![]() |
| Giotto. Last judgment (1306) |
Querida:
Me encontraba arrellanado sobre el sofá meditando acerca de la fusión del núcleo de hidrógeno que forma el núcleo de helio, y que es la base de la reacción exotérmica en el sol y las estrellas, o en otras palabras, la fuente básica de energía del universo, cuando mi pie derecho se desprendió de mi pierna a la altura del astrágalo -sin causarme dolor alguno- y se alejó volando por una de las ventanas, aleteando mediante una especie de élitros rudimentarios que le salieron a ambos lados. Cuando intenté atraparlo perdí el equilibrio y caí de cabeza sobre el mármol que cubría la parte superior de la mesita baja de café, fracturándome la apófisis cigomática y parte del esfenoides… Aunque no sé por qué cojones te narro con tan excesivo detenimiento los sucesos extraordinarios que sazonan algunas de las sublimes jornadas que justifican mi existencia, y al mismo tiempo la transforman en jolgorio, farra y jarana, si tú por el contrario nunca me cuentas absolutamente nada. Quizá porque cuando lo intentas yo empiezo a despotricar sobre cualquier tema que en ese momento considere un jodido puto mal rollo. Pero, en realidad, ¿qué es un jodido puto mal rollo? Quiero decir, si un jodido puto mal rollo es, por ejemplo, que mi protector, que por una de esas casualidades también es tu chulo, me agarre del bisoñé y me arrastre varios metros por el suelo, entonces, seguramente no se le puede llamar jodido mal rollo a las ocasiones en que asomo la cabeza por la ventana a las dos de la noche e interpreto a cappella los 8:21 minutos del tema experimental Revolucion 9 de los Beatles. Sin embargo, aunque algunos estudiosos expertos en sinvergüencerismo sociopático consideren mi interpretación nocturna más como una gamberrada desagradable que como una proposición escandalosa, creo que debería ser reconsiderada con la perentoriedad esencial y necesaria que se merece.
¿Recuerdas ese día en que estabas extendiendo la masa sobre el banco de la cocina -previamente enharinado para evitar adherencias innecesarias-, y yo te pregunté qué era lo que estabas haciendo? En realidad yo sabía que pretendías obtener mis favores elaborando unos pastelitos hojaldrados, pero te lo pregunté para que intentaras darme una respuesta lógica, sencilla y natural y así yo poder cortarte la frase con cierto salvajismo irracional e introducir uno de mis famosos desvaríos manufacturados. Obviamente la jugada no salió como yo pretendía porque explotó el horno y ambos acabamos en el hospital (tú en la UCI y yo en planta). Lo que intento explicarte es… es que en algunas ocasiones siento la necesidad de comportarme como un auténtico hijo de puta. Pero no como un hijo de puta cualquiera, sino como uno del estilo de Dios, ya sabes, psicopático y totalitario.
Llegados a este punto me siento obligado a impugnar por completo el primer párrafo, o por lo menos toda esa patraña del pie volador. ¿Conoces a otro tipo que reniegue de sus propias pamemas tan rápidamente? ¡Creo que me he pasado de listillo! Volveré a hacerte la pregunta de nuevo: ¿conoces a otro tipo que reniegue de sus propias bobadas tan rápidamente? Y ahora te la haré como si fuera mi corrector del teléfono móvil el que te interroga: ¿albornoces a otro hipo que aborregue de sus inopias tumbadas tan mustiamente? Y ahora trataré de retractarme sobre lo que dije solo unas líneas más arriba: Dios es bueno. Sobre todo deontológicamente hablando. Dios es nuestro Señor y todos los seres del mundo (o quizá incluso del firmamento) somos sus corderos. Los corderos de Dios. Aunque yo pienso que somos sus besugos. Los besugos de Dios. Y aunque algunos todavía esperan ser cocinados por Él, yo solo confío en que otra deidad superior en el escalafón omnisciente y omnipotente perteneciente a esa hipótesis física denominada universo paralelo lo castigue como se merece.
G
