Email del 21 de enero 2018

Jose Gutierrez Solana. «Dibujo para El fin del mundo» (1932)

Tus contrademostraciones pronto serán rebatidas por mis contraargumentaciones, así te dejaré un poco de espacio para que prepares tus contraindicaciones o contraproposiciones, lo que te apetezca en ese instante. Mientras, yo contrarrestaré ciertas contramanifestaciones vertidas por cierto tipo correveidile al que contradije por mostrarse contrario a mis contradicciones. No pienses que las dos anteriores frases son parte de un trabalenguas creado por un escanciador psicótico, porque no lo son. Simplemente trataba de escribir algo gracioso para ver si podía llegar a descuajaringarme un poquitín. Tengo un verdadero problema: ya nada me hace reír. Ni siquiera cuando medito sobre la edad que tengo o la que tendré dentro de 30 años. A veces me pregunto qué es lo que pensarán mis padres sobre el tiempo. Sobre el tiempo relativo a la duración, no a la metereología. Podría ir a su casa y preguntárselo a cada uno, pero entonces tendría que volver de nuevo a la mía y eso es una estupidez. Por esa razón ya no me muevo. ¡No me río, no me muevo!, ¿qué otra cosa podría intentar? Quizá dejar de oponerme a todo, pero entonces estaría firmando mi sentencia de muerte. Claro, que si llegara el caso podría dejar de morirme y seguir viviendo hasta que la mitad de la población mundial más uno dejaran también de morirse: entonces me moriría con una ferocidad y un tesón difícilmente imaginable en un ser tan independiente dependiente. Pero no quiero que creas que para mí la vida es más importante que la muerte, porque entonces estarías cometiendo un error de dimensiones colosales. Amo la muerte (olé), pero también la odio porque es dolorosa la mayor parte de las veces. Amo la vida, sobre todo cuando estoy borracho, pero al mismo tiempo me produce cierta repugnancia sensual difícilmente explicable. También amo a todos los que me aman, pero dejo de amarlos cuando dejan de amarme, sin embargo no odio a todos los que me odian, aunque tampoco los amo. Digamos que no existen para mí. Tampoco existen en mi entorno emocional los que me odian y aman al mismo tiempo, pero sí los que me odian más de lo que se odian a sí mismos. Odiar es sencillo, amar es una peligrosa gilipollez. Si tuviera que amar a cada uno por sus méritos, terminaría odiándolos por sus intereses. Al final siempre es lo mismo: se ama porque es tendencia, se odia por prudencia. Algunos aman para que se les ame, otros para que se les odie, pero todos los que odian lo hacen porque les pone a cien. Odiar produce unas sensaciones que no se pueden llegar a conseguir amando. ¡Esa sensación de sofoco tan maravillosa! Pero no el sofoco causado por la menopausia o la andropausia, sino por tomar conciencia de que uno es un hijo de la gran puta. En el pasado he odiado. En el presente, amo y odio, ya lo he comentado unas pocas líneas más arriba. En el futuro amaré a todos con un sentimiento tan suave, sencillo, tierno y real que seré recordado (pero no amado) por generaciones. Por las mismas generaciones que odiarán a todos mientras se aman y se follan a ellos mismos. ¡Y las fábricas de preservativos quebrarán! ¡Y Dios bajará de los cielos ataviado con un taparrabos y un hacha de filo aguzado! ¡Y la sangre correrá formando charcos, ríos y lagos! ¡Y todos los que hoy santifican las fiestas terminarán sodomizados por los cuatro jinetes! ¡Y los siete sellos se fundirán en un amasijo de carne quemada y proyectos inacabados sofritos! Todo volverá donde comenzó y el final será otro principio, ya que si el final fuera otro final, aunque fuera totalmente diferente, no tendría gracia.

Michel de Greg