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| Vincent van Gogh. Man, standing, reading a book (1882) |
Querida:
Ni los García, ni los Martínez, ni los Gómez, los Sánchez, los González o los Muñoz dieron su voto afirmativo. Los Romero, los Vázquez y los Flores se abstuvieron amablemente, mientras que los Pineda, los Delgado, los Casas y los Méndez ni siquiera se molestaron en acudir. ¿Acudir? ¿A dónde? No tengo ni la más ligera idea. Lo único que sé es lo que he escrito con anterioridad. Que nadie me pregunte el lugar, la hora o el motivo. No me invento nada. La gente puede sacar sus propias conclusiones. Me importa poco cualquier conjetura, sea real, ficticia, absurda o manufacturada. A decir verdad, me importa una mierda cualquier cosa, solo estoy demostrando que soy capaz de escribir usando frases cortas. Ya estoy harto de que me llamen médicos cabreados echándome en cara que la gente necesita respirar. Todo empezó tras la publicación de mi libro Él, o sea, yo, que con 2.893 páginas constaba únicamente de 23 frases bastante largas, unos cuantos millones de comas, 238 puntos y comas y 96 paréntesis. Según los datos que amablemente me proporciona la editorial, hasta el momento se han recibido 92.082 denuncias de lectores con problemas respiratorios y 37 denuncias por picores epidérmicos con acompañamiento de petequias. Sin embargo, la SEORL cita en su último informe algunas cifras que contradicen las publicadas por mi editorial, que a su vez están en discordancia con las que maneja el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Como verás, es un inmenso lío. Pero más si hemos de dar por buenas las cifras de ejemplares vendidos. Mi editorial se ratifica en que hasta el 18 de diciembre del pasado año se vendieron 26 ejemplares, sin embargo según Nielsen BookScan se vendieron 27. Mi pregunta es: si he vendido 26 libros, ¿cómo es que me denuncian 92.000 lectores? Algo me huele mal. Desde la crisis salina del Mesiniense, nunca había tenido que lidiar con una descompensación tan desequilibrada de números. Y aunque soy un tipo verdaderamente raro, no soy tan esquizofrénico como Sméagol (AKA Gollum). Necesito que alguien me cuente la verdad. O por lo menos una verdad a medias. O una mentirijilla benigna. O que nadie me cuente nada pero que con la mirada me lo cuente todo. O que con la mirada me cuente algo, un poco, lo que sea. Lo que buenamente pueda. O que con la mirada no me cuente nada más que patrañas. O que me deslice un papelito por debajo de la puerta contándo sus mentiras más exquisitas. O sus verdades desquiciadas, absurdas e inconfesables. ¿No te das cuenta? Necesito volver a confiar en los cerdos.
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