecho. Tengo otro orgasmo. Al cabo de unos ocho minutos, y supongo que enormemente aburrida de tanto reposo, le da por correr sobre uno de mis brazos y yo vuelvo a tener otro orgasmo, esta vez rozando la insuperabilidad que pudiera ofrecer si existiera el puto nirvana. Acudo al médico y le digo que soy multiorgásmico. Él se ríe y bufa con la boca. Yo le contesto gruñendo, rugiendo y berreando. Él replica resoplando, bramando y ululando. De repente un cazador profesional abre la puerta y nos dispara a ambos.

5-El eco de los últimos días.
Os doy las gracias por vuestras encantadoras, aunque falsas e histriónicas sonrisas, y sobre todo, por manteneros fieles a los ideales que os proporciona saber que pertenecéis a la raza superior. ¡Pero sin embargo he de enviaros a la mierda! Me gustaría ir a cada una de vuestras jodidas y bien iluminadas casas y escupiros lo que pienso de vosotros, de vuestros padres, hijos y mascotas, pero no puedo ya que solo existo como forúnculo anal. Pronto tendréis noticias de mí. Os lo juro. Ya podéis ir abasteciendo vuestros botiquines de cremas cicatrizantes y antibióticas, aunque yo os recomiendo la pomada Blastoestimulina con extracto de centella asiática. ¡Los diviesos que avisan nunca podrán ser reprochados por traidores!