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| Alexander Roitburd. Horse political (2009) |
Amiga:
Es posible que te parezca una insensatez, pero me encuentro completamente al margen de cualquier proposición que confirme la redención como única manera de sentirse humano. Por supuesto no creo que te parezca insensata mi afirmación, sino el hecho de que me atreva a manifestarla cuando en realidad se supone que me la refanfinfla todo y casi todos. Puede que me esté haciendo viejo, pero también es factible que mi aborrecimiento por cualquier cosa que me recuerde a esos tipos y tipas que caminan por la calle dibujando sonrisas repugnantemente falsas en sus rostros, mientras tratan de prolongar el itinerario que les conduce a alguna parte -que generalmente suele ser ninguna parte o la misma parte- se esté convirtiendo en patológico o improrrogable. Si se ha nacido de un vientre materno, cualquier parte puede ser la mejor. La única. La verdaderamente irreemplazable. Mi parte… mi parte no es más que un vestigio de otra parte. Quizá la parte contratante de los Marx o puede que otra parte diseñada para anular a la inmensa cantidad de partes que se manufacturan diariamente. No lo sé. Tampoco me preocupa. Lo único que tengo claro es que mi parte es diferente al resto de esas partes, pero no de la misma manera que cada parte es diferente en sí misma, sino como solución final a una inconsecuencia formal.
Me siento perseguido. No me malinterpretes, todavía no he llegado a alcanzar ese estado enfermizo que producen algunas psicopatías. Me siento perseguido por mí mismo. Y al ser yo el perseguido y el perseguidor, me siento hostigado y extenuado. Hostigado mientras soy perseguido, extenuado cada vez que me persigo. Podría dejar de comprometer mi integridad mental y resignarme a parecerme a cualquiera. Pero tratar de que cualquiera y yo nos parezcamos no depende ni de ese cualquiera ni por supuesto de mí, sino de esta sociedad precocinada por algunos autoproclamados «chefs semidioses» cuyo deber es convertirnos en prostitutas enloquecidas. Y hasta ese mismo instante, es decir, hasta el momento en que el microondas irreal y delirante de las corporaciones me reclasifique, no pienso dejar que nadie prepare mi extinción controlada. Si he de palmarla, ha de ser a mi manera.
¡Claro que podría seguir con la vida de mierda que me proporciona el Estado! Cada cierto tiempo voto a los representantes que me parecen menos nocivos o más independientes y ellos me permiten graciosamente sentirme un individuo realizado. En ocasiones he de abrirles mi culo, pero eso es algo que ya no me quita el sueño, pues tengo un acceso ilimitado y gratuito a una cantidad numéricamente increíble de tratamientos, espectaculares e indoloros, creados por los «sodomicientíficos» de la administración corporativa estatal para transformar las fisuras anales en sólidas apariencias circunstanciales.
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo.
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo.
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo.
Ayer intenté darme cuenta. Hoy no recuerdo si realmente fui capaz de conseguirlo.
(Apotegma de los olvidadizos)
