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| Max Ernst. Father Ubu with son (XX cent) |
-Nunca serás nada en la vida…
Así se expresaba mi padre cuando me tenía delante. En realidad muy pocas veces podía «negativizarme» porque yo intentaba que nuestros horarios coincidieran lo menos posible; aún así, en ocasiones me escribía sus dañinos mantras en papeles que me dejaba pinchados en el tablón de corcho de mi habitación. Una vez clavó uno de ellos sobre el ojo de una imagen de Sri Krisna; como por aquel entonces yo atravesaba por una época muy mística aquello me pareció una ofensa a mi inteligencia emocional y decidí vengarme introduciendo varias cucarachas vivas en su cama. Lamentablemente -por alguna razón que nunca comprenderé- aquel día mis padres habían decidido intercambiarse las camas y las habitaciones, por lo que mi madre comenzó la noche echando espumarajos por la boca y la concluyó sedada en un hospital, donde permaneció ingresada durante varias semanas.
Después de ese suceso tan lamentable, me disfracé de alfombra persa y permanecí de esa guisa hasta que cumplí los 18. A partir de entonces me lié con una tipa que me doblaba la edad pero que me enseñó los tejemanejes del vudú Kabye. Una noche en que me encontraba solo, elaboré un muñeco con el aspecto de mi progenitor y le clavé 17 alfileres repartidos estratégicamente por todo el cuerpo. Al día siguiente me enteré de que mi padre estaba sano y salvo en Alemania, pues por cuestiones de trabajo había tenido que dejar Valencia. Cuando le pregunté a mi ligue por el alcance en kilómetros del efecto de los maleficios «vuduses», me contestó que unos 500, todo lo más 501 o 502, puede que en condiciones favorables 503 (sic).
Pasaron algunos años y yo me dejé un bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes. Luego volvieron a pasar otros tantos años y me afeité el bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes. Cierto día en que me encontraba tumbado en la cama meditando la conveniencia o no de dejarme otra vez un bonito bigote estilo Dr. Henry Howard Holmes, recibí una llamada de teléfono…
PAPÁ: ¡Gori! ¡Gori! ¿Eres tú?
GORI (O SEA, YO): No, se ha equivocado. Ha llamado al depósito de cadáveres. ¿Con quién hablo, por favor?
PAPÁ: ¡Hostia puta! ¡Perdone! Me he equivocado…
YO: Espere. No cuelgue. Ya que ha llamado me gustaría preguntarle si la hostia de su exclamación era con hache o sin ella, porque fonéticamente me ha parecido que carecía de ella.
PAPÁ: No entiendo una mierda de lo que me habla. Me he equivocado. Quería llamar a mi hijo, un tipo que no vale nada. Adiós.
Al cabo de dos minutos volvió a sonar el teléfono…
PAPÁ: ¡Gori! ¡Gori! ¿Eres tú?
GORI (O SEA, YO): Claro que soy yo. ¿Quién querías que fuese si has llamado a mi casa?
PAPÁ: ¡Me cago en la puta de bastos! ¡No tienes ni idea de lo que me acaba de pasar!
YO: Pues no. Todavía no he aprobado la catequesis de adivinación, magia y letras.
PAPÁ: ¿Cate qué?
YO: ¿Qué quieres, papá?
PAPÁ: He llamado a la morgue.
YO: Me parece muy bien.
PAPÁ: No, no, no. Me equivoqué. Te llamaba a ti. Y se puso un tipo raro que me pregunto algo sobre un hacha de guerra o algo así.
YO: Bueno. Estás muy mayor. La última vez llamaste al zoológico por error. Hoy a la morgue. Vas mejorando poco a poco. Pero dime, ¿querías algo de mí?
PAPÁ: ¡Ah, sí! ¡Coño! ¡Me había olvidado! Solo quería recordarte que nunca serás nada en la vida. ¡Adiós!
